
Todo comenzó mientras Alfredo Calle observaba los gigantes molinos de viento (aerogeneradores) de hasta 200 metros que transforman el viento en energía en enormes parques de Ica o Piura. Tal vez su interés por la ciencia desde niño, o el hecho de no estar involucrado directamente en el negocio eléctrico, le permitió pensar fuera de la caja: ¿por qué las industrias o las viviendas no pueden generar su propia energía eólica? La idea apareció en 2019, sin que Alfredo, un doctor de la UNI, supiera que dos años después se convertiría en una empresa de base tecnológica o startup en Perú.
Natalia Cárdenas —“la climática”, como ella se define— es cofundadora de Eolic Wall junto con Alfredo. “Cuando vino con la idea y vimos su enorme potencial, le dije que no debíamos guardarla. Hoy no nos arrepentimos de nada”, cuenta.
Pero los desafíos apenas empezaban en el 2019. No existía literatura previa sobre lo que querían desarrollar. Todo debía construirse desde cero. Perdieron la cuenta de los días —incluidos feriados— dedicados a pensar, probar y equivocarse hasta lograr el primer prototipo de su celda eólica. Hasta hoy, dicen, no han podido tomarse vacaciones.

En un ecosistema peruano donde el software escala más rápido y atrae capital con mayor facilidad, la tecnología dura —la deeptech— sigue enfrentando escepticismo de los inversionistas. Eolic Wall pertenece a este grupo, una empresa de ingeniería que exige años de simulaciones, prototipos y paciencia.
Aun así, han aprendido a hacer mucho con poco. En cinco años levantaron medio millón de dólares entre grants, capital propio, venture capital e inversionistas ángeles. Con ese presupuesto inicial comenzaron a dar forma a la tecnología.
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De la simulación a la celda eólica
“La celda no fue una idea cerrada desde el inicio; fue apareciendo mientras avanzábamos. Desarrollamos algo que no existía”, explica Alfredo.
Partieron de la amplificación de la velocidad del viento mediante una geometría aerodinámica específica. Luego entendieron que necesitaban un rotor no convencional. La solución fue crear uno que funcione con levitación magnética, algo que no existía en este tipo de dispositivos. Después comprendieron que un generador convencional no era la mejor opción para generar energía: la solución fue crear un nuevo sistema de generación en colaboración con Oak Ridge National Laboratory, el laboratorio de ciencia y energía más grande del Departamento de Energía de Estados Unidos.
Hoy la celda eólica de Eolic Wall es capaz de convertir la energía eólica en electricidad en un solo paso, sin contacto.

El método no fue sencillo: diseñar, simular virtualmente y ajustar. La experimentación física se reservó para las etapas finales por los altos costos. Tras decenas de simulaciones virtuales, llegaron a un punto de validación. El siguiente paso fue imprimir el prototipo en 3D —en China—. Hicieron entre dos y tres versiones hasta afinar el tamaño real de la celda.
Cada problema que aparecía se transformaba luego en una solución, y cada solución en una nueva patente. “Hoy tenemos un portafolio que protege todo lo que hemos construido”, resalta Natalia Calle.
El valor central de la celda eólica de Eolic es entregar energía con costos comparables a la gran eólica, pero en pequeña escala. Eso no se había logrado antes. A nivel global, la pequeña eólica alcanza entre 10% y 20% de eficiencia. “Nosotros llegamos casi al 50%. Somos más eficientes y con menores costos”, afirma.
No compiten con los grandes aerogeneradores —que no pueden instalarse en patios, techos u pequeñas oficinas—. Su tecnología apunta a espacios reducidos donde viviendas e industrias puedan generar más energía por metro cuadrado. La clave está en su geometría aerodinámica, que convierte vientos promedio en flujos más rápidos y estables, habilitando la generación eólica incluso en zonas con poco viento.
Y lo legal acompaña la tecnología. Eolic Wall se acogió al sistema de protección PCT (patentes en más de 100 países), que permite seleccionar jurisdicciones estratégicas, como países productores, mercados con viento de calidad y polos tecnológicos como Estados Unidos, India, China, Europa, Japón y Corea del Sur. Hoy la empresa peruana está protegiendo un conjunto de invenciones —celda, rotor, generador, configuraciones— que les brinda una ventaja competitiva por casi 20 años.
Año de pilotaje en Perú
Tras el capital propio y el impulso inicial de Reto Bio de Innóvate Perú y ProCiencia—que financiaron los dos primeros prototipos—, Eolic Wall ingresó en 2023 a aceleradoras internacionales como Techstars y Third Derivative (Estados Unidos), cerró acuerdos de pilotaje y armó una cartera creciente de potenciales clientes. El holding se constituyó en Estados Unidos —requisito de algunas aceleradoras—, con una subsidiaria en Perú y una filial en España en proceso de apertura este año.
El equipo sigue siendo pequeño: siete personas, incluidos asesores, entre ellos ingenieros de la Universidad Nacional de Ingeniería con posgrados en energía. Alfredo, de hecho, es doctor por la UNI.
Este año desplegarán al menos cinco pilotos —la mayoría en Perú, con conversaciones avanzadas en el extranjero— y, para ello, levantarán una ronda de US$ 1 millón que esperan cerrar en el primer trimestre de 2026. Al cierre de esta edición ya tenían comprometida la mitad con un fondo de impacto en California. Uno de los pilotos será en una universidad de los Andes centrales, interesada en llevar energía eólica a comunidades agrícolas hoy dependientes del diésel.
“Validar en campo es lo que nos permitirá cruzar el valle de la muerte y entrar en una fase comercial más predecible”, anota Alfredo.
Será su año decisivo: fabricar, instalar, medir y corregir. Si los pilotos funcionan, llegarán los primeros casos de éxito y con ellos la velocidad comercial. El valle de la muerte no desaparecerá, pero se volverá transitable, aseguran.
“Seguiremos innovando siempre”, dice Alfredo, más como un proyecto de vida que como un plan de negocios. Eolic mantiene conversaciones con una empresa local interesada en convertirse en socio estratégico. “Todavía no sabemos qué forma tomará. Ellos quieren distribuir nuestras unidades. No hay nada cerrado, pero el interés es real y las conversaciones siguen activas”.
Natalia, por su parte, insiste en el impacto: cada celda instalada significa CO₂ evitado y menos diésel en zonas donde la red no llega. Su objetivo es que el viento, lejos de los grandes parques eólicos, también cuente.

Coordinadora en la revista G de Gestión e integrante del podcast de economía y negocios 'Actualidad Latinoamericana'. Escribo sobre management, agricultura, tecnología y emprendimientos. Bachiller en Periodismo por la Universidad Antonio Ruiz de Montoya. Activa participante de los cursos del Centro Knight para el Periodismo en las Américas.









