
Por Nancy Laos Cáceres, exministra de Trabajo y Promoción del Empleo (MTPE). Durante muchos años, nuestra informalidad fue vista como “un mal necesario”, una suerte de “válvula de escape” o “colchón social” frente a la crisis y al desempleo de las políticas de ajuste de los 80-90. Hoy no puede ser así. Con su persistencia (más de 30 años) y altos niveles (cerca del 70% de la PEA ocupada), ahora la informalidad afecta severamente la productividad, reduce la recaudación y la protección social, además de ser el germen de actividades ilegales y criminales, lo que debilita la legitimidad del Estado.
Cada elección presidencial nos dibuja un mapa con resultados a nivel geográfico con grandes brechas, evidenciando la existencia de “dos Perú”. Por un lado, un Perú urbano y articulado a los mercados, más productivo y donde el Estado y las grandes empresas tienen una mayor presencia y donde la formalidad laboral es relativamente más alta. Y de otro, un Perú -rural, andino y amazónico- con baja presencia estatal, servicios públicos insuficientes, débiles capacidades institucionales y altos niveles de informalidad. Esta “fractura” si bien no explica por sí misma la actual polarización, sí ayuda a entender por qué los peruanos percibimos de manera tan distinta la situación del país.
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Es claro que ningún país puede sostenerse en el largo plazo con niveles tan altos de informalidad. También es claro que las medidas de los 30 últimos años no han funcionado, quizá por un aspecto -al que quizá no le hemos puesto tanto interés-: el peso cultural.
Visiones sobre la informalidad
La informalidad ha sido estudiada desde varias perspectivas. Hernando de Soto señaló que es una respuesta racional del ciudadano frente a un Estado que le impone barreras y costos y trámites excesivos. Propuso simplificar tramitología y titular propiedades informales para acercar a los emprendedores a la legalidad. Elmer Cuba ha enfatizado en los costos e incentivos que genera la regulación y propuso un “combo formalizador” con medidas laborales, tributarias y de seguridad social, alineando la regulación a la heterogeneidad empresarial. Piero Ghezzi, por su parte, ha enfatizado en que nuestro crecimiento no genera los empleos formales suficientes y que las limitadas capacidades productivas del país necesitan una estrategia de “diversificación productiva” para generar nuevos motores y más empleo formal en sectores con potencial, además de la minería y agroindustria.
Finalmente, Rolando Arellano prioriza los factores culturales detrás del comportamiento. Su mirada enfatiza los “estilos de vida” y considera a la informalidad como un patrón de conducta colectiva que tiene raíces históricas y de valores. Señala que muchos ven a la informalidad como un escape voluntario de la formalidad, como ocurre en los países desarrollados. Sin embargo, en Perú, la realidad mayoritaria es que los informales nunca pudieron entrar, nacieron sin presencia del Estado y la formalidad nunca les dio, ni les da oportunidad de entrar. Arellano considera que la solución no es luchar contra la informalidad, sino hacer más accesible la formalidad. “Lo que deberíamos hacer es ver al informal como una semilla a la que hay que ayudar, no a la que hay que exterminar”, indica.
Es claro que todos estos enfoques aportan y ninguna por sí misma agotaría la explicación del fenómeno. Sin embargo, es claro que tampoco cualquier medida aislada (simplificación, reducción de costos, diversificación, comportamiento) nos permitirá salir del problema sino vemos causas entrelazadas y un origen multicausal. Concuerdo con cada mirada; pero, invito a revalorar el enfoque cultural: la informalidad persiste casi intocable en los últimos 30 años, a pesar de sucesivas medidas económicas y de incentivos para reducirlo.
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Al ser multicausal, requiere un enfoque transversal, que aborde simultáneamente los frentes económicos, laborales, tributarios y productivos y, con especial fuerza, los factores culturales. Y hacerlo con cirugía fina, sector por sector pues no es lo mismo la informalidad en el sector agrario, turístico o manufacturero. En los detalles se esconden los grandes problemas.
¿Qué medidas transversales se podrían tomar? Retomar la educación cívica y los valores en las escuelas; reforzar la cultura financiera, previsional y tributaria; campañas de integración nacional. Es fundamental, fortalecer la confianza entre el sector público y privado, acompañar a las pequeñas empresas en su formalización. Si el problema es multidimensional, la respuesta también debería serla. Urge afrontar el fenómeno, ahora que empieza un nuevo gobierno.







