Durante más de una década, los inversores podían confiar en que el peso argentino haría una sola cosa: desplomarse. Ahora, mientras la guerra en Irán sacude los mercados globales, está prosperando.
El peso fue una de las dos monedas de mercados emergentes que se apreciaron frente al dólar en marzo, cuando el índice de rendimiento total de MSCI para divisas emergentes registró su peor caída mensual desde 2022, a medida que los operadores reevaluaban las probabilidades de recortes de tasas y el impacto del aumento de los costos energéticos desde el inicio del conflicto.
Se trata de un giro radical para el peso, que tuvo el peor desempeño entre 22 monedas en 10 de los últimos 11 años.
Las ganancias están siendo impulsadas por un aumento estacional de las exportaciones agrícolas, mayores envíos de energía desde la formación de shale Vaca Muerta y una ola de endeudamiento en dólares por parte de empresas locales a comienzos de este año.

La combinación de factores ha llevado a algunos inversores a catalogar al peso como un “refugio seguro”, dijo Joseph Incalcaterra, jefe de estrategia macro para América Latina en HSBC en Nueva York. “Mitad en broma, mitad en serio”, añadió.
“Muchos dólares de exportación están entrando al mercado en este momento”, señaló Incalcaterra. “El crecimiento estructural de las exportaciones de petróleo y gas coincide con precios elevados y con la temporada de cosecha en Argentina”.
El superávit comercial de Argentina en los dos primeros meses del año fue más de seis veces mayor que en el mismo período del año pasado, alcanzando casi US$ 3,000 millones. La mejora fue impulsada por las exportaciones de alimentos y una fuerte caída de las importaciones en medio del estancamiento económico, mientras que el auge productivo de Vaca Muerta —una de las mayores reservas de petróleo y gas no convencional del mundo, con unos 30,000 kilómetros cuadrados en la Patagonia, similar al tamaño de Bélgica— reduce la necesidad de importar energía.
El segundo trimestre marca el pico de la temporada de cosecha, cuando los ingresos de dólares suelen acelerarse. A los precios actuales, las ganancias en productos clave —desde soja y maíz hasta petróleo y minería— podrían generar hasta US$ 10,000 millones adicionales en ingresos por exportaciones este año, según estimaciones de Banco Galicia.
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Además, la moneda sigue sujeta a estrictos controles cambiarios, lo que implica que los inversores extranjeros no pueden repatriar fácilmente capital ni las multinacionales transferir utilidades acumuladas de años anteriores. Esto la deja más expuesta a flujos de divisas reales que a movimientos especulativos, comunes en otros mercados emergentes.
“La actual fortaleza y estabilidad del peso, aunque a veces influida por la intervención del gobierno, tiene más que ver con los flujos comerciales, que han mejorado estructuralmente de forma significativa gracias a la producción energética de Argentina”, afirmó Todd Martinez, codirector del grupo de soberanos de América en Fitch.
“No hay correlación”
Si bien el presidente Javier Milei ha mantenido el control sobre el peso, negándose a dejarlo flotar libremente o devaluarlo como algunos inversores sugerían el año pasado, el renovado acceso de Argentina a los mercados financieros globales también influye en su fortaleza.
Las empresas argentinas han recurrido de forma sostenida a los mercados internacionales en los últimos meses, incluso en medio de la guerra en Medio Oriente, principalmente para financiar inversiones en el sector energético. Según datos del banco central, los ingresos vinculados a deuda se han convertido en una fuente clave de dólares en el mercado cambiario local.

Estos flujos han permitido al banco central acumular reservas, comprando alrededor de US$ 4,000 millones desde comienzos del año. Según el ministro de Economía, Luis Caputo, el peso sería cerca de un 20% más fuerte de no ser por esas compras.
Este desempeño superior no se ha extendido a todos los activos. Los spreads de la deuda soberana argentina se han ampliado cerca de 60 puntos básicos desde que comenzó el conflicto y los bonos a 2035 han caído casi tres centavos por dólar en ese período. En tanto, los diferenciales de deuda soberana de mercados emergentes aumentaron cerca de la mitad en ese lapso.
Los inversores están preocupados por la inflación persistente, lo que alimenta dudas sobre el peso. Este año, el banco central comenzó a permitir que la moneda fluctúe dentro de una banda más amplia que se ajusta al ritmo de la inflación mensual. Los precios al consumidor subieron un 2.9% en febrero, ligeramente por encima del 2.8% estimado por economistas encuestados por Bloomberg.
Este tipo de cambio no es atractivo, “y nosotros lo asociamos a una caída de actividad” económica, señaló Martín Polo, estratega en jefe de Cohen. “Las cuatro patas de la mesa están desniveladas: la inflación va al alza, bajan las tasas, los bonos caen, pero el tipo de cambio está a la baja. Uno debería ver que todo esto tenga un sendero de correlación”.








