
El vino, en su expresión más esencial, es un activo civilizatorio. Para el empresario contemporáneo no es solo un producto de consumo, sino un lenguaje de negociación, un refugio de valor y, sobre todo, un reflejo de su evolución intelectual. Comprender al “cliente amante del vino” no es una tarea de segmentación de mercado convencional; es un ejercicio de antropología del lujo.
¿Quién es el amante del vino en 2026?
Los peruanos tenemos una relación particular con el paladar. Hemos dejado de ser meros acumuladores de etiquetas célebres. El Homo vinophilus —como me gusta llamarlo— se define por tres pilares: curiosidad, contexto y conciencia.

El valor de la escasez y la narrativa: emociones vínicas
Para el empresario, el tiempo es el recurso más escaso. Por ello, cuando lo dedica al vino, busca rentabilidad emocional. La opulencia vacía ya no impresiona. Busca historia de origen: proyectos que desafían la estandarización industrial, viñedos de pie franco, viticultura heroica en laderas extremas o la recuperación de variedades ancestrales. El vino se convierte así en una extensión de su marca personal: sofisticada, única y con un propósito claro.
De estatus a sustancia
Históricamente, el vino era un símbolo de estatus vertical (yo bebo lo que tú no puedes pagar). Hoy, el amante del vino opera en un plano horizontal de conocimiento. El verdadero prestigio no reside en poseer una caja de un Premier Cru de Burdeos —una decisión de billetera—, sino en descubrir un pequeño productor en Priorat o un blanco de guarda en las zonas frías de la Patagonia antes de que el mercado global lo encarezca. Es la victoria de la perspicacia sobre el capital.
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El Cliente en el tiempo
Las cuatro fases del aprendiz del vino:
“Nadie nace conocedor: el paladar se educa y la sensibilidad se afina”.
- El neófito aspiracional: En esta fase, el cliente busca seguridad. El temor a “cometer un error” frente a sus pares lo lleva a refugiarse en las marcas de gran volumen y reconocimiento internacional. Es la etapa de los vinos con mucha madera, mucha extracción y perfiles dulces que son fáciles de entender. Aquí, el aprendizaje es extrínseco: el cliente compra lo que la crítica o el precio validan. Consume etiquetas, no contenidos.
- El entusiasta emergente: tras superar el miedo, surge la curiosidad. El vino se revela como geografía líquida. Es el momento en que se aventura fuera de su zona de confort (digamos, de la Ribera del Duero o Napa Valley) para explorar el Loira, el Piamonte o el Mosela. Aquí, el aprendizaje se vuelve empírico. Asiste a catas técnicas y comprende conceptos como el pH, la acidez volátil y la estructura tánica. El vino deja de ser una bebida para convertirse en un hobby intelectual.
- El connoisseur técnico: La fase más peligrosa y fascinante. El cliente colecciona. Sus conversaciones giran en torno a la meteorología de una añada específica o el tipo de suelo (esquisto vs. caliza). En el ámbito empresarial, construye una nueva cava subterránea con control de temperatura y humedad. El aprendizaje se vuelve académico; muchos optan por certificaciones como el WSET (Wine & Spirit Education Trust). El riesgo es sacrificar el placer en favor del análisis clínico.
- El maestro humilde: Tras recorrer los vinos más complejos del mundo, llega el retorno a la sencillez y la pureza. Se valora la bebibilidad. Prefiere vinos que acompañan la conversación, no que la interrumpen. Aquí se entiende que el vino es, al final del día, un catalizador social. La humildad desplaza a la arrogancia técnica.
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La pedagogía del placer en el mundo corporativo

El empresario aprende de forma pragmática, comparativa y relacional.
Aprendizaje por contraste: La cata comparativa resulta el método más efectivo. No se prueba un vino aislado, sino dos regiones, dos añadas o dos filosofías bajo las mismas condiciones. Para un CEO, equivale a un benchmarking. Comprender por qué un Malbec de altura difiere de uno de valle es una lección estratégica aplicada a la naturaleza.
Enoturismo de élite: El aprendizaje más profundo ocurre en el terroir. Visitar una bodega no implica turismo, sino diálogo con el enólogo. Ver el viñedo, tocar la piedra, oler la bodega. Esa conexión emocional crea una lealtad que ninguna campaña de marketing logra replicar.
Curaduría exclusiva: Muchos empresarios delegan el primer filtro en figuras de confianza: un sommelier de cabecera o un consultor. Este aprendizaje por delegación reduce el ruido del mercado y concentra el valor.
Errores comunes del aficionado
- El precio como sinónimo de calidad: En el vino, el precio refleja escasez, marketing o especulación, no necesariamente valor. Asumir que una botella de US$ 1,000 es diez veces mejor que una de US$ 20 es un error frecuente. El consumidor inteligente busca el punto óptimo entre calidad y precio.
- La tiranía de los puntos: Comprar puntuaciones es renunciar al gusto propio. Muchos empresarios eligen vinos “altamente calificados” sin considerar si armonizan con la ocasión o el menú.
- El desprecio por el servicio: Servir una botella excepcional a temperatura incorrecta o en copas inadecuadas equivale a conducir un Aston Martin por un camino de piedras. Cristalería y temperatura no son detalles: son parte del vino.
Del disfrute al patrimonio líquido
Para el empresario, el paso de comprador a coleccionista implica gestionar un patrimonio emocional y financiero. El vino deja de ser gasto y se convierte en asignación de capital, con una particularidad única: puede consumirse.
El mayor error psicológico es la “bodega intocable”. Guardar botellas esperando el momento perfecto suele condenarlas al olvido. La tendencia en 2026 es la microcelebración: no esperar una boda o una fusión, sino convertir una cena cualquiera en el evento.
El vino como inversión alternativa
En un contexto de volatilidad, el investment grade wine se consolida como activo refugio. El desafío es distinguir entre vino para beber y vino para guardar. Comprender mercados como Liv-ex o las subastas de Sotheby’s resulta clave. Invertir en modas pasajeras suele ser más riesgoso que apostar por regiones con trayectoria comprobada.
Por todo ello, nacer y vivir en el Perú nos ha hecho mejores bebedores, mejores anfitriones y, sobre todo, más conscientes del placer compartido.
Carpe vinum. Aprovecha el vino.









