
Probablemente así se sienten hoy muchos venezolanos, ahora que la euforia tras la captura de Nicolás Maduro da paso a la realidad: el chavismo sigue controlando el país, al menos por ahora. Incluso bajo la tutela de la Casa Blanca, el ascenso de Delcy Rodríguez —una de las principales artífices del sistema represivo venezolano— a la presidencia interina es un trago difícil de digerir.
La intervención estadounidense del fin de semana desencadenó una larga lista de incógnitas. Pero la pregunta más importante para Washington y la región es sencilla: ¿cómo sería realmente el éxito en esta nueva fase? Con Maduro, las posibilidades de una mejora significativa eran nulas.
Hoy en día, la incertidumbre abunda, pero por primera vez en años Venezuela podría estar en una trayectoria distinta. Los altos mandos del chavismo saben que son vulnerables a los impulsos intervencionistas del presidente Donald Trump, incluidas la fuerza bruta y las acusaciones.

Eso hace que sea esencial tener claridad de objetivos. Sin una idea de lo que esta estrategia pretende lograr, será imposible juzgar si esta apuesta histórica está corrigiendo el rumbo o simplemente reorganizando el poder.
Hasta ahora, la administración Trump ha sido vaga sobre su objetivo final, más allá de breves declaraciones del secretario de Estado, Marco Rubio, el miércoles, sobre la búsqueda de un “proceso de reconciliación” y la “reconstrucción de la sociedad civil” en Venezuela. Pero no nos equivoquemos: el surgimiento de libertades políticas a corto plazo debería ser la medida incuestionable del éxito de la acción de Estados Unidos en Venezuela.
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Utilizar a Rodríguez como figura estabilizadora para evitar el caos no puede convertirse en una excusa para preservar el statu quo. Si se quiere tomar en serio el enfoque de la Casa Blanca, las próximas semanas deberían traer mejoras visibles en las prácticas más represivas del régimen. Eso significa un alivio tangible de la opresión cívica, comenzando con la liberación de los cientos de presos políticos y otras personas detenidas arbitrariamente, incluidos los extranjeros utilizados durante mucho tiempo como moneda de cambio.

Hasta ahora, las señales no son alentadoras. Los infames colectivos y los oficiales de contrainteligencia militar volvieron a aterrorizar las calles de Caracas y a detener a periodistas justo después de la caída de Maduro, reprimiendo cualquier muestra de disidencia.
A menos que comiencen a surgir libertades políticas y se protejan los derechos individuales, incluido el levantamiento de las inhabilitaciones políticas y el regreso de los líderes exiliados, será difícil evitar una conclusión: es posible que Washington esté más comprometido con una cínica apropiación del petróleo como parte de sus grandes juegos geopolíticos que con la ingeniería de una verdadera transición democrática.
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En términos más generales, la destitución de Maduro rompió el frágil equilibrio entre facciones que funcionan más como sindicatos del crimen organizado que como actores políticos. Rodríguez ocupa ahora una posición insostenible: intentar restablecer ese equilibrio dentro de un movimiento revolucionario que se siente traicionado y, al mismo tiempo, recibir órdenes de Washington, que ejerce una influencia considerable sobre ella tras los informes, justos o no, de que facilitó la entrega de Maduro. Esta dinámica podría detonar fácilmente luchas internas existenciales dentro del chavismo, en particular con la facción que controla el aparato represivo, liderada por Diosdado Cabello, a quien, según se informa, EE.UU. ya ha incluido en una lista de objetivos.

Las divisiones internas u otra intervención violenta de EE.UU. podrían intensificar la lucha por el poder y abrir una ventana para una salida electoral, idealmente en el plazo de un año, supeditada a una rápida reforma de las instituciones electorales para garantizar una votación creíble.
Puede que no sea el acuerdo más institucional, pero podría finalmente superar uno de los mayores obstáculos para la transición política en Venezuela: que el chavismo acepte la necesidad de ceder el poder, probablemente a cambio de una amnistía y de conservar cierta representación política, un compromiso al que la oposición se ha resistido durante mucho tiempo. Romper el control del chavismo sobre el ejército facilitaría esta eventual transición.
Por supuesto, Trump puede tener otros criterios de éxito, como la eliminación de agentes de potencias extranjeras y de grupos guerrilleros, así como su objetivo declarado de reconstruir la abandonada industria petrolera de Venezuela con la ayuda de empresas estadounidenses. Pero estos objetivos, por importantes que sean, deben considerarse secundarios frente al objetivo central: conducir a Venezuela hacia un orden político más libre y justo. Sin eso, EE.UU. carecerá de autoridad moral para proclamar esta operación como un triunfo.

Si ha llegado hasta aquí, querido lector, probablemente esté pensando que se necesita que pasen demasiadas cosas bien para que Venezuela pueda finalmente escapar de su pesadilla chavista. Y tiene razón. Esta estrategia sin precedentes en Sudamérica podría fracasar en múltiples frentes.
Mucho dependerá de la capacidad de Rodríguez para gestionar a todas estas partes interesadas en conflicto. No habría que confundirla con una moderada: es cómplice de los abusos del chavismo y se siente cómoda con su crueldad.
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El movimiento no renunciará al poder a menos que se vea obligado a hacerlo a punta de pistola, como parece haber entendido Trump, lo que hace que este momento sea profundamente inestable. Aun así, la nueva líder es más refinada y tecnocrática que Maduro y goza de credibilidad en la industria petrolera, lo que quizá explique por qué la administración Trump apostó por esta entusiasta del ping-pong, formada en Europa, en un momento tan crucial.
Cuando la conocí en Caracas en 2021, me pareció distante y controlada. Una monumental obra cinética del maestro venezolano Carlos Cruz-Diez dominaba su oficina, símbolo de gusto refinado y poder silencioso. Era imposible no contrastar esa opulencia con la vida miserable de los venezolanos de a pie fuera de allí. La imponente estética del arte ofrecía un recordatorio elocuente: con el chavismo, nada es lo que parece.
Por Juan Pablo Spinetto








