
Uno de los temas que generó más controversia desde el discurso presidencial del 28 de julio y también a raíz de la filtración del borrador del proyecto de ley para la solicitud de facultades legislativas fue el laboral. A partir de allí, surgieron las versiones y los reclamos de la oposición por posibles estímulos para que renunciaran los trabajadores del Estado, despidos masivos, fusión de ministerios y hasta por una supuesta reducción de beneficios laborales.
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Aparentemente, y según las reacciones de la misma presidenta y algunos de sus ministros, el Gobierno retrocedió en lo que muchos llamaron un proyecto de reforma laboral que, según los rumores, incluía la eliminación de varios feriados y el “adelgazamiento” del Estado.

No sabemos si finalmente esa famosa reforma laboral o las acciones de las que se habla serán incluidas en la todavía misteriosa solicitud de facultades legislativas o no, pero nos ha surgido una pregunta que nos parece válida: ¿se requiere toda una reforma laboral para empezar a poner orden en la burocracia estatal?
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Varios de los nuevos ministros y algunas otras autoridades recientemente nombradas han señalado públicamente que varios despachos u oficinas tienen casi una veintena de asesores cuando solo se necesitan tres.
En otros casos hemos sabido de situaciones en las que se ha contratado personal en ministerios y hasta en el Congreso de la República (al que habría que incluir, preferentemente y con urgencia, en cualquier reforma laboral o en cualquier “adelgazamiento” o racionalización) que no cumple las funciones para las que se supone que fue contratado ni asiste al lugar en el que debería laborar, sino que se le destina a desarrollar labores en oficinas o centros privados y hasta en locales de los partidos políticos.
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Hay también muchísimos casos de trabajadores que, en realidad, no cumplen con los requisitos que las normas exigen para los puestos que están cubriendo en varias dependencias, y son las mismas autoridades o funcionarios a cargo de esas dependencias quienes les sacan la vuelta a las normas para beneficiar a sus amigos, parientes o correligionarios.
Se sabe también de infinidad de casos en los que se ha falsificado o se ha adulterado documentación (títulos profesionales, certificados o constancias de trabajo, etc.) a fin de “cumplir” con los requisitos que se exigían para acceder a un puesto público.
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De la misma manera, es conocido que, en muchos casos y en muchas instituciones del Estado, se contrata personal, bajo distintas modalidades, que no va a trabajar y que cobra regularmente su sueldo, el mismo que luego se reparte entre las personas que contratan y los que simulan ser empleados públicos.
Asimismo, existen casos en los que personas que necesitan un seguro médico “robusto” que cubra costosos tratamientos para ellos o para sus familiares, o algún otro beneficio o privilegio, “negocian” con funcionarios inescrupulosos de algunas entidades públicas que gozan de esas jugosas y exclusivas gollerías, para ser contratados y hacerse beneficiarios de esos seguros y/o beneficios, a cambio de pagos mensuales derivados de los “sueldos” que reciben.
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Todas estas prácticas, muchas de las cuales han sido denunciadas por los diferentes medios de comunicación y otras nos han sido referidas por distintas personas que laboran o han laborado en muchas instituciones en las que se dan estos casos, constituyen delitos.
Muchos otros casos no son otra cosa que la institucionalización del “mochasueldismo” a gran escala, y en algunos otros se trata del ejercicio de la función pública para el enriquecimiento ilícito.
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Nada de esto es nuevo y, por el contrario, se ha ampliado, muchas veces a vista y paciencia de los diferentes gobiernos y con la complicidad y permisividad de todas las instituciones del Estado encargadas del control laboral. Ya el fallecido congresista Carlos Anderson se refirió a la contratación de “trabajadores fantasmas” en el Congreso de la República, sobre los cuales dijo que solo aparecen cuando deben cobrar.
Volvemos a preguntar: ¿es necesaria una reforma laboral para poner orden y empezar a limpiar el sector público de todas estas formas delincuenciales de contratación y supuesto desempeño laboral?
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Solo hay que empezar a pasar por el “escáner” a todos los funcionarios públicos y saber: i) si los documentos que sustentan sus títulos y experiencia son legales y legítimos; ii) si cumplen realmente con los requisitos de experiencia para el puesto; iii) si realmente cumplen la función para la que han sido contratados o nombrados; iv) si efectivamente van a trabajar adonde deben laborar y en el horario en el que lo deben hacer; v) si cobran por lo que trabajan o no.
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Hacer esta labor no recorta ningún derecho laboral ni atenta contra la estabilidad laboral de nadie, porque quien no va a trabajar y cobra, quien va a trabajar a otro lugar que no es su centro de labores, quien falsificó documentos para obtener un puesto y quien “negoció” su contratación para obtener beneficios ilegales estafó al Estado, cometió falta grave o delito, se burló de las autoridades y del Estado y, por tanto, no puede seguir siendo funcionario público.
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Esto se puede hacer en tiempo récord. Pero tiene que haber decisión y una actitud firme para limpiar el Estado de este tipo de prácticas. Se van a pisar callos, se va a chocar con amigotes o políticos irresponsables que se han aprovechado del Estado para beneficiar a los suyos y a ellos mismos. Pero hay que empezar a poner ORDEN. Y para eso no se necesita ni una reforma laboral ni facultades delegadas; solo se necesita acción.








