
El Perú podría estar frente al mayor evento de El Niño registrado en tiempos modernos. El último informe de la NOAA, publicado el 8 de octubre, estima una probabilidad del 83% de que el fenómeno alcance una intensidad sin precedentes desde 1950 durante el último trimestre de este 2026. Las anomalías de temperatura del mar alcanzan los 3.9 °C frente al norte peruano. No estamos ante una advertencia climática ordinaria. La pregunta es si el Estado está preparado para enfrentar sus consecuencias.
Los antecedentes son contundentes. En 1983 y 1998, las lluvias destruyeron infraestructura, afectaron extensas áreas agrícolas y paralizaron actividades económicas. En el 2017, un Niño costero diferente demostró que no necesitamos repetir las condiciones de 1998 para sufrir pérdidas millonarias. En el 2023 volvimos a observar inundaciones y deslizamientos en territorios históricamente afectados. Después de cuatro décadas, ¿por qué seguimos enfrentando las mismas vulnerabilidades?

La evolución de los pronósticos nacionales merece una reflexión crítica. Mientras los centros internacionales advertían sobre un fortalecimiento progresivo del fenómeno, el ENFEN mantuvo durante meses escenarios más moderados. Aunque los indicadores globales y costeros no son equivalentes, esta diferencia plantea una pregunta legítima: ¿por qué la comunicación oficial tardó tanto en incorporar escenarios de mayor impacto? La prudencia científica es necesaria, pero no puede convertirse en una justificación para postergar decisiones preventivas.
Lo ocurrido el 8 de octubre en Santiago de Chile debería encender las alarmas. Un aluvión descendió por la quebrada Honda, en San Carlos de Apoquindo, arrastrando vehículos, afectando viviendas y obligando a evacuar a cientos de hogares. En una estación cercana se registraron 31.6 milímetros de lluvia en apenas cuatro horas. El desastre fue favorecido por una combinación de precipitaciones intensas, pendientes pronunciadas y una cuenca afectada por incendios forestales meses antes. La tragedia demuestra que no se necesitan lluvias prolongadas para desencadenar consecuencias devastadoras.
La similitud con Lima es preocupante. Santiago y nuestra capital comparten una característica fundamental: ambas han extendido su crecimiento urbano hacia las estribaciones andinas, donde numerosas quebradas pueden activarse rápidamente. Chosica, Chaclacayo, Huaycoloro y otros sectores de Lima presentan condiciones de exposición comparables. Las diferencias climáticas entre ambas ciudades son importantes, pero los mecanismos de generación de huaicos y sus consecuencias sobre la infraestructura urbana pueden ser semejantes. Lo ocurrido en Chile podría repetirse en Lima bajo condiciones meteorológicas favorables.
El problema trasciende al ENFEN. El Perú dispone de instituciones científicas, información satelital, modelos climáticos y mapas de peligros. Lo que continúa faltando es una conexión efectiva entre esa información y las decisiones presupuestales y operativas. Conocemos las quebradas peligrosas, los ríos que se desbordan y las carreteras vulnerables. También sabemos dónde se han reconstruido infraestructuras sin resolver sus problemas de exposición.
A estas alturas deberíamos estar verificando cuánto han avanzado las defensas ribereñas, la limpieza de cauces, el reforzamiento de puentes y los planes de continuidad de los servicios básicos. No basta con anunciar presupuestos o declarar emergencias. La preparación debe medirse en intervenciones concluidas, infraestructura operativa y reducción comprobable de vulnerabilidades.
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El riesgo tampoco se limita al norte peruano. Lima concentra buena parte de la economía nacional y depende de corredores logísticos vulnerables. En la sierra, las lluvias intensas pueden desencadenar movimientos en masa, mientras que algunas regiones podrían enfrentar déficits de precipitación. Además, un El Niño oceánico de magnitud histórica no garantiza lluvias extraordinarias en todo el territorio. Los impactos dependerán de la evolución atmosférica y, especialmente, de nuestra vulnerabilidad.
Existe una diferencia fundamental entre 1998 y 2027: hoy tenemos mucha más información, tecnología y capacidad de anticipación. Por lo tanto, también debería existir una mayor responsabilidad institucional. No podemos seguir atribuyendo exclusivamente a la naturaleza las consecuencias de ocupar quebradas, postergar obras preventivas o permitir que infraestructura crítica permanezca vulnerable.
Si finalmente enfrentamos el mayor evento de El Niño de nuestra historia moderna, su intensidad será un fenómeno natural, pero la magnitud de las pérdidas dependerá de nuestras decisiones. Cuando un desastre ocurre sin advertencia, hablamos de una tragedia. Cuando ocurre después de meses de pronósticos, alertas y recomendaciones técnicas, también debemos hablar de responsabilidad.
Patricio Valderrama-Murillo es experto en fenómenos naturales
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