
De Londres a París, y de Nueva York a Sacramento, gobiernos endeudados buscan formas para reforzar sus frágiles balances. Cada vez más, apuntan a los ricos para ayudarlos a salir del apuro.
En amplias zonas del mundo occidental, partidos políticos de distintos signos se concentran en los impuestos a la riqueza como una solución aparentemente sencilla a los crecientes problemas fiscales. Están elevando gravámenes existentes, planeando nuevos y contemplando impuestos de salida para frenar el flujo creciente de personas que se van a países y estados con regímenes fiscales más atractivos.
La política de gravar a los ricos se despliega en tensas negociaciones presupuestarias a ambos lados del Atlántico. En Reino Unido, la ministra de Finanzas Rachel Reeves aumentó los impuestos sobre propiedades de mayor valor y rentas de inversión el otoño pasado, mientras que legisladores franceses exigieron la implementación de un impuesto a la riqueza como parte de las discusiones presupuestarias.

En EE.UU., demócratas, incluido el nuevo alcalde de Nueva York Zohran Mamdani, planean elevar los impuestos a los más acaudalados, entre ellos una propuesta para aumentar en 2 puntos porcentuales el impuesto a los ingresos superiores a US$ 1 millón anuales. Una iniciativa de votación en California impondría un impuesto único del 5% sobre patrimonios netos superiores a US$ 1,000 millones, mientras que Rhode Island empieza a considerar un recargo para los contribuyentes de mayores ingresos. Colombia también se suma a esta tendencia.
El acelerado avance de las propuestas de impuestos a la riqueza es visto por sus defensores como una medida muy necesaria para combatir la creciente desigualdad, en un contexto de presión sobre los servicios públicos. Pero la verdad simple es que a menudo son difíciles de implementar, ineficaces, demandan mucho tiempo o combinan los tres problemas. Los ricos, cada vez más móviles, pueden mudarse con mayor facilidad que nunca. Además, los montos que estos impuestos realmente recaudan suelen quedar por debajo de las proyecciones y con frecuencia se los considera un freno a la inversión.
“Ambos lados sobrestiman lo que implica introducir o eliminar un impuesto a la riqueza”, dijo Nick O’Donovan, profesor senior de la Keele Business School que trabajó en la Comisión de Impuesto a la Riqueza de Reino Unido en 2020.
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En términos generales, este tipo de gravámenes es una de las tres principales formas en que los gobiernos recaudan ingresos de los ciudadanos, junto con los impuestos al ingreso y al consumo. El cálculo, a grandes rasgos, consiste en valorar las posesiones de una persona, como acciones, segundas viviendas u obras de arte, restar las deudas y aplicar un impuesto recurrente sobre el valor restante. Lo que distingue a los impuestos al patrimonio neto de otros gravámenes sobre activos, como los impuestos a la herencia o a la tierra, es su carácter repetitivo, su alcance sobre distintas clases de activos y la exigencia de liquidez.
Solo un puñado de países europeos, entre ellos España, Noruega y Suiza, aplican impuestos al patrimonio neto, y su número ha disminuido en los últimos años. (Otros países, como Países Bajos, tienen impuestos que, según la OCDE, funcionan en la práctica como un impuesto a la riqueza). Para los países que los mantienen, pueden convertirse en un dolor de cabeza administrativo, ya que implican evaluaciones caso por caso de activos a veces difíciles de valorar o poco líquidos, como obras de arte o empresas privadas. Algunos han concluido que simplemente no vale la pena el esfuerzo.
Noruega ilustra algunos de estos problemas. El país nórdico impone un impuesto del 1% sobre patrimonios netos superiores a unos 1.9 millones de coronas (US$ 188,000) y del 1.1% por encima de 21.5 millones de coronas. Aunque en términos porcentuales no parece excesivo, el número de ricos que se van del país ha crecido. En septiembre, un partido populista sacudió las elecciones nacionales al prometer eliminar el impuesto a la riqueza.

Reeves es consciente de lo rápido que los más acaudalados pueden irse cuando cambia el panorama fiscal. Reino Unido abandonó recientemente una exención fiscal con más de dos siglos de antigüedad para los residentes no domiciliados, lo que provocó salidas hacia lugares como Mónaco y Dubái. Aun así, en noviembre elevó los impuestos en £ 26,100 millones, incluyendo la congelación de los umbrales del impuesto a la renta, una medida que afectó de manera desproporcionada a los contribuyentes de mayores ingresos, y aumentó los impuestos sobre viviendas de mayor valor.
