"La próxima vez que tengas una botella de este calibre al frente, mírala con respeto, huélala con descaro, bébela con pasión y sonríe. Que la vida es demasiado corta para beber vino aburrido.". Escribe el sommelier José Bracamonte.
"La próxima vez que tengas una botella de este calibre al frente, mírala con respeto, huélala con descaro, bébela con pasión y sonríe. Que la vida es demasiado corta para beber vino aburrido.". Escribe el sommelier José Bracamonte.

Hay un momento exacto, casi sagrado, en el que el bullicio de un o el eco de una cava privada se apagan. Ocurre cuando el corcho abandona el cuello de la botella con un suspiro húmedo, ese pop que es, en realidad, el disparo de salida para un viaje sensorial. Escribir sobre vino en el Perú —donde el paladar se entrena con la complejidad de mil ecosistemas— nos exige una regla inquebrantable: a los no se les toma; se les interroga, se les seduce y, si tenemos suerte, se les comprende.

Pero, ¿cómo entrar en el club secreto de la alta estirpe vinícola sin morir en el intento o perecer de aburrimiento entre tecnicismos? Desmitifiquemos el asunto. Catar un vino de lujo no es un acto de esnobismo acartonado, sino un romance en tres actos donde la nariz, los ojos y la boca juegan a ser detectives privados.

Acto I: la seducción visual

El primer error del neófito es abalanzarse sobre la copa como náufrago al agua. Paciencia. El vino de alta gama es una obra de arte líquida y merece que lo mires a los ojos. Al inclinar la copa unos 45 grados sobre un fondo blanco (la pulcra mantelería de hilo de nuestras mejores mesas es perfecta), lo que buscamos no es solo un color bonito. Buscamos su biografía.

Los tonos violáceos y brillantes nos hablan de una juventud impetuosa, llena de energía y ganas de pelear con el mundo. Los matices granates, teja o sutilmente ambarinos delatan la madurez, el tiempo que pasó meditando en el silencio de una barrica de roble francés. Al mover la copa suavemente en círculos, verás aparecer las llamadas «lágrimas» o «piernas» que lloran por el cristal. No te pongas sentimental: si bajan despacio y con paso pesado, te están avisando que el vino tiene cuerpo, estructura y una graduación alcohólica generosa. Es el equivalente vinícola a ver caminar a una diva por la alfombra roja.

LIMA 15 DE SPETIEMBRE DE 2025 
Evento cata a ciegas y presentación de vinos medalleros del Expovino, y retratos de sommelier Opi Sadler, en San Isidro. Fotos:Joel Alonzo/GEC
LIMA 15 DE SPETIEMBRE DE 2025 Evento cata a ciegas y presentación de vinos medalleros del Expovino, y retratos de sommelier Opi Sadler, en San Isidro. Fotos:Joel Alonzo/GEC

Acto II: el festín de los aromas

Aquí es donde la poesía se desborda y el humor rescata la cordura. La primera olfacción se hace con la copa quieta. Es el saludo formal. Luego, agitamos el líquido para que el oxígeno despierte a los monstruos sagrados que habitan en el fondo.

En un gran vino, la nariz nunca es lineal. Es una cebolla de cristal con infinitas capas. Primero saltará la fruta: cerezas negras que parecen explotar, ciruelas pasas, higos maduros. Pero un vino de lujo no es un jugo de frutas; inmediatamente después aparece el escenario secundario y terciario. Notas de tabaco rubio, cuero viejo, chocolate amargo, pimienta negra recién molida e incluso ese olor a tierra mojada después de la tormenta que los románticos llaman geosmina y los mortales llamamos olor a felicidad. Si al olerlo cierras los ojos y te transportas a una biblioteca antigua con sillones de cuero y chimenea encendida, vas por buen camino. Si te huele a vinagre de manzana, llama al sommelier discretamente.


Acto III: el veredicto del paladar

En el momento en que el líquido entra en la boca, olvídate de los tragos tímidos. El vino debe pasearse por toda la lengua, saludar a las encías, besar el paladar. La alta gama se mide en tres parámetros: equilibrio, complejidad y longitud.

El equilibrio es esa danza perfecta donde el alcohol no quema, la acidez refresca (haciendo salivar las paredes de la boca) y los taninos —esos compuestos que aportan textura— se sienten como un terciopelo líquido, no como si estuvieras masticando un pedazo de madera seca. La complejidad es la capacidad del vino de cambiar de sabor a medida que avanza por tu boca. Y la longitud, o persistencia, es el tiempo que el recuerdo del vino se queda contigo después de haberlo tragado., dejándote una estela de café, vainilla y fruta negra que te obliga a sonreír.

