
Las noticias económicas desde Venezuela llegan a una velocidad vertiginosa. Tras más de dos décadas, el Fondo Monetario Internacional va a retomar el diálogo formal con el país. El gobierno de la presidenta interina Delcy Rodríguez firmó acuerdos con Chevron Corp. y la española Repsol SA para expandir operaciones petroleras y ya promulgó una nueva ley minera para atraer inversión extranjera.
La Casa Blanca flexibilizó sanciones económicas y permitió a las instituciones financieras operar con el banco central de Venezuela. También, designó a un nuevo diplomático de alto nivel, una señal de mejora de las relaciones bilaterales. Todo en una sola semana.
Son movimientos alentadores para la estrategia de Washington tras remover a Nicolás Maduro del poder. El plan de tres fases delineado por el secretario de Estado Marco Rubio en enero —estabilización, recuperación y transición—, estaría firmemente en la segunda etapa. Delegaciones de empresarios visitan Caracas en busca de oportunidades.
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El siguiente paso podría la privatización de activos clave. El alza en los precios del petróleo, por la guerra en Medio Oriente, es un respaldo significativo justo cuando la producción local se recupera, aunque persisten limites estructurales. Los bonos venezolanos han repuntado ante las expectativas de normalización financiera.
El enfoque de la administración Trump ha sido asegurar ventajas comerciales en lugar de exigir concesiones políticas significativas mientras aún tiene influencia. Esto podría convertirse en un gran error. La tercera fase de este proceso —la transición política— se acerca y debe ser abordada. Las ambiguas señales del régimen y el desgano de Washington para impulsar una salida democrática hacen que el éxito esté lejos de estar garantizado.
El régimen promete dejar de tratar a la oposición como un enemigo, pero ha tomado medidas en sentido contrario. Un ejemplo es el regreso del general Vladimir Padrino al gabinete de Rodríguez. La alianza del chavismo con las fuerzas armadas y el aparato represivo sigue intacta. Según Foro Penal, Venezuela aún tiene más de 470 presos políticos. Esto demuestra que incluso la presión de EE.UU. no contiene completamente los impulsos autoritarios del gobierno.
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Por eso, la líder opositora María Corina Machado debe volver a Venezuela lo antes posible. La ganadora del Premio Nobel de la Paz ha estado fuera del país desde diciembre. El fin de semana, Machado dijo a Reuters que espera regresar antes de fin de año, pero ese plazo parece más un gesto diplomático a Trump más que un plan concreto.
El presidente de EE.UU. parece satisfecho con la diligencia con la que Rodríguez atiende los intereses estadounidenses y cauteloso ante la posibilidad de que el regreso de Machado altere este frágil acuerdo de reparto de poder.
Sin embargo, Machado no puede esperar. Si pretende movilizar a los venezolanos y presionar al gobierno hacia elecciones libres y justas, debe regresar lo antes posible, aunque esto signifique incomodar a Washington. Su gira europea culminó el sábado en una masiva manifestación en Madrid. Y su negativa a reunirse con el presidente del gobierno español, Pedro Sánchez —a quien gran parte de la diáspora venezolana mira con desconfianza— sugiere que ya está en modo campaña.

Mientras EE.UU. pide paciencia y se concentra en la recuperación, Rodríguez consolida el poder internamente e ignora cualquier restauración institucional significativa. Precisamente por eso Machado necesita regresar. Debe exponer la poca tolerancia de su rival a la disidencia, liderar una vía creíble hacia reformas y construir alianzas políticas para ampliar su coalición. Así podrá emerger como una alternativa de gobierno viable frente al chavismo.
“Cada día que María Corina no está en Venezuela es un día que gana el régimen”, me dijo Tom Shannon, diplomático de carrera de EE.UU. con más de 40 años de experiencia, incluido su paso por Caracas. “Es la única política con alcance nacional y tenerla fuera del país es un crimen”.
Shannon sostiene que el despliegue de recursos militares de EE.UU. al Medio Oriente elimina una amenaza creíble sobre el régimen. Esto le da incentivos para ofrecer a Washington lo justo para mantener satisfecho a Trump, mientras refuerza el control interno y depura el círculo cercano de Maduro.
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El cambio de imagen proestadounidense del chavismo en 2026 no es una conversión repentina al capitalismo o una adopción tardía del “imperialismo”. Es una pausa táctica, una forma cínica de ganar tiempo, con la esperanza de que cambios políticos en Washington le permitan sostenerse sin ceder el poder. Ese siempre ha sido el objetivo del movimiento, ahora bajo Delcy y su hermano Jorge, y una de las principales razones por las que Venezuela llegó a este punto crítico.
Si Trump cree que el éxito económico por sí solo resolverá el conflicto político del país, debe reconsiderarlo. A menos que EE.UU. encare la tercera fase con convicción y firmeza, la recuperación será limitada. Para lograr una transición real, se necesita presión sostenida sobre Venezuela para cumplir con una hoja de ruta electoral creíble. Para esto se requiere una autoridad electoral independiente, levantar todas las inhabilitaciones a candidatos y partidos, y los votos de la diáspora.
A estas alturas, debería ser evidente que, tras una recuperación institucional que tomará tiempo, la única solución duradera comienza con una elección legítima, incluso con un candidato del chavismo —la misma Rodríguez, si así lo decide. No se debe apresurar una elección —ya no se cumplirá el plazo establecido por la Constitución venezolana—, pero tampoco puede posponerse indefinidamente. Además, la supervisión cercana de Washington y otros actores internacionales será esencial. Debe garantizar que la parte perdedora conserve influencia, en lugar de ser políticamente aniquilada, como ocurrió en votaciones anteriores.
El embajador Shannon señala la transición de Sudáfrica desde el régimen del apartheid hacia Nelson Mandela en 1994 como un modelo. Esto requerirá un gobierno de EE.UU. enfocado en construir la arquitectura política necesaria para hacer posible esa elección mediante la diplomacia y la participación electoral. “Los venezolanos de a pie no tuvieron voz en absoluto en este proceso”, recuerda.
Algunos empresarios pueden considerar inconveniente el regreso de Machado. Si el panorama económico está mejorando ¿por qué arriesgar la estabilidad por una apuesta lejana, como la democracia? La respuesta es clara: más allá de cualquier ganancia de corto plazo, un país sin instituciones funcionales, sin Estado de derecho y sin una gobernanza efectiva no llegará lejos. Venezuela necesita democracia para lograr progreso económico; intentar lo contrario no es viable.
- Escrito por Juan Pablo Spinetto, columnista de Bloomberg Opinion que se ocupa de temas empresariales, económicos y políticos de América Latina. Anteriormente fue editor jefe de economía y asuntos gubernamentales de Bloomberg News en la región.