En EE.UU. ocurren situaciones similares. Miami ha podido atraer a personas de alto patrimonio y empresas provenientes de Nueva York. Texas, al igual que Florida, no cobra impuesto estatal a la renta y también se ha consolidado como un destino atractivo. Un informe reciente halló que, en los cinco años al 2022, unos 30,000 neoyorquinos dejaron la ciudad para mudarse a Palm Beach y Miami-Dade en Florida, llevándose consigo ingresos combinados por US$ 9,200 millones. Elon Musk, Goldman Sachs, Chevron y cientos de otras empresas también trasladaron operaciones a Texas, llevándose empleados con ellas.
En Europa, los impuestos a la riqueza han expuesto divisiones desde el gobernante Partido Laborista británico hasta el partido Renacimiento de Emmanuel Macron. En Países Bajos, han enfrentado a los tribunales con el gobierno. Nicolas Dufourcq, director de uno de los bancos de inversión respaldados por el Estado francés, describió recientemente los impuestos a la riqueza como “comunistas”, mientras que el multimillonario Bernard Arnault afirmó que son una “conspiración pseudoacadémica” que destruiría la economía.
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Al menos en lo que respecta la mayor desigualdad, los defensores del impuesto a la riqueza tienen un argumento válido. Investigaciones muestran que los más acaudalados suelen disfrutar de tasas impositivas efectivas más bajas, incluso cuando la brecha entre ricos y pobres se amplía. En países como Francia y Países Bajos, los multimillonarios suelen pagar tasas efectivas menores que los asalariados de altos ingresos. En EE.UU., el 10% más rico de los hogares posee más de dos tercios de la riqueza total del país, según Inequality.org.
Las desventajas administrativas de los impuestos a la riqueza son evidentes en Países Bajos, donde el gravamen se aplica a activos superiores a unos € 59,000. El impuesto ha sido muy controvertido en los últimos años porque se cobra bajo el supuesto de que las inversiones generan un retorno positivo, incluso en años malos para las carteras. Las autoridades ahora enfrentarían tener que reembolsar a contribuyentes que pagaron de más.
En Suiza, los impuestos a la riqueza se cobran a nivel cantonal para financiar servicios de los gobiernos locales. Se los considera parte de un sistema estable pero flexible que ha atraído a la élite global, con tasas que van aproximadamente del 0.1% al 0.88%, según HSBC.

En España, el impuesto a la riqueza se aplica a activos superiores a € 700,000, aunque la vivienda habitual está exenta, con tasas que oscilan entre 0.2% y 3.5%. Sin embargo, el control efectivo del impuesto se transfiere a las administraciones regionales, que pueden crear exenciones o modificar el mínimo imponible, lo que hace que en algunas zonas el umbral sea mucho más alto. Por ejemplo, en la Comunidad de Madrid hubo una exención del 100% durante muchos años. En 2024, España recaudó € 2,100 millones con este impuesto, según la agencia tributaria nacional.
En Alemania, el debate sobre cuánto deben aportar los ciudadanos más ricos a las arcas del Estado genera fricciones entre los conservadores del canciller Friedrich Merz y sus socios socialdemócratas en la coalición gobernante. Estos últimos, cercanos al movimiento sindical, reclamaron la semana pasada que se restablezca el impuesto a la riqueza, suspendido en 1997, al sostener que podría recaudar más de € 20,000 millones al año. También se han planteado otras medidas para que los ricos aporten más.
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En la década de 1990, señala O’Donovan de la escuela Keele, una docena de países europeos aplicaban impuestos a la riqueza. Pero en su mayoría no lograron recaudar montos significativos ni alterar de forma sustancial los sistemas económicos. En Suecia, por ejemplo, algunos hallazgos indican que, tras un intenso lobby, la carga principal recayó en contribuyentes de ingresos altos y medios, no en los más ricos.