El caso Rovi: cuando Mendoza y Salta se vuelven mística

Una vez dominado el arte de la paciencia en la copa, es momento de aplicar la teoría sobre un lienzo que está dando mucho que hablar en los círculos más exclusivos de Lima y Buenos Aires. Viajemos mentalmente a la Argentina, pero olvidémonos por un segundo del cliché del Malbec masivo, plano y predecible. Hablemos de Rovi.

Rovi no es solo una etiqueta en una botella; es un manifiesto de audacia geográfica. La genialidad de su concepción nació de una alianza de puristas: la visión sibarita de Concepto Placer, el proyecto liderado en Perú por Roberto Montenegro, unida a la audacia enológica de la prestigiosa bodega argentina Colosso Wines. Juntos se propusieron romper los moldes tradicionales de los vinos de terruño único para dar vida a un ambicioso e innovador “Corte de Regiones”.

La magia de Rovi radica precisamente en esta esquizofrenia geográfica controlada. El vino fusiona la elegancia mineral y la frescura de la altitud de Los Chacayes (en el Valle de Uco, Mendoza) con la insolencia salvaje, el sol extremo y el carácter especiado de Cafayate (en los Valles Calchaquíes de Salta). Para lograr esta alquimia de alta gama, el equipo seleccionó un sofisticado blend (vino de corte) de producción sumamente limitada: una base estructural de la finura del Malbec mendocino ensamblada con la potencia de uvas como el Cabernet Sauvignon o el Tannat del norte argentino.

Al descorchar Rovi, uno comprende inmediatamente el concepto de «alta gama con alma». Hay vinos que se hacen en un laboratorio siguiendo una receta para complacer a los críticos de puntajes fáciles; Rovi se nota que está hecho caminando el viñedo, escuchando el viento de la cordillera y discutiendo de madrugada sobre el punto exacto de madurez de la uva.

En la fase visual, este vino de corte se presenta con una capa profunda, un color rojo rubí tan denso e hipnótico que si te descuidas te lee la fortuna. Sus lágrimas son perezosas, aristocráticas, deslizándose por el cristal con la parsimonia de quien sabe que no tiene nada que demostrar.

Al acercar la nariz, Rovi es un torbellino poético. No pide permiso; irrumpe. En una primera capa descubrimos la fruta roja y negra del monte mendocino, pero rápidamente la influencia del norte salteño, una madera sumamente sofisticada y un manejo preciso del suelo revelan notas de grafito, regaliz y un sutil toque de pimiento y especias negras que evita que el vino sea un gigante pesado. Hay una tensión maravillosa en su aroma, como una cuerda de violín perfectamente afinada: es potente, pero extrañamente etéreo. Es el tipo de nariz que te hace retrasar el trago solo por el placer de seguir oliéndolo.

Y en la boca, la genialidad compartida por Montenegro y la bodega se hace carne. La entrada es opulenta, un golpe de autoridad que llena el paladar de texturas. Los taninos son una genialidad interpretativa: firmes, con la estructura necesaria para envejecer con gracia durante la próxima década en tu cava gracias al vigor norteño, pero pulidos con una precisión de cirujano. No hay aristas, no hay agresividad. La acidez está allí, vibrante, jugando a las escondidas con el dulzor frutal de la uva, logrando que un vino de semejante envergadura se sienta peligrosamente ágil en la boca. El final es un largo monólogo de especias dulces y humo que se niega a abandonar el escenario.

El veredicto de la sobremesa

Comprender la alta gama es, al fin y al cabo, entender que el vino es el único arte que se bebe. Proyectos como Rovi demuestran que Argentina sigue teniendo la capacidad de reinventarse más allá de sus propias fronteras combinando oasis tan distantes. Con la complicidad y la visión de figuras como Roberto Montenegro, este vino se posiciona no solo como un acompañante de lujo para nuestra gastronomía marina o de brasas en Lima, sino como un tema de conversación en sí mismo.

La próxima vez que tengas una botella de este calibre al frente, mírala con respeto, huélala con descaro, bébela con pasión y sonríe. Que la vida es demasiado corta para beber vino aburrido.

Carpe Vinum. “Aprovecha el vino”

SOBRE EL AUTOR

Sommelier apasionado e innovador, con más de 25 años de trayectoria en el mundo del vino y el pisco. Es autor del libro El vino en siete días y docente en Cenfotur. Desde 2016, es licenciatario de la Marca País Perú.

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