
Estados Unidos decidió no renovar su acuerdo comercial con Canadá y México, según declaró el representante comercial de EE.UU., Jamieson Greer, y optó, en su lugar, por realizar revisiones anuales del pacto, una medida que podría generar incertidumbre entre las empresas que producen bienes en toda América del Norte.
El Acuerdo entre Estados Unidos, México y Canadá (T-MEC) seguirá vigente durante otra década, siempre que ninguno de los tres países decida retirarse. Sin embargo, las revisiones anuales, en lugar de una renovación de largo plazo, abren la puerta a años de negociaciones sobre las normas que rigen las cadenas de suministro regionales y los bajos aranceles, elementos clave para fabricantes de automóviles, agricultores y empresas energéticas.
En declaraciones previas al anuncio oficial, Greer afirmó que el gobierno de Trump “no está dispuesto a aprobar el acuerdo”.
“Creemos que hay cuestiones importantes”, dijo Greer en una entrevista con Bloomberg News el miércoles, al añadir que son necesarios varios cambios para corregir los desequilibrios.
Aunque la decisión de EE.UU. no fue una gran sorpresa, sí representó un giro para el presidente Donald Trump, quien impulsó el T-MEC original en 2020 y entonces lo calificó como el “mejor y más importante acuerdo comercial jamás firmado”. Durante su segundo mandato, Trump tomó distancia del pacto, en parte porque protege amplios sectores comerciales de los aranceles que pretendía imponer y porque hizo poco para reducir los déficits comerciales con México y Canadá.
Las posibles perturbaciones y el amplio impacto económico son evidentes. El T-MEC impulsó la actividad económica entre los tres países, que en conjunto representan casi un tercio del producto interno bruto mundial. El comercio intrarregional superó los US$ 1.6 billones en 2024, frente al US$ 1 billón registrado cuando el acuerdo entró en vigor en 2020.
El miércoles, en el sexto aniversario de la entrada en vigor del T-MEC, los países pudieron haber prorrogado el acuerdo por 16 años. Sin embargo, ese escenario era poco probable, ya que Trump dejó claro que quería introducir cambios o, incluso, actuar por su cuenta, como parte de una estrategia más amplia para repatriar empleos manufactureros y obtener concesiones de sus socios comerciales.
El T-MEC ha aportado cierta estabilidad en un período marcado por las disputas arancelarias de Trump con China y otros importantes socios comerciales. Sus medidas para imponer nuevos aranceles estuvieron acompañadas de amplias exenciones para los productos que cumplen los requisitos del acuerdo, lo que suavizó el impacto sobre México y Canadá.
Sin embargo, otros aranceles estadounidenses sobre productos como automóviles y metales siguen siendo un punto de fricción en las negociaciones con México y Canadá y ensombrecerán las futuras conversaciones.
Trump intentó aumentar la presión antes de la fecha clave del 1 de julio, al asegurar que a EE.UU. le iría mejor sin el acuerdo. Ese camino será difícil, dado el respaldo bipartidista al T-MEC en el Congreso, aunque algunos legisladores y sindicatos desean introducir mejoras.
En el marco de las revisiones anuales, los tres países podrán intentar alcanzar un acuerdo durante los próximos diez años. Si no logran una resolución en ese plazo, el pacto expirará en 2036.
“Tenemos estas negociaciones en curso y no sabemos exactamente cuándo terminarán, y no existe ningún factor de presión a corto o mediano plazo que obligue a que concluyan”, afirmó Patrick Childress, codirector del equipo del T-MEC en Holland & Knight. “Eso genera, por supuesto, cierta incertidumbre para las empresas”.
Washington ya inició conversaciones formales con México en los últimos meses, pero ha dejado en gran medida a Canadá al margen de las negociaciones. Trump se ha enfrentado al primer ministro Mark Carney, quien ha buscado reducir la dependencia comercial canadiense de EE.UU.
La nueva postura comercial más firme de China complica cualquier negociación. A medida que los fabricantes de automóviles chinos ganan participación en mercados fuera de EE.UU., entre los asuntos críticos del T-MEC figuran un requisito de contenido mínimo de piezas estadounidenses y la presión de Washington para endurecer las normas de origen de los vehículos, ante la preocupación por el ingreso indirecto de insumos chinos.
Otro posible punto de fricción es la actitud frente a la inversión china y el grado en que México y Canadá se alinean con las preocupaciones de seguridad nacional de EE.UU. sobre ese tema.
“Canadá es interesante porque un día dicen: ‘Queremos ayudar a Estados Unidos a reindustrializarse. Queremos ayudar a que Estados Unidos vuelva a ser grande’”, declaró Greer a Bloomberg News. “Y al día siguiente hablan de atraer inversión china. Así que recibimos mensajes contradictorios de Canadá”.
Dado el contexto geopolítico y el estilo de negociación de Trump, basado en ejercer la máxima presión, un proceso prolongado podría llevar a las empresas a aplazar inversiones. Grupos empresariales, entre ellos la Cámara de Comercio de EE.UU. y la Business Roundtable, han presionado a los gobiernos para reforzar y mantener el acuerdo.
“Las cadenas de suministro se construyen con una visibilidad de 30 años, no de cinco, y la incertidumbre podría disuadir la inversión y el crecimiento”, escribió esta semana Madeline Chalecki, subdirectora del Centro de Geoeconomía del Atlantic Council, en una publicación en línea.
En mayo, las asociaciones que representan a la mayor parte del mercado automotor de América del Norte enviaron una carta a Greer para instar al gobierno a reforzar y prorrogar el acuerdo.
En junio, la Cámara de Comercio de EE.UU. reunió a más de 70 representantes empresariales en el Capitolio para pedir a los legisladores que “apoyen el mantenimiento del marco, exijan el pleno cumplimiento por parte de los tres gobiernos y promuevan una revisión rápida y ordenada que ofrezca certidumbre a las empresas”.







