
Hasta la Revolución Industrial, la población y los ingresos se habían mantenido prácticamente constantes durante varios milenios. Los ingresos per cápita pasaron de alrededor de US$ 1,100 (en dólares actuales) en la época romana a solo US$ 1,500 a finales del siglo XVIII. La gente vivía más o menos la misma vida generación tras generación. Luego llegaron todas esas nuevas máquinas y procesos de fabricación.
En los siguientes 200 años, la riqueza mundial se disparó. La población se multiplicó por seis y los ingresos per cápita por diez. La pobreza disminuyó drásticamente. Hoy en día, la inteligencia artificial (IA) está a punto de volver a hacerlo. Si la Revolución Industrial liberó al mundo de las limitaciones de la fuerza muscular humana, la IA lo liberará de las limitaciones del cerebro humano.
Hoy en día, lo que obstaculiza las perspectivas de crecimiento económico no es la falta de tecnología o de ingenio, sino la política, la intervención gubernamental y, por desgracia, la mala economía. En “La riqueza de las naciones”, Adam Smith utilizó el ejemplo de una fábrica de alfileres para ilustrar que el crecimiento era posible gracias a los rendimientos crecientes a escala inherentes a la tecnología y los mercados libres.
Las empresas grandes y dominantes surgen de una tecnología superior y de las economías de escala. No cabe duda de que aprovechar estos rendimientos crecientes a escala es beneficioso para la sociedad: si podemos producir de forma más barata, deberíamos querer hacerlo. Pero la teoría económica ha desviado a los responsables políticos. La teoría neoclásica califica las estructuras de mercado concentradas como fallos del mercado que deben ser disciplinados, incluso desmantelados.
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Nosotros, por el contrario, las consideramos un resultado natural de la tecnología y cruciales para el crecimiento. Si se obliga a las empresas líderes del mercado a reducir su tamaño, no solo aumentarán los costos, sino que se atenuarán los incentivos para innovar, lo que perjudicará el crecimiento.
Bajo esta perspectiva, consideremos las dos grandes tradiciones en la práctica antimonopolio: el enfoque estadounidense, que se centra en las prácticas excluyentes que restringen la competencia, y el enfoque de la Unión Europea, que se centra en el “abuso explotador” (es decir, los precios excesivos de las empresas dominantes).
Consideramos que el primero es útil, pero el segundo es problemático, incluso si los reguladores pueden identificar cuándo los precios son excesivos (una gran interrogante). He aquí el motivo. Supongamos que una aerolínea es la única que opera una nueva ruta y cobra una tarifa exorbitante. Es evidente que se trata de una empresa dominante y que está cobrando de más.
Pero, ¿existe aquí un problema de competencia? En realidad no, siempre y cuando cualquiera pueda entrar en el mercado para ofrecer esa ruta. Si pueden hacerlo, por definición no puede haber ningún problema de competencia. Por el contrario, los altos precios y beneficios de esta empresa dominante son precisamente la señal que hay que dar para atraer a los competidores.
La historia ofrece muchos ejemplos: Nokia dominó en su momento el mercado de la telefonía móvil, luego lo hizo BlackBerry, hasta que el iPhone de Apple los desplazó a ambos. Habría sido un terrible error frenar el crecimiento de estas empresas simplemente porque disfrutaban de altas cuotas de mercado en determinados momentos.

La cuestión crucial no es si alguna empresa tiene actualmente una cuota importante, sino si se bloquean las oportunidades de entrada, y, en la mayoría de los casos, el gobierno bloquea esas oportunidades con licencias, cuotas, derechos exclusivos o barreras administrativas. Se dedica demasiada energía a perseguir a las grandes empresas que operan en mercados disputables y muy poca a abordar las numerosas regulaciones que restringen la competencia.
Aquí hay una paradoja incómoda: los gobiernos que crean barreras legales a las oportunidades de entrada son un enemigo más importante para la competencia que las empresas que ganan un dominio temporal gracias a la innovación (por no mencionar que estas barreras también desvían recursos hacia empresas menos eficientes). Por eso creemos que la desregulación es muy importante para el crecimiento.
Tomemos la IA como ejemplo instructivo. En Argentina, queremos mantener la industria desregulada. Queremos que las empresas sepan que pueden explorar, producir, vender y obtener beneficios de esa tecnología sin que las molesten. Esto puede dar lugar a la aparición de grandes empresas, pero creemos que regular la industria para impedir que surjan actores dominantes es un suicidio para el crecimiento.
