
La reacción de los mercados al alto el fuego entre Estados Unidos e Irán fue inmediata: el petróleo cayó por debajo de los US$ 95 por barril, las bolsas globales repuntaron y el dólar cedió terreno. El mensaje parecía claro: el peor escenario, es decir, un conflicto prolongado con cierre del estrecho de Ormuz, había sido evitado. Sin embargo, esa lectura optimista duró poco.
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En cuestión de horas, la realidad geopolítica empezó a asentarse. Israel intensificó sus ataques en Líbano, Irán volvió a restringir el tránsito por Ormuz y las diferencias sobre el alcance del acuerdo quedaron expuestas. No era una desescalada plena, sino una pausa operativa en un complejo conflicto no resuelto.
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Este contraste no es menor. Según un reporte de UBS, el alto el fuego reduce la probabilidad de un shock extremo, como un bloqueo prolongado del flujo energético, pero no implica una normalización rápida. Por el contrario, la entidad advierte que los precios del petróleo difícilmente regresarán en el corto plazo a niveles previos al conflicto y que la normalización del tránsito por Ormuz será gradual e incierta. En ese contexto, el mercado entra en un régimen de alta sensibilidad a eventos, donde un solo incidente puede revertir rápidamente el alivio.
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Fitch Ratings, por su parte, traslada este escenario al plano económico. El principal canal de transmisión hacia América Latina será el precio del petróleo y sus efectos sobre la inflación, las tasas de interés y el financiamiento. En un escenario adverso –con Ormuz restringido en mayo–, el crudo podría promediar los US$100 este año. No se trata de un shock uniforme: el impacto será sectorial y heterogéneo. Perú, según Fitch, cuenta con algunos factores mitigantes, pero no es inmune.
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Ahí está el punto clave. El Perú no enfrenta necesariamente un choque abrupto como el del 2022, pero sí un entorno externo más volátil, donde los precios de la energía pueden mantenerse elevados y sujetos a bruscos cambios. Dado que el país importa más de la mitad de los combustibles que consume, cualquier disrupción en el mercado petrolero se traslada con rapidez a la inflación, afecta el poder adquisitivo y condiciona las decisiones de política monetaria.
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En ese contexto, la reciente caída del petróleo no debe interpretarse como un nuevo equilibrio. El conflicto sigue abierto, sus causas estructurales permanecen sin resolver y los mercados, por ahora, oscilan entre episodios de alivio y renovados temores.
El riesgo para el Perú, por tanto, no es un shock puntual, sino la posibilidad de convivir durante varios meses con un entorno internacional más incierto y costoso. Un escenario que, de persistir, podría no solo afectar el desempeño económico en el corto plazo, sino también convertirse en una restricción heredada para el próximo Gobierno.







