
Carlo León, gerente de Renta Fija en Prima AFP. Imagina un mercado de abastos donde un grupo grande de compradores llega cada mañana a comprar limones, pero cada vez son menos los puestos que los venden. No importa qué tan exigente seas: si hay cincuenta compradores por cada vendedor, terminas pagando más de lo que el limón realmente vale. Esa es, cada vez con menos exageración, la fotografía del mercado local de deuda corporativa.
Según el último Reporte de Estabilidad Financiera del BCR, publicado en mayo, las empresas privadas emitieron este año 44% menos deuda que el año anterior. Menos compañías recurren al mercado para financiarse, mientras los grandes inversionistas institucionales que administran el ahorro de millones de peruanos siguen necesitando dónde colocar sus recursos. El resultado: cada vez más capital compitiendo por menos emisiones.
Y no solo hay menos emisiones. También hay menos variedad. Más del 77% de la deuda colocada este año provino de entidades financieras. Es decir, el mercado no solo se ha encogido, sino que se ha vuelto más dependiente de un mismo tipo de emisor.
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Cuando mucha demanda persigue pocos activos, el precio termina ajustándose. En este caso, ese ajuste se observa en las tasas de interés. Las emisiones recientes de corto plazo pagan apenas entre 30 y 50 puntos básicos sobre los certificados de depósito del BCR, spreads que hace unos años habrían sido excepcionales y que hoy se están volviendo la norma.
Sería un error atribuir este fenómeno únicamente a la solidez de las empresas peruanas. Parte de la explicación está ahí, sin duda. Pero también influye una dinámica sencilla: la oferta de activos viene creciendo menos que la demanda por ellos.
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Detrás de esta tendencia hay una pregunta más importante: ¿qué hacemos con el ahorro de una economía cuando los activos disponibles dejan de crecer al mismo ritmo? El mercado de capitales existe precisamente para conectar el ahorro de hoy con la inversión de mañana. Sin embargo, cuando el universo de activos se estrecha, esa conexión empieza a perder eficacia. El sistema sigue acumulando recursos, pero encuentra cada vez menos destinos distintos para canalizarlos. Esto no solo afecta a los inversionistas institucionales, sino también a los millones de afiliados al sistema privado de pensiones, cuyos ahorros dependen de que existan suficientes oportunidades de inversión para generar mayores retornos en el largo plazo. El problema no es la falta de capital. Es la falta de oportunidades suficientemente amplias y diversas para absorberlo y, en parte, la falta de vehículos e incentivos regulatorios que permitan a los inversionistas institucionales llegar a ellas.
Por eso la discusión debería centrarse en cómo ampliar el conjunto de activos disponibles para financiar el crecimiento del país. Deuda privada, infraestructura, financiamiento de proyectos o estructuras respaldadas por flujos estables no son alternativas exóticas; son mecanismos habituales en economías con mercados de capitales más desarrollados. Nuestro siguiente desafío es construir más canales para transformar ese ahorro en inversión productiva. Porque un mercado financiero no demuestra su fortaleza cuando tiene mucho dinero buscando oportunidades, sino cuando es capaz de generar suficientes oportunidades para ese dinero. Ese es el verdadero cuello de botella que empieza a enfrentar nuestro mercado de capitales.