Confiamos tanto en la desregulación y los mercados que hemos diseñado un mecanismo para imponer cierta disciplina de mercado a los propios reguladores. Los reguladores suelen tener el monopolio de la regulación y rápidamente desarrollan una tendencia a abusar de su autoridad: acumulan requisitos, solicitan documentos que no guardan relación con ningún supuesto fallo del mercado e imponen retrasos interminables.
¿Cómo someter al regulador a la disciplina del mercado? Una forma es permitir que los segmentos regulados y no regulados coexistan en el mismo mercado. Si el regulador resuelve un problema real, la gente operará en la parte regulada, por ejemplo, al utilizar empresas autorizadas por el regulador. Si el regulador no aporta valor añadido, permitimos que la gente lo ignore y utilice empresas no supervisadas por él. En este marco, la responsabilidad de elegir en qué mercado operar recae en el consumidor.
Las únicas normas que deben aplicarse son las que garantizan la transparencia, de modo que todo el mundo sepa en qué segmento está operando. Probamos este enfoque en Argentina con varios instrumentos financieros. El resultado fue el florecimiento del mercado no regulado y la compresión de las comisiones en el mercado regulado, ya que la competencia obligó al regulador a ser más razonable y menos burocrático.
Los mercados de capitales europeos ofrecen ejemplos análogos, como la coexistencia de ofertas reguladas y bolsas “no reguladas” en la Bolsa de Viena, estas últimas muy populares entre los inversionistas en emisiones de acciones y bonos más pequeñas debido a sus requisitos administrativos menos estrictos. Creemos que este pensamiento radical ayudaría a reevaluar otras áreas de intervención gubernamental.
Mencionemos dos: los bienes públicos y las externalidades. Se nos enseña que los bienes no rivales y no excluibles deben ser proporcionados por el gobierno. Sin embargo, Ronald Coase, economista ganador del premio Nobel, cuestionó esta opinión cuando demostró que los faros británicos eran proporcionados por el sector privado, financiados por los puertos cercanos que internalizaban los beneficios a través de las tasas portuarias.
¿Es posible que los creadores de políticas hayan ampliado en exceso el ámbito de los bienes públicos? Compartamos un caso que nos sorprendió incluso a nosotros: las infraestructuras de nuestros parques nacionales, como los senderos y los servicios, son otro caso típico de bien público. Al principio pensábamos que debía ser suministrado por el Estado.
Sin embargo, cuando probamos con concesiones en las que los operadores privados tenían que construir las infraestructuras públicas por su cuenta, resultó que no era un problema. Las empresas resolvieron el problema de los oportunistas al coordinarse entre sí y ampliar la capacidad de la infraestructura de forma gradual para mantener su rentabilidad.
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Lo que queremos decir es que no hace falta ser anarcocapitalista para llegar a la conclusión de que puede valer la pena reevaluar el alcance de los bienes públicos. Las externalidades son otra justificación habitual para la regulación. Sin embargo, cuando una externalidad adquiere suficiente valor, tienden a surgir derechos de propiedad, ya sea de forma espontánea o deliberada. Tomemos el ejemplo de la producción de miel y fruta, sectores importantes en Argentina.
Para internalizar la externalidad (que los productores de fruta ayudan a los productores de miel y viceversa), una empresa local, Beeflow, desarrolló una tecnología que ofrece servicios de polinización específicos tras acondicionar a las abejas para que solo visiten las flores de un cultivo concreto. En resumen, el mercado encontró una solución que quizá era más eficiente y favorecía más el crecimiento que la regulación gubernamental.
En la solución de mercado, las abejas pueden desplazarse y utilizarse en muchos huertos. La regulación habría obligado (o subvencionado) la proximidad entre las dos industrias, un resultado menos eficiente. Se trata solo de un ejemplo, pero muestra que los mercados también pueden ofrecer una solución, incluso mejor, a los problemas de externalidad.
Los mercados libres, núcleo de la agenda de desregulación, han enriquecido al mundo y reducido enormemente la pobreza en solo dos siglos. Es hora de redoblar nuestra confianza en el capitalismo. Dejemos que el gobierno se aparte y devolvamos a la gente su libertad, que les han robado los políticos y los reguladores. ¡Viva la libertad, carajo!
Javier Milei es presidente de Argentina. Federico Sturzenegger es ministro de Desregulación y Transformación del Estado del país.









