
La era de las ‘startups de PowerPoint’ terminó. En Perú, los centros de innovación de las universidades continúan afinando sus filtros para depurar los proyectos que no demuestren valor real desde el inicio (incubación). Si un prototipo no logra mostrar tracción —ingresos, usuarios o interés del mercado— en su primer mes, difícilmente atraerá inversión o sobrevivirá al llamado “valle de la muerte”.
Hace una década atrás, cuando aún existía Wayra (la primera incubadora en el país), bastaba un pitch atractivo, una app funcional y una historia de crecimiento para entrar al ecosistema de startups, levantar una primera ronda y soñar con Silicon Valley. Ese modelo se agotó.
La última burbuja pospandemia —cuando muchos inversionistas sobredimensionaron proyectos que luego terminaron cerrando, como ocurrió con WeWork— dejó una secuela: más inversionistas “agnósticos”. En Perú, advierten cuatro expertos, el número de redes de inversionistas ángeles se ha reducido notablemente y los fondos de venture capital hoy miran con más interés a startups extranjeras que a las locales.
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De las ideas a las ventas
“Ya no se trata de quién presenta un bonito PowerPoint”, dice Michell Anyosa, coordinador general de Start UPC, un programa de emprendimiento que en sus 11 años ha acompañado a más de 150 startups, las que han levantado más de S/ 3 millones en capital y generado ventas por encima de los US$ 3,2 millones. Entre ellas estuvo la boletería digital Joinnus.
Hoy, en el programa de incubación de la UPC, las startups deben demostrar tracción en menos de ocho semanas. Incluso si se trata de ventas pequeñas —US$ 100 o US$ 200—, lo relevante es probar que alguien está dispuesto a pagar. En la etapa de aceleración, en tanto, se exige alcanzar ventas mensuales cercanas a los US$ 3,000 o un crecimiento de entre 3x y 5x.
La lógica es similar en la Universidad de Lima, donde las startups del programa Primer Paso pueden acceder a un capital semilla de S/ 1,000 y deben mostrar tracción durante su primer mes. Jorge Conde, director del Centro de Innovación y Emprendimiento, explica que en la fase de aceleración el umbral es más exigente: al menos US$ 5,000 en ventas mensuales. “Nuestro foco en este grupo es su internacionalización”, señala.
En el Centro de Innovación y Emprendimiento de la Universidad de Piura (Hub UDEP), el énfasis está en la tasa de crecimiento más que en el volumen de ventas: no importa cuánto facturas hoy, sino qué tan rápido puedes escalar. Mientras que en el CIDE PUCP la regla es aún más directa: sin ventas no hay forma de que ingrese a la incubadora. “El mercado ya no paga por promesas”, resume su director ejecutivo, Julio Vela, el más agnóstico de los cuatro entrevistados para este artículo.
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El nuevo tipo de startup: base tecnológica
Hay otro punto en el que los centros de innovación y emprendimiento de estas cuatro universidades —las que hoy concentran el mayor número de startups locales y extranjeras— coinciden: todos están priorizando prototipos con tecnología propietaria y ya no software genérico.
Se acabó la era del copy-paste. El nuevo estándar es desarrollar tecnología propia, generar propiedad intelectual y construir soluciones difíciles de replicar en cualquier parte del mundo.
En el Hub UDEP -que pronto creará su propio fondo de inversión-, el foco está en biotecnología, ingeniería aplicada y transferencia tecnológica. En la Universidad de Lima, los proyectos con mayor potencial se concentran en energía, sostenibilidad, salud y alimentos. De allí surgió PriceLAB, una startup que desarrolló una tecnología que recubre las frutas desde la planta para evitar la pérdida de humedad y que ya levantó una ronda de capital de US$ 1 millón en el Reino Unido. También está DokTok, un asistente virtual con inteligencia artificial para la gestión de citas médicas.
La UPC ha definido varias verticales, pero ha puesto especial énfasis en las edtech. En su portafolio figuran Rukots (Chile), Deep Skill (Perú) y Empujón Educativo (Argentina), la más prometedora. La universidad no descarta, incluso, invertir directamente en estas startups para potenciar su propio ecosistema educativo con nuevas soluciones. En el CIDE PUCP, en tanto, el desarrollo de patentes y la conexión entre investigadores y empresas empieza a ganar un rol cada vez más relevante.
“El foco está en quienes tienen un diferencial de tecnología propia, que hayan desarrollado algoritmos y un modelo de negocio sostenible que les permita escalar”, explica Julio Vela, director ejecutivo del CIDE PUCP. “Si solo van a copiar y traer modelos de afuera, eso está condenado al fracaso. Por eso hoy hacemos un trabajo de preincubación mucho más fuerte antes de pasarlos a aceleración”.
Universidades como puentes de fondos
La consecuencia más relevante de este nuevo ciclo es el rol que están asumiendo las universidades en el financiamiento temprano.
Ante la retirada de muchos fondos de venture capital, las incubadoras universitarias están volviendo a impulsar redes de inversionistas ángeles, vehículos de coinversión y, en algunos casos, fondos propios. La Universidad de Lima y la PUCP trabajan con comunidades de empresarios que invierten directamente en startups de sus programas. StartUPC apunta a estructura un mecanismo de inversión vinculado a su ecosistema.
La Hub UDEP, por su parte, ha puesto énfasis en el gobierno corporativo, la ética y la preparación financiera de los fundadores, con una lógica más cercana al private equity que al venture capital tradicional.
¿Solo la internacionalización?
Otro cambio estructural es geográfico. Las startups ya no se diseñan solo para el mercado peruano. Los programas de incubación incorporan cada vez más esquemas de soft landing, redes de contacto y convenios en México, Colombia, Chile y Brasil, además de vínculos con Europa y Estados Unidos.
No todas las universidades coinciden en que una startup deba nacer regional desde el primer día, pero todas están empujando a sus equipos a pensar más allá del mercado local.
“El filtro es más duro, pero más real”
En un ecosistema donde solo una pequeña fracción de los emprendimientos logra levantar rondas relevantes —algunos programas estiman que menos del 3% accede a capital externo—, los centros de innovación enfatizan en que no levantar inversión no equivale a fracasar.
Muchas startups sobreviven, crecen y se vuelven rentables sin millones de dólares de por medio. Los inversionistas, además, ya no buscan unicornios ni “camellos”, sino negocios sostenibles y con flujos reales.
En esa lógica, las universidades están afinando sus filtros, como lo hacen los fondos. Depuran rápido los proyectos débiles y concentran sus esfuerzos en exigir disciplina financiera, impulsar tecnología real y conectar a quienes sí pueden escalar con capital y mercados. Así que probablemente el próximo caso de éxito no saldrá de un pitch brillante, sino de un prototipo que ya vende, ya exporta y que, además, tiene tecnología protegida.

Coordinadora en la revista G de Gestión e integrante del podcast de economía y negocios 'Actualidad Latinoamericana'. Escribo sobre management, agricultura, tecnología y emprendimientos. Bachiller en Periodismo por la Universidad Antonio Ruiz de Montoya. Activa participante de los cursos del Centro Knight para el Periodismo en las Américas.








