
Por Paola del Carpio Ponce, coordibadira de Investigación de REDES. En próximos días, un nuevo Gobierno y Parlamento -ahora bicameral- tomarán las riendas del país, ojalá con menos inestabilidad que en la última década. Los retos por delante no son menores y muchos son, por cierto, urgentes: mitigar los estragos del inminente fenómeno de El Niño, enfrentar una inseguridad ciudadana que no da tregua y preservar las finanzas públicas cada vez más tensionadas. Sin embargo, me permito usar estas líneas para un llamado distinto: que lo urgente no se siga llevando de encuentro a lo importante.
Dejamos (ojalá) un periodo con nueve presidentes en 10 años y con un tiempo promedio de las gestiones ministeriales que ha caído en casi 70% frente al periodo 2011-2016, llegando a menos de 4 meses en promedio en el caso de carteras tan críticas como Interior. Esa rotación vertiginosa, junto con el claro deterioro de la gestión pública ha dificultado nuestro avance, en especial en aquellas reformas estructurales que, desde hace años, quedan postergadas una y otra vez. En ese contexto, nuestra baja productividad se ha vuelto un real cuello de botella para nuestro crecimiento.
El caso de la educación en nuestro país es ejemplo de esta postergación. Un reciente informe del Instituto de Evidencia Educativa estima que alrededor del 44% de los niños peruanos que hoy transitan la etapa de alfabetización inicial —los primeros grados de primaria— lo hacen en condiciones que ponen en riesgo la capacidad de aprender a leer: cerca de 831 mil niños. Y el problema no es solo nuestro: en seis países de la región son más de 10 millones de niños en la misma situación.
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Esto es crítico para la economía porque es en estos primeros años que se da una transición decisiva: se pasa de aprender a leer a leer para aprender. La lectura es esa base que permite la entrada de todo el conocimiento que viene después y su aplicación. El niño que no logra esa base arrastra el rezago por el resto de su trayectoria, y ese rezago no se queda en el aula. Reaparece años después en un mercado laboral que actualmente ya castiga a nuestros jóvenes con más informalidad, subempleo y desempleo que a cualquier otro grupo etario. Somos, además, un país que lee poco, que empieza a agotar con rapidez su bono demográfico y que, por todo ello, produce mucho menos de lo que podría.
Y aquí está el punto que no podemos perder de vista. Aunque han mejorado las expectativas de crecimiento y se percibe un mayor impulso de la inversión privada -buenas noticias que hay que reconocer-, aspirar a tasas de crecimiento altas y sostenidas es inviable con niveles de productividad tan bajos como los nuestros. Nuestro potencial no da ahora mismo. En un contexto en el que la productividad pasó de aportar poco al PBI potencial a restarlo, no hay atajos. Mejorar la productividad pasa, ineludiblemente, por priorizar la educación, la empleabilidad y las condiciones del mercado de trabajo, así como el ambiente alrededor de la actividad económica. Nada de esto exige reinventar la rueda ni, necesariamente, mucho más presupuesto: exige sobre todo voluntad política, constancia, y gestión pública, eso que tanto nos ha faltado. ¿Muy ambicioso? Lo es. Pero hay que empezar, recordando que hemos logrado cambios en el pasado cuando hemos priorizado y articulado adecuadamente.
En las últimas décadas, logramos consolidar la estabilidad macroeconómica (aunque quedó pendiente mejorar sustancialmente la recaudación), ampliar notablemente la cobertura de servicios básicos (aunque la calidad quedó en debe) y sacamos a más de 9 millones de peruanos de la pobreza (aunque se mantuvo elevada la vulnerabilidad). Estos pasos, quizás, no fueron suficientes para revertir permanentemente nuestros problemas, pero tampoco fueron milagro ni casualidad. Fueron resultado de decisiones, acuerdos y trabajo en una misma dirección. Sin embargo, la historia reciente nos enseña también que muchos de los cambios se quedaron incompletos, fueron demasiado lentos o incluso revertidos. Y es que ninguna reforma ocurre sin ruido, sin ganadores ni perdedores. Junto con la distracción de lo urgente, hay siempre actores dispuestos a diluir avances. La pandemia nos enseñó, también, que dejar cambios a medias puede dejarnos en una posición muy frágil. Los avances no pueden darse por sentado.
Al nuevo Gobierno le espera más que una prueba de cómo apagar los grandes incendios que sabemos que van a venir: tocará ver si es realmente capaz de proteger algo que quizás no rinda réditos en un quinquenio pero que define el futuro para una generación entera. Dejar de ser rehenes de lo urgente empieza por poner a nuestros niños primero y comenzar a tratar lo importante con la urgencia que, para quienes menos pueden esperar, siempre tuvo.






