
En el Perú, cambiar de gobierno suele equivaler a apretar el botón de “reinicio”: nuevos planes, nuevas promesas y los mismos problemas de siempre. En pleno ciclo electoral, la tentación de empezar desde cero es evidente, como si la educación o la salud pudieran ponerse en pausa sin consecuencias. El resultado es un país que nunca consolida lo esencial. ¿Cuándo decidiremos, al menos, ponernos de acuerdo en metas básicas que no dependan del calendario político?
Las cifras no admiten maquillaje. El problema no es la falta de diagnósticos, sino la incapacidad de sostener decisiones en el tiempo.
En educación, la situación es grave. El Perú obtuvo 391 puntos en matemáticas en la última prueba PISA (frente a 472 del promedio OCDE) y 408 en lectura (vs. 476). Solo el 34% de los estudiantes alcanza el nivel básico en matemáticas, frente al 69% en los países OCDE. En la práctica, más de dos tercios de nuestros adolescentes empiezan la vida adulta en desventaja.
En salud, los problemas se arrastran desde la primera infancia. El 35.3% de los niños de entre 6 y 35 meses sufre anemia, lo que afecta su desarrollo cognitivo y sus oportunidades futuras.
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A ello se suma una infraestructura que no acompaña ningún discurso de progreso: el 51% de los locales educativos públicos requiere reemplazo total y uno de cada cuatro centros de salud carece de medicamentos esenciales.
¿Cómo aspirar a una sociedad productiva e innovadora si fallamos en lo más básico?
Alguna vez escuché decir que “los niños no son votantes”. Esa frase resume nuestra miopía. Hoy no votan, pero en cinco o diez años serán quienes sostengan —o no— el país. Las decisiones que tomemos ahora marcarán ese futuro.
¿Queremos un Perú que aproveche la tecnología, que exporte más y mejor, que tenga servicios públicos eficientes y ciudadanos con alta calidad humana?
La respuesta no está en un nuevo eslogan ni en planes que se archivan con cada cambio de gobierno.
La respuesta está —y siempre ha estado— en la sociedad que decidamos construir desde hoy, empezando por la educación y la salud de nuestros niños.
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Incluso desde una lógica económica, cerrar el déficit de infraestructura educativa no es un gasto, sino una inversión con retorno: más colegios, más empleo y mejores oportunidades para jóvenes hoy expuestos a la informalidad y la delincuencia.
Las alternativas existen.
Los diagnósticos sobran.
Lo que sigue faltando es decisión política, continuidad y la voluntad real de anteponer el futuro del país a la próxima campaña electoral.

Director periodísto (e) | Editor central, Ing. Economista de la UNI, diplomado en comunicación en la UDEP y estudios en Centrum. Más de 20 años de experiencia profesional en periodismo económico y comunicación, en negocios, finanzas y economía.