Ahora, las tensiones financieras en Europa y EE.UU. están impulsando una reconsideración en algunos sectores. Un aumento del gasto durante la pandemia de Covid, la crisis energética tras la invasión rusa de Ucrania y el encarecimiento del gasto social, y ahora también en defensa, han dejado a muchos gobiernos europeos con mayores niveles de deuda. En EE.UU., los impuestos a la riqueza también se ven como una vía para ayudar a equilibrar varios presupuestos estatales.
Mientras tanto, muchos responsables políticos consideran que hay poco margen para aumentar otros impuestos, como a los ingresos. Reino Unido lo hizo recientemente de manera indirecta al congelar los umbrales durante varios años. La persistente crisis del costo de vida también dificulta gravar el consumo.
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“Se da ese tríptico en el que se necesita más dinero, los súper ricos se han vuelto más ricos y pagan menos impuestos que el resto de la población”, dijo Quentin Parrinello, director de políticas del Observatorio Fiscal de la UE, el laboratorio de investigación de la Escuela de Economía de París dirigido por el economista Gabriel Zucman, quien ha propuesto un impuesto mínimo global del 2% para los multimillonarios, que afectaría a unas 3,000 de las personas más ricas del mundo.
Los defensores del impuesto a la riqueza sostienen que las tasas para individuos deberían coordinarse entre países, de manera similar a cómo las empresas comenzaron a enfrentar un impuesto mínimo global para combatir los paraísos fiscales. El aumento de los impuestos de salida en Europa es un movimiento preventivo en esa dirección.
En ambos lados del debate las emociones son intensas, como se vio durante los cambios al régimen de no domiciliados en Reino Unido. Hannah Dart, abogada del área de patrimonio privado e impuestos de Mishcon de Reya en Londres, señala que algunos clientes ricos sienten que no son valorados en el país. El temor es que quienes tienen más ideas creativas y capacidad de generar riqueza se vayan. Muchos también sostienen que no buscan una carrera hacia los impuestos más bajos. A menudo dejan atrás, a regañadientes, relaciones personales, escuelas e instituciones.
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“Lo que la gente realmente quiere es un sistema justo, previsible y que les permita planificar su futuro”, dice Elsa Littlewood, socia en Londres del equipo de impuestos para clientes privados de la firma contable BDO.
Las diferencias en las tasas sobre la riqueza y los ingresos están creando ganadores y perdedores a nivel global. Para muchos europeos ricos, e incluso entre los simplemente acomodados, Dubái y Abu Dabi se han convertido en polos de atracción por la ausencia de impuestos sobre salarios y bonificaciones. Asesores también mencionan jurisdicciones de baja carga fiscal como Mónaco y Suiza, históricamente preferidas por los más ricos. El arbitraje fiscal se replica entre distintos estados de EE.UU., donde el lema “soak the rich” ganó peso político en la década de 1930, mientras que centros tradicionales como Singapur y Hong Kong siguen atrayendo a parte de la élite global.
Dentro de Europa, Italia se ha transformado en un destino sorprendente en los últimos tiempos para personas adineradas. En 2017, el país lanzó una medida que permite a individuos ricos pagar un impuesto fijo de € 100,000 anuales sobre ingresos generados en el exterior. El gobierno luego elevó ese monto a € 300,000, pero la iniciativa sigue despertando interés, incluso entre antiguos no domiciliados del Reino Unido que buscan mantener un pie en Europa.

Emma Chamberlain, abogada tributaria en Pump Court Tax Chambers de Londres y coautora de varios libros sobre impuestos, además de comisionada en la Comisión de Impuesto a la Riqueza de 2020, considera muy poco probable que se introduzca un impuesto a la riqueza en Reino Unido, pese a los llamados en ese sentido.
Hasta ahora, ni Reino Unido ni EE.UU. han tenido jamás un impuesto al patrimonio neto. Mamdani ha propuesto aumentos impositivos que, aunque se enfocan en los ingresos, se asemejan notablemente a algunos de los impuestos a la riqueza planteados en Europa. Y aunque sus políticas fiscales vayan en otra dirección, incluso el presidente Donald Trump propuso en su momento un impuesto único a la riqueza como forma de reducir el déficit del país.
“Ya tenemos una serie de impuestos al capital que no funcionan”, concluye Chamberlain. “No estoy segura de por qué introduciríamos otro que tampoco lo haría”.








