
Un amigo me comentó una vez con orgullo: “Eso de los fondos es para los que no saben”. Tenía su dinero concentrado en cuatro acciones, convencido de que seleccionarlas una a una era la forma adulta de invertir, mientras que los fondos mutuos eran como una bicicleta con rueditas para principiantes.
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Comprendí su postura, porque pensé igual cuando empecé en una mesa de inversiones. En aquel entonces, ver a alguien elegir sus propias acciones me hacía suponer que poseía un conocimiento superior al del resto. Sin embargo, los años me enseñaron que la realidad puede ser exactamente la opuesta.

El dato mata al relato. Año tras año, el estudio SPIVA publicado por S&P Dow Jones demuestra una realidad constante; la gran mayoría de fondos gestionados por profesionales con equipos de análisis y terminales Bloomberg no logran superar al índice del mercado. En un plazo de quince años, más del 90% de los fondos de acciones grandes en Estados Unidos obtuvo rendimientos inferiores al S&P 500. Es decir, nueve de cada diez profesionales a tiempo completo no le ganan al promedio del mercado en el largo plazo.
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Frente a este escenario, cabe lugar para una pregunta incómoda: si los especialistas, que viven de esto, pierden contra el índice, ¿qué probabilidad de éxito tiene alguien que selecciona en qué invertir tras leer un titular? El propósito de evidenciarlo no es desincentivar que inviertas, sino evitar que participes en el juego más difícil sin ser consciente de que lo estás jugando.
Los errores que veo una y otra vez son los mismos. El primero es confundir “tener varias acciones” con una verdadera diversificación: como mi amigo, que con cuatro acciones se sentía protegido sin notar que al pertenecer al mismo mercado y sector, si caía una, caían las cuatro juntas. Aquello no es diversificar, sino repetir la misma apuesta cuatro veces. El segundo es creer que elegir tus acciones te vuelve sofisticado, olvidando que una elección acertada exige evaluar estados financieros, modelos de negocio y el precio justo, por lo que hacerlo a medias recae en intuición. Por último, se suele ignorar el costo del tiempo y de las emociones, ya que el monitoreo diario o reaccionar ante el movimiento del mercado induce a vender cuando todos venden y a comprar cuando todos compran.
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El error no consiste en elegir acciones particulares, sino en asumir que hacerlo sin una metodología rigurosa es superior a la disciplina de diversificar. Con frecuencia ocurre lo opuesto: la sofistificación no consiste en poseer la cartera más entretenida, sino en comprender que una inversión exitosa se aleja de la especulación para convertirse en una rutina constante.
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En ese sentido, para quien se inicia, el gran beneficio de un fondo mutuo no es únicamente la promesa de superar al mercado, sino la simplicidad de diversificar su capital desde el primer instante, liberándose de la carga de predecir qué empresa subirá de valor. Al optar por uno, los aspectos verdaderamente esenciales a evaluar son una diversificación real, comisiones competitivas y una coherencia con tu horizonte temporal de inversión, en lugar de la inmediatez de los resultados de corto plazo.
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Esta reflexión no busca definir en qué fondo ni en qué acción poner tu dinero; eso depende de tu caso. Recuerda que toda inversión conlleva riesgos inherentes y no aseguran un retorno, por lo que debes asesorarte antes de invertir. Pero, si tengo que rescatar una idea, es que: la simplicidad y constancia suelen ofrecer los mejores resultados.
Antonio Cevallos es gerente general de BBVA Asset Management







