
Incluso mientras su “hermosa armada” zarpa hacia Irán, Donald Trump ha estado intentando pulir sus credenciales como pacificador. Su recién creada Junta de la Paz celebró su reunión inaugural la semana pasada en el recientemente rebautizado Instituto de la Paz Donald J. Trump en Washington.
El presidente estadounidense se ha autoproclamado presidente permanente, ha nombrado a la junta ejecutiva — incluyendo a su yerno Jared Kushner y al amigo inmobiliario convertido en enviado especial para Oriente Medio Steve Witkoff — y ha invitado a casi 60 países a unirse.
La junta parece diseñada sobre todo para afirmar la primacía de Trump en los asuntos mundiales y para servir a los intereses privados cercanos al presidente. Sin embargo, dado el papel clave que desempeñará en Gaza y posiblemente en otros lugares, otras democracias occidentales necesitan una estrategia para abordarla.
La junta se concibió originalmente para implementar el plan de alto el fuego del presidente en Gaza tras la devastadora guerra de dos años entre Israel y Hamás. Recibió un mandato del Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) para actuar como autoridad de gobierno de transición en el enclave palestino. Sin embargo, una reunión en febrero puso de manifiesto los problemas de esa visión. Trump prometió US$10 mil millones para la reconstrucción de Gaza sin especificar la procedencia de los fondos. Aseguró que varios otros países habían comprometido US$7 mil millones más para la ayuda humanitaria en Gaza. Sin embargo, el plan de reconstrucción, elaborado sin consultar a los palestinos de Gaza, se asemeja a la visión que Trump presentó el año pasado de un proyecto inmobiliario liderado por EE. UU., con rascacielos y complejos turísticos.

A pesar de la fanfarria en torno a la iniciativa, prácticamente no se ha hecho nada para impulsar el plan en Gaza; los palestinos de la Franja siguen sufriendo. Sin embargo, el presidente estadounidense ha comenzado a presentar su junta como una alternativa a la ONU. Su acta constitutiva no menciona a Gaza ni a Israel, sino que se describe como una organización internacional que busca promover la estabilidad y “asegurar una paz duradera en zonas amenazadas por el conflicto”.
No existe base legal para esta función y, por noble que sea el objetivo, una institución paralela corre el riesgo de socavar aún más a la ONU y las estructuras establecidas de gobernanza global. Podría tentar a las grandes potencias rivales a formar bloques o instituciones “globales” que compitan entre sí. La cuota de entrada de US$1 mil millones para que los países obtengan la membresía permanente también introduce un elemento de pago por participación que evoca la forma en que Trump dirige su administración.
Sólo unas dos docenas de los países a los que Trump invitó a unirse a la junta han aceptado, lo que la convierte principalmente en un club de países en desarrollo y autocracias. Entre los asistentes se encontraban aliados de Trump como el húngaro Viktor Orbán y el argentino Javier Milei. El presidente del Banco Mundial, Ajay Banga, forma parte de su junta ejecutiva, lo que refleja el papel del banco en la financiación de Gaza. Tony Blair, ex primer ministro británico, también forma parte de la junta ejecutiva; él ha estado vinculado a la iniciativa desde que se centraba exclusivamente en Gaza, pero debe estar consciente de los riesgos para su reputación.
Las democracias europeas y occidentales están divididas sobre cómo gestionar la junta. Muchos creen, con razón, que unirse como países correría el riesgo de legitimar una visión del mundo y un proyecto trumpistas que contradicen sus valores; entre los países de la Unión Europea (UE), sólo Hungría y Bulgaria se han unido o tienen intención de hacerlo. Sin embargo, otros 12 miembros de la UE, además del Reino Unido, enviaron observadores a la reunión del jueves. También lo hizo Dubravka Šuica, comisaria de la UE para el Mediterráneo, lo resultó en una reprimenda a Bruselas por parte de Francia y España, que se abstuvieron de asistir.
Trump podría estar planeando ampliar el enfoque de la junta a otras áreas, desde Venezuela hasta Ucrania o Irán, además de su papel en Gaza. Por lo tanto, las democracias deben vigilar de cerca las intenciones del presidente e intentar influir en ellas, sin unirse a su iniciativa privada.
Autor: FT View

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