
Carlo León, Gerente de Renta Fija en Prima AFP
Nuestro tipo de cambio lleva semanas comportándose como si nada pasara en el mundo. Empieza la mañana, el dólar cotiza, se mueve poco y cierra casi en el mismo nivel, dentro de un rango muy estrecho alrededor de S/ 3.35. En un mundo donde las monedas de la región reaccionan con fuerza a los precios de los metales, a la política monetaria global y a la geopolítica, esta estabilidad destaca.
Pero con los dólares que están entrando al país, el sol debería estar más fuerte -probablemente por debajo de 3.30 si se lo compara con otras monedas de la región y se ajusta por términos de intercambio-. Que no lo esté no es casualidad. Es una decisión.
Los dólares abundan. Llegan de exportadores, de empresas que pagan impuestos, de fondos de pensiones y de inversionistas extranjeros. Si el mercado funcionara solo por oferta y demanda, el exceso habría hecho caer el precio del dólar con más fuerza. No ha pasado. No porque falten dólares, sino porque alguien los está comprando.
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Ese alguien es el Banco Central. Compra dólares en el mercado spot, usa instrumentos financieros y maneja la liquidez para evitar que el tipo de cambio baje demasiado rápido. Solo en lo que va del año ha adquirido, por distintos mecanismos, alrededor de 8 mil millones de dólares. La señal es clara: el dólar puede moverse, pero sin sobresaltos.
La explicación habitual es técnica: mantener la estabilidad financiera, anclar expectativas y evitar movimientos bruscos que generen nerviosismo. Es razonable. Pero también significa que el precio que vemos no es solo el resultado del mercado, sino de una decisión para dosificar esas presiones en el tiempo.
La experiencia peruana ayuda a entender por qué. Los mayores saltos del dólar no vinieron del exterior, sino de la incertidumbre política interna. Hoy ese riesgo no domina, pero tampoco ha desaparecido. Se acerca abril y el escenario electoral sigue muy fragmentado. En ese contexto, mantener al dólar bajo control puede ser una forma de prevenir turbulencias más adelante.
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Pero esa estrategia tiene costos. Mantener el dólar artificialmente elevado encarece importaciones, presiona precios internos y afecta a quienes tienen deudas en esa moneda. También implica un subsidio implícito a los exportadores -justo cuando los precios de los metales ya están altos y sus ingresos vienen siendo favorables- y distorsiona la señal que el tipo de cambio envía al resto de la economía.

La pregunta, entonces, no es si el Banco Central puede sostener este nivel del dólar, sino qué es lo que está viendo para intervenir con tanta determinación. Si los flujos son abundantes y el mercado apunta a una mayor apreciación, insistir en contenerla sugiere que la autoridad monetaria percibe riesgos que no todos ven. La experiencia muestra que este suele intervenir con criterios técnicos sólidos y con una lectura del riesgo que el mercado, muchas veces, termina entendiendo solo con el paso del tiempo. En ese sentido, la calma del dólar no es simple tranquilidad ni arbitrariedad, sino el reflejo de una decisión basada en riesgos que todavía no son evidentes para todos.








