
Lo que parecía una elección presidencial modelo en Colombia el domingo se ha convertido de repente en un momento arriesgado para el país, a tres largas semanas de una segunda vuelta decisiva.
La razón radica en la decisión irresponsable del presidente Gustavo Petro y su candidato, Iván Cepeda, de cuestionar los resultados preliminares con pretextos endebles. Todos tienen derecho a plantear objeciones electorales, por supuesto, pero lo que el líder de izquierda y su protegido han hecho es muy diferente: quebrantar cínicamente la confianza en el voto en lugar de admitir con honestidad una sorpresiva derrota ante el famoso abogado y defensor de la mano dura contra el crimen, Abelardo de la Espriella, por casi tres puntos porcentuales. En lugar de presentar argumentos para competir de la mejor manera en la segunda vuelta, buscan movilizar a sus bases con justificaciones grandilocuentes a costa del proceso en general.
Estas tácticas se están volviendo pan de cada día en América Latina y más allá. Consiste en poner en duda la integridad de una elección, no porque haya evidencia convincente de fraude —de hecho, ninguna irregularidad escandalosa se reportó y se publicaron los resultados con eficiencia envidiable—, sino porque el resultado era políticamente inconveniente. Piensen en Donald Trump, reencarnado como un par de izquierdistas del trópico con valores democráticos solo de nombre.
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Existe un riesgo en desestimar las acciones de Petro como otra provocación más de un presidente poco convencional que ha pasado cuatro años poniendo a prueba los límites de las instituciones colombianas. Eso sería un error. El intento de enturbiar los resultados del domingo sugiere un gobierno dispuesto a llegar a extremos extraordinarios para asegurar que Cepeda derrote a De la Espriella el 21 de junio.
La autoridad electoral colombiana es independiente, pero hay otras formas de ejercer presión. El gobierno podría, por ejemplo, bloquear su financiación o judicializar los resultados para condicionar la logística de la segunda vuelta. La presidencia de Petro ha demostrado imprudencia institucional y una notable falta de escrúpulos. Es poco probable que acepte el resultado de la segunda vuelta a menos que Cepeda prevalezca. No sería sorprendente verlo alentar disturbios sociales si su candidato pierde (como lo está haciendo su aliado Evo Morales en Bolivia, con el apoyo abierto de Petro).
Desafortunadamente, De la Espriella desperdició una oportunidad de oro para parecer presidencial y mostrar la compostura que el cargo y el momento requieren. En cambio, respondió con munición pesada, calificando a Petro de “delincuente, drogadicto y miserable” y jurando que no permitirá que nadie “robe las elecciones”. Eso es un error garrafal.
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A pesar de su clara ventaja, se espera que la segunda vuelta sea muy reñida y las estrategias de campaña serán cruciales ante el mayor escrutinio público. Ambos candidatos representan extremos ideológicos y necesitarán ganarse a los votantes centristas para superar el umbral del 50% requerido para convertirse en el próximo presidente de Colombia. El gobierno podría redoblar su apuesta una vez que se publiquen los resultados finales de la primera vuelta en los próximos días.
De ser así, a De la Espriella le convendría más mantenerse al margen y permitir que las malas prácticas de Petro y Cepeda se vuelvan en su contra. Eso es precisamente lo que sucedió en Perú hace unas semanas, cuando el candidato que quedó en tercer lugar, Rafael López Aliaga, gritó fraude tras su derrota, sin mucho éxito. En política, a veces la respuesta más inteligente no es intensificar la confrontación, sino dejar que el oponente se autodestruya.
Lamentablemente, la actual retórica beligerante presagia un futuro sombrío para Colombia. Si bien los mercados se han disparado tras conocerse que De la Espriella, con una postura favorable a las empresas, obtuvo casi el 44% de los votos, es probable que estas sean tres semanas difíciles e inciertas. No olvidemos que las campañas electorales en Colombia tienen un largo historial de violencia política, incluyendo el asesinato del senador Miguel Uribe Turbay el año pasado.
Y eso sin siquiera considerar una posible intervención de Trump, que tiene una relación tensa con Petro y sin duda favorecería una victoria de De la Espriella. La comunidad internacional tendrá un papel importante que desempeñar para desalentar una mayor escalada y garantizar una transición pacífica, particularmente ahora que Colombia asume la presidencia rotatoria del Consejo de Seguridad de la ONU esta semana.
La victoria de De la Espriella en la primera vuelta también confirma que el sentimiento antisistema y contra los gobernantes en el poder sigue vigente en América Latina, a pesar de una menor popularidad de algunos gobiernos de derecha en países como Argentina y Chile.
Mientras tanto, la izquierda continúa sufriendo el daño a su reputación provocado por los desastrosos experimentos socialistas de Venezuela y otros países. Incluso con los cuestionables esfuerzos de Petro por moldear el entorno político a favor de Cepeda, incluyendo el uso de recursos y maquinaria estatal, la derecha obtuvo un resultado superior al esperado en Colombia, lo que indica que el giro derechista de la región podría ser más estructural de lo que muchos analistas suponen.
Aún queda una dura batalla por delante. Colombia necesita mantenerse dentro de los límites institucionales.
Escrito por Juan Pablo Spinetto







