
En el Perú, más de 8 de cada 10 empresas son familiares. Muchas nacieron del esfuerzo de una persona o pareja emprendedora que levantó el negocio con trabajo, visión y sacrificio. Sin embargo, el verdadero desafío no suele ser su crecimiento y expansión, sino lograr que perdure en el tiempo bajo la gestión de las siguientes generaciones.
La realidad es contundente: alrededor del 70% de las empresas familiares no supera la transición a la segunda generación; y, apenas un 10% sobrevive la tercera generación. En nuestro país, el 85% de estas empresas carece de un plan de sucesión, lo que incrementa el riesgo de conflictos familiares que pueden debilitarlas o incluso desaparecerlas.
Cuando el fundador fallece o se retira sin haber dejado reglas claras, surgen las siguientes preguntas – cuyas respuestas no son sencillas -: ¿quién toma las decisiones?, ¿todos los hijos pueden trabajar en el negocio?, ¿qué pasa si algunos hijos quieren vender y otros no? Si las respuestas a dichas preguntas no están definidas con anticipación, el conflicto familiar es inminente.
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Un caso emblemático es el de la familia Bacardí. Tras la muerte del fundador, años de litigio sucesorio pusieron en jaque a la empresa, demostrando que incluso los grandes imperios familiares tambalean sin una sucesión planificada. El conflicto enfrentó a herederos directos con familiares colaterales, y se prolongó durante años, afectando la estabilidad de la empresa. La disputa se resolvió con una reestructuración del control corporativo, pero dejó profundas huellas en las relaciones familiares.
Desde una perspectiva jurídica, el caso Bacardí demuestra los peligros de postergar la planificación sucesoria. La ausencia de testamentos claros, estatutos societarios precisos y protocolos familiares puede derivar en disputas que erosionan tanto los lazos familiares como la continuidad del negocio. La lección es clara: anticiparse, estableciendo reglas claras y contando con asesoría legal especializada es esencial para garantizar la continuidad empresarial y la armonía familiar.
Frente a dichos riesgos, cada vez más familias empresarias recurren al protocolo familiar. Lejos de ser un documento simbólico, es una herramienta práctica que permite en ordenar la relación entre la familia, la empresa y el patrimonio. El protocolo familiar contiene lineamientos de conducta de la familia respecto de los siguientes temas (i) políticas de contratación de miembros de la familia; (ii) contratación o no de la familia política; (iii) políticas de remuneración de los miembros de la familia; (iv) plan de sucesión de la gestión de la empresa a la siguiente generación; (v) creación de fondos a reservas para educación, salud y/o vivienda para los miembros de la familia; (vi) políticas de préstamos de la empresa a los accionistas; (vii) regulación de órganos de decisión familiar como son la asamblea familiar y el consejo de familia (viii) mecanismos de solución de conflictos, entre otros muchos temas que dicho documento puede regular según las necesidades y características de cada familia empresaria.
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Ahora bien, ¿qué pasa si alguien no respeta lo acordado? El protocolo es un contrato, y como tal, puede incumplirse. Por eso, además de poder exigir su cumplimiento mediante las acciones legales (arbitrales o judiciales, según sea el caso), respectivas, existen estructuras que garantizan su cumplimiento, como fideicomisos o trusts, que facilitan la implementación del plan de sucesión y alinear la conducta de la familia a lo pactado en el protocolo.
Además, en toda empresa con varios socios, el fallecimiento de uno de ellos puede generar efectos colaterales relevantes. La fragmentación de la propiedad de las acciones del socio fallecido entre sus herederos puede provocar cuando no hay consenso entre los herederos o si alguno decide vender sus acciones. En estos casos, la entrada de terceros ajenos a la familia puede alterar la dinámica de gobierno, generar conflictos con los socios sobrevivientes y poner en riesgo la visión de largo plazo del negocio.
Planificar a tiempo no es desconfiar de la familia. Tener un testamento, un protocolo familiar, y/o cualquier herramienta que contemple un plan de sucesión a la siguiente generación refleja responsabilidad empresarial y, muchas veces, es la mejor forma de cuidar tanto el patrimonio como las relaciones familiares. La sucesión no debe ser un tabú, sino una conversación abierta, estructurada y jurídicamente respaldada.
- Germán Carrera Rey, Socio Senior del Área de Private Clients de CPB Abogados
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