
Ya sea para encarar retos profesionales, administrar nuestros vínculos afectivos o para elegir algo que queremos comprar, los consejos (y los consejeros) cumplen un rol fundamental en el proceso racional de tomar decisiones. No solo nos abren los ojos a opciones que podemos haber pasado por alto y a mitigar riesgos que podemos haber ignorado, sino que también tienen la capacidad de desacelerarnos cuando nos presiona el impulso y de poner a la vista sesgos que, de otra manera, no habríamos sido capaces de notar por nuestra cuenta. No reemplazan nuestra capacidad de informarnos y de deliberar individualmente sobre los caminos que podemos tomar, pero sí contribuyen a poner todo en contexto. Y el efecto positivo se multiplica cuando vienen de expertos en las materias sobre las que estamos consultando.
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Esto aplica, por supuesto, al mundo de las finanzas. Donde el peso de la buena asesoría no solo es relevante por la medida en la que las decisiones que tomamos tienen un impacto significativo en nuestras vidas –con el peso psicológico que esto supone–, sino también porque se trata de un sector con un léxico y una complejidad técnica que no siempre son fáciles de navegar. Y el efecto de tener buenos consejeros en este terreno no solo significa ventajas para los individuos: el valor compuesto que generan estos actores en todos los segmentos tiene un impacto positivo a nivel macro y en el bienestar del país.

¿Pero cuál es, exactamente, el aporte de un asesor? En el campo de las inversiones, contar con una perspectiva serena y estratégica, capaz de mantener una distancia emocional sobre aquello que se ayuda a administrar, es sumamente importante. Es una manera, por ejemplo, de mitigar algunos sesgos, bien documentados por la literatura financiera, en los que podríamos caer. Es el caso del home bias, la tendencia a concentrar inversiones locales o en activos “conocidos”; del FOMO, la ansiedad de “quedarse fuera” de una oportunidad que puede empujarnos a entrar tarde y a peor precio solo porque otros ya están ganando; o, en general, de los ciclos de pánico colectivo, en los que se fuerzan decisiones apresuradas y muchas veces se termina incurriendo en pérdidas severas por mover mal nuestras fichas.
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En estos escenarios, quien aconseja asume la responsabilidad de ver más allá del ruido y de apostar por el largo plazo, antes de saltar en el corto. Su papel es reducir sesgos, contribuir a decisiones menos impulsivas y construir carteras con un perfil de riesgo más estable. Su rol, en fin, no va por el lado de anticipar al mercado ni de recomendar dependencia excesiva en tendencias que pueden ser pasajeras, sino por proponer una estructura disciplinada y consistente donde haya un balance entre aprovechar las oportunidades que puedan surgir y proteger el patrimonio.
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Pero el efecto del buen acompañamiento financiero, en general, también tiene un impacto positivo a nivel macro. En fin, si puede ayudar a reducir la volatilidad y a sumarles estructura a los planes de los individuos, el acceso extendido a este tipo de recursos amplifica los alcances de estos beneficios a la economía en su conjunto. Y en este punto no solo nos referimos a la guía de asesores especializados en clientes afluentes o millonarios, sino también a la que pueden ofrecer cotidianamente todo tipo de instituciones en el sector.
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Pensemos, por ejemplo, en el comportamiento de manada, tan frecuente en momentos de incertidumbre y que muchas veces termina amplificando la volatilidad del sistema financiero. Un estudio realizado en Japón, por la Hiroshima University, muestra que las personas con mayor alfabetización financiera son significativamente menos propensas a vender en pánico cuando los mercados caen, pues tienen herramientas para poner las circunstancias en perspectiva y evitar reaccionar de manera impulsiva. Este comportamiento, extendido a más personas, podría contribuir a mitigar el impacto de este tipo de eventos. En esa misma línea, datos de la OCDE muestran que la vulnerabilidad cae de forma clara cuando mejora el acceso a conocimiento financiero: la proporción de personas que solo podría cubrir gastos por un mes o menos ante la pérdida de ingresos baja de 37% a 27% cuando el nivel de alfabetización es alto.
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Así las cosas, es evidente que el rol de los asesores –y, en esa línea, del acceso a información financiera– es clave para los individuos y la economía. Por ello, la expansión de este tipo de servicios y la atracción de los mejores profesionales por las empresas del sector, también lo es. Pero esto no debe alejar la mirada de las personas, que son finalmente las que deben animarse a buscar información y a los mejores consejeros para tomar las mejores decisiones.
Galantino Gallo es CEO de Credicorp Capital.







