
Al igual que dentro del territorio nacional, los votos nulos y en blanco fueron la opción preferida de los peruanos que residen en el extranjero (PEX). El 25.1% de estos connacionales eligió no respaldar a ningún candidato presidencial el 12 de abril. Rafael López Aliaga recibió el 24.9% de adhesiones (76,881 votos) y Keiko Fujimori, 17%. A diferencia de la asistencia a nivel nacional (73%), en el exterior lo que destacó fue el ausentismo, pues el 65.5% de los 1.19 millones que figuran en el padrón electoral no acudió a sufragar.
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Desde el 2021, los PEX tienen representación en el Congreso. Hoy son dos, pero aumentarán a tres (dos diputados y un senador) a partir del periodo parlamentario 2026-2031. Los que están ahora, no han destacado precisamente por promover iniciativas a favor de los PEX. Quizás ese sea un motivo del ausentismo electoral. Algo inverosímil es que la legislación permite que quienes postulen al Congreso en representación de los PEX sigan residiendo en el Perú (RPP halló que 71 de los 163 candidatos tenían registrado su domicilio dentro del país). Habría que concluir que el esquema de representación diseñado no es el adecuado.
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Además, en el extranjero viven muchos más peruanos que los inscritos en el padrón electoral. Según estimaciones del INEI, en un informe publicado en enero pasado, son 3.7 millones de personas. Y en los últimos años, la emigración se ha acentuado de una manera nunca antes vista. El 2022, salieron del país y no regresaron 238,400 peruanos, 18% más que el 2007, año que ostentaba el máximo histórico. El 2023, en medio de la recesión, partieron 268,300. Se considera que una persona emigra al extranjero cuando no retorna luego de un año de su salida.
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El informe incluye cifras hasta el primer semestre del 2025, de modo que se sabe cuántos se fueron hasta junio del 2024 y no han regresado: 169,400, así que ese año podría marcar un nuevo récord. Lo más alarmante es que el país está perdiendo un valioso capital humano. El 54.1% emigró cuando tenía entre 20 y 44 años, es decir, en la plenitud de su productividad. La inversión en su formación académica y laboral tendría que registrarse en las cuentas nacionales como “pérdida”, pues el beneficiario será el país donde ahora residen. Habría que añadir el costo emocional y afectivo, pues gran parte emigra por necesidad.
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Será difícil repatriarlos, pero el próximo Gobierno tendrá que abandonar la indiferencia que concita este grave problema –casi nadie lo mencionó en la campaña– y trabajar para que la fuga de talentos amaine.







