
El título de esta columna es una frase tomada de Baile Inolvidable, mi canción favorita de Bad Bunny y, probablemente, una de las más escuchadas del mundo. En 2025 superó los mil millones de reproducciones en Spotify. Y aunque podrías pensar que sigo inspirada —o con resaca creativa— tras su reciente concierto en Lima, te equivocas.
No estuve en “la casita”, pero estaré en mi propia casa, en primera fila, saboreando una de las estrategias más sólidas, brillantes e inspiradoras de los últimos tiempos: la elección de Bad Bunny para el show de medio tiempo del Super Bowl. ¿Comenzamos? Que empiece la música.
El Super Bowl siempre ha sido una pista de baile especial. No cualquiera entra, no cualquiera permanece y no cualquiera logra que todos miren. Por eso, cuando anunció a Bad Bunny como protagonista de su universo musical, no estábamos frente a una decisión artística. Estábamos ante una jugada de marketing cuidadosamente coreografiada.
Detrás de luces, los beats y la conversación global, hay estrategia. Y mucha.
El spot de lanzamiento lo deja claro desde el primer segundo: El mundo bailará. No es una invitación. Es una afirmación poderosa que funciona como insight y advertencia al mismo tiempo. El mundo va a bailar, te guste o no. Y ahí empieza la magia.
Si miramos esta decisión desde el marketing, el Super Bowl ejecuta una clase maestra usando las “4P” sin necesidad de nombrarlas.
Producto
El Super Bowl entendió que su producto ya no es solo un partido, ni siquiera el show de medio tiempo. Su verdadero producto es la relevancia cultural. Bad Bunny no es un “invitado latino”; es uno de los artistas más influyentes del planeta. Incorporarlo no cambia la esencia del evento, la actualiza. Le inyecta presente sin perder historia. Deja claro que ya no busca solo atraer al fan deportivo, sino a todo el mundo.
Precio
Toda estrategia poderosa tiene costo. Aquí, el precio fue la polémica, la incomodidad, el “esto ya no es para mí”. Pero el Super Bowl acepta pagarlo porque entiende algo clave: la irrelevancia siempre cuesta más. En marketing, tratar de gustarle a todos suele ser la manera más rápida de no importarle a nadie.
Plaza
El estadio es anecdótico. La verdadera plaza es global: redes sociales, streaming, medios, conversación en español, inglés y spanglish. Esta jugada convierte al Super Bowl en un evento que no se mira solo en Estados Unidos, sino que se vive en todo el mundo. No se trata de expandirse a Latinoamérica, sino de reconocer que Latinoamérica ya estaba ahí.
Promoción
Minimalismo estratégico. Un mensaje potente, una figura cultural enorme y luego soltar el control. El resto lo hace la conversación, el debate, el ruido orgánico. Cuando una idea es buena, no necesita ser empujada: se propaga sola. Y si, además, hasta el mismo presidente de Estados Unidos reacciones con su absoluto desagrado por el artista, como era predecible ¡bingo!: el efecto se multiplica.
Hay otro factor que explica por qué esta jugada funciona: impacto cultural real. No es solo audiencia, es representación. El mensaje El mundo bailará conecta porque reconoce una verdad incómoda para algunos y evidente para muchos: el ritmo latino ya no es invitado, es anfitrión.
Esta decisión une mercados, normaliza el español en el mayor escenario del entretenimiento y convierte identidad en valor de negocio. No desde el discurso, sino desde la acción.
Entonces aparece una verdad incómoda que muchas marcas prefiere evitar: la estrategia implica sacrificio. Elegir es renunciar. Elegir a Bad Bunny no elegir a otros. Es aceptar que habrá críticas, ruido y resistencia. Pero también implica tomar postura.
Algo que Apple sabe bien: las marcas memorables no intentan caerle bien a todos, intentan ser coherentes con lo que creen.
El Super Bowl no está bailando para agradar. Está bailando para hacer historia. Y cuando una marca está viva debe amar y arriesgar desde la estrategia todo lo que pueda.
Porque no todo baile es inolvidable. Pero cuando hay estrategia detrás, casi siempre lo es.










