
Escribe: Joswilb Vega, Chief Investment Officer de Profuturo AFP
Estas elecciones se están configurando como una de las más aburridas, predecibles y sin sobresaltos de los últimos años. Todo luce light, no hay nada realmente nuevo: según las últimas encuestas se puede estimar quiénes serán los tres que competirán por llegar a segunda vuelta. Estamos a pocos días de terminar febrero y ni siquiera parece año electoral. Claro, de rato en rato aparecen algunas propagandas, entrevistas, anuncios en redes, pero nada más. Ni siquiera contamos esta vez con un outsider que altere el ritmo de nuestros días.
Las condiciones para que un outsider emerja suelen ser tres. Primero, una idea colectiva fuerte, que normalmente nace de una necesidad urgente de cambio en una o varias dimensiones de la sociedad –desde el retorno a la democracia hasta la ilusión de un “gobierno del pueblo” –.
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Segundo, una persona capaz de encarnar esa idea; puede ser alguien que ha trabajado años en ese propósito o simplemente alguien que pasaba por ahí y el azar terminó eligiendo, como ocurrió con Pedro Castillo. Finalmente, nada de esto despega sin presupuesto, y no precisamente poco. Bajo ese marco, hoy no se cumple ninguna de las tres condiciones para que surja un outsider en estas elecciones.
En los 80 la idea era clara: terminar con la dictadura. A finales de esa misma década, también era clara: había que derrotar al terrorismo y frenar la inflación. Una década después, volvimos al mismo punto: terminar con la dictadura (otra vez). Luego, el foco pasó a hacer crecer la economía y reducir la pobreza. Apenas alcanzamos un periodo de bonanza, la idea fuerte se convirtió en redistribuir y construir infraestructura, hasta que finalmente aspiramos a que, en un país rico, ya no existieran más pobres.
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Sin una idea colectiva fuerte, es difícil encontrar a alguien que la encarne. Una de las señales de que hoy no vemos propuestas simples y contundentes en los candidatos es que, como sociedad, ni siquiera coincidimos en cuáles son nuestros principales males. Pero, sobre todo, no tenemos claro qué tipo de país queremos. Está bien repetir y preguntarnos: ¿a dónde vamos con todo este desorden? Pero sería aún más sensato añadir: ¿a dónde vamos incluso sin este desorden? ¿Nos hemos detenido a pensar qué sería del Perú, aun erradicando los problemas evidentes?

Sin idea colectiva fuerte y sin protagonista que la represente, es difícil que aparezca el presupuesto. Y lo es aún más en un contexto donde ya no existe injerencia externa. El eje Cuba-Venezuela-Brasil-Bolivia- e incluso Argentina- está absorbido por sus propios problemas, y, en general, los outsiders han tendido a mantener buenas relaciones con esos países. Hoy, ese respaldo externo tampoco está disponible.
Estas elecciones serán las menos esperadas porque no hay nada nuevo en la oferta política, y tampoco en la demanda: el electorado está cansado y desilusionado. Han sido diez años desgastantes. Hemos tenido siete presidentes, innumerables cambios de ministros y congresistas y, aun así, el país ha seguido avanzando, al menos en lo económico. El peruano de a pie ha comprobado que, al final, importa poco quién es el presidente: después de siete distintos, igual tiene que salir a trabajar cada día, lidiar con la burocracia, la delincuencia, la corrupción, el tráfico y el desorden en general. Ninguna promesa le ha sido cumplida.
Otra razón del desencanto es que cualquier presidente que no tenga –y mantenga–mayoría en el Congreso terminará siendo su rehén. Estará en un callejón sin salida. Si intenta ponerse firme, lo tildarán de antidemocrático… si es que no lo destituyen antes.
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Pero si su intención es simplemente mantenerse en el poder, entonces tendrá que aprender a convivir a merced del Congreso. Esta dicotomía –un Ejecutivo sin Congreso– nos garantiza una década muy similar a la que acabamos de vivir.
En este contexto, el candidato que gane no será el que tenga el mejor plan de gobierno –que, como sabemos, sirve poco y es apenas, un check de campaña–. Tampoco será el que más conecte con la gente: no habrá balconazos, nadie llenará parques o plazas, y difícilmente algún candidato terminará siendo cargado en hombros. Los cierres de campaña ya no serán como antes; ni siquiera tendrán esos bailes pegajosos. Para darle algo de vida, seguramente necesitarán de algún reguetonero, un comediante o hasta una hora loca. Los tiempos de los discursos interminables frente a plazas repletas quedaron atrás.
El candidato que gane será, más bien, quien logre convencernos de lo esencial: que podrá sobrevivir cinco años sin perder autoridad ni identidad. Y, sobre todo, que nos dará estabilidad. La suficiente como para que nos dejen trabajar. No necesitamos más.







