
Los 10,136 divorcios que el Perú registró en 2025, 13.48% más que el año anterior, según la Superintendencia Nacional de Registros Públicos (Sunarp), no deberían leerse solo como un fenómeno social: se configuran también como una señal económica. Menos recursos, más gastos fijos y una canasta de consumo forzada a reordenarse son algunos de los primeros impactos.
¿Qué implica, a largo plazo, este cambio en la ecuación? Los expertos opinan.
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Shock económico en el hogar
Partamos de un supuesto: que el matrimonio que culminó tuviera hijos.
Marco Torres, asociado senior en Rodríguez Angobaldo Abogados y especialista en derecho de familia, sostiene que los mayores puntos de conflicto suelen concentrarse en los gastos de educación, salud y vivienda. A esta lista se suman los montos asociados a la recreación, como vacaciones, actividades extracurriculares y tecnología.
Acota, en esa línea, una consideración extra: “Sin perjuicio de ello, aparecen gastos legales para formalizar acuerdos o litigios en distintas materias, y de reorganización patrimonial, como cuentas, deudas, transferencia de bienes o liquidación”.
Gloria Huarcaya, profesora del Instituto de Ciencias para la Familia y miembro del Observatorio de Familia de la Universidad de Piura (Udep), explica por qué el quiebre del hogar tiene un efecto directo en el bolsillo: “Los gastos se duplican. El hogar biparental se convierte en dos hogares monoparentales, con dos jefes de hogar diferentes, y ambos tienen que sostenerse de manera autónoma”.
En ese nuevo escenario, además, la pensión de alimentos suele cubrir solo los gastos regulares y deja fuera del radar imprevistos como el mantenimiento de la vivienda o alguna emergencia de salud.
Pero, el impacto no solo aparece en hogares con hijos. En general, la construcción de los gastos cambia. Refuerza la premisa Guillermo Dulanto, profesor de Economía de la Udep, quien coincide en que los mayores ajustes tras un divorcio se encuentran en ejes estructurales del gasto familiar: vivienda, alimentación y servicios.
“Cuando dos personas se juntan, juntan también sus ingresos, su esfuerzo, su trabajo, y se genera lo que se llama economía de escala. Cuando dos empresas se juntan, incurren en economía de escala, porque utilizan una sola maquinaria para toda su operación. Igual en el matrimonio: se emplea una sola casa con una sola cocina”.
El experto coloca sobre la mesa otra arista: el riesgo de enfrentar un mecanismo de empobrecimiento.
“Los mecanismos de empobrecimiento están causados por la baja en estos cuatro puntos: vivienda, alimentación, educación y servicios. Un divorcio es una ruta para llegar a ello. La recuperación depende de la calidad de trabajo y del ingreso que tengan posteriormente las partes”, determina.

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De la durabilidad a la supervivencia
La anulación de las inversiones familiares de largo plazo también genera otro estrago: “Una pareja divorciada ya no tiene los incentivos para realizar inversiones; por ejemplo, para adquirir una nueva propiedad, para invertir en una educación de algunos de los miembros o para crear una empresa. Son planes de largo aliento que sí tiene una pareja que se mantiene casada”, reconoce Huarcaya.
Dulanto, por su parte, advierte que el divorcio debilita el respaldo bancario. ¿Por qué? El riesgo percibido aumenta y las opciones de financiamiento se reducen. Es casi una ley en el mercado.
“El tema crediticio es importante. [...] Hay un método que se llama análisis discriminante, basado en la historia de todos los créditos de todas las personas. Si se encuentra que, cuando las personas se divorcian, bajan su calidad crediticia, se genera la tendencia de prestarles menos”.
En ese sentido, Torres comparte un repertorio de sugerencias para que una pareja proteja su economía doméstica ante una eventual separación:
“Formalizar un régimen patrimonial claro y coherente con la realidad económica de la pareja, por ejemplo, efectuar una separación de bienes; mantener orden financiero mediante presupuestos y registro de aportes; evitar asumir deudas sin adecuada trazabilidad; prever por escrito cómo se cubrirán los gastos de educación, salud y otros de los hijos; y contar siempre con asesoría legal que permita tomar decisiones informadas y prevenir conflictos futuros”.
Si bien el marco jurídico permite regular alimentos, tenencia, régimen patrimonial o posibilidad de solicitar una indemnización, los voceros comulgan con una idea: sin una intervención del Estado que primero prevenga la decisión y que luego acompañe la transición —en empleo, cuidado y seguridad social—, el divorcio se convierte en una palanca silenciosa de empobrecimiento.

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Un asunto de género
El representante de Rodríguez Angobaldo Abogados señala que, en la práctica, para las parejas con hijos, suele ser más afectado quien asume la tenencia y el gasto cotidiano, porque concentra gastos recurrentes y, por supuesto, el costo de oportunidad.
“Quien sale del hogar, en cambio, suele enfrentar el costo de vivienda y manutención propia, pero mantiene un mayor margen de ajuste si no administra el día a día de los hijos menores de edad”, analiza.
Al respecto, Huarcaya detalla que es más común ver a mujeres enfrentar mayor carga financiera tras la separación: “Además suelen asumir la mayor carga de trabajo doméstico y de trabajo de cuidado de los dependientes. [...] De acuerdo con los datos que hemos podido recoger en el Observatorio de Familia, los hogares monoparentales jefaturados por mujeres divorciadas o separadas son más vulnerables a la pobreza. [...] Inclusive ocurre en aquellos escenarios donde el padre sigue asumiendo la pensión de alimentos, con un ingreso regular y un descuento en planilla”.
Cuestiona, así, el impacto en hogares sostenidos por el empleo informal: “Si bien el juez pudo haber fijado una pensión de alimentos, como no hay ingresos constantes o tal vez el padre no los declara, la pensión de alimentos se convierte en una cuestión irregular”.
El efecto económico del divorcio, adiciona la experta, no siempre es transitorio. Según la literatura, las mujeres que trabajaron y se capacitaron poseen más herramientas para sostener su nivel de vida, mientras que aquellas que se divorcian a mayor edad y sin ingresos propios suelen encontrar más retos.
En conclusión, hace el recuento Dulanto, la combinación de mayores responsabilidades de cuidado, menor capacidad para generar ingresos y la alta dificultad para acumular ahorro previsional expone a muchas mujeres a trayectorias de empobrecimiento prolongadas tras la ruptura.

- El dato:
Cuando hay separación de bienes, el conflicto patrimonial suele ser más manejable si todo estuvo correctamente documentado. Otro es el escenario de la sociedad de gananciales: la liquidación de los bienes comunes es el punto más sensible y, sin acuerdos previos, suele terminar en procesos judiciales más largos y complejos, subraya Torres.

Redactora de Economía en diario Gestión. Periodista piurana con seis años de experiencia profesional en el rubro.








