
Escribe: Omar Mariluz, periodista.
Cierre los ojos y recuerde —o pregúntele a alguien que lo haya vivido— qué se sentía tener plata y, al mismo tiempo, no tener nada. Ese vértigo de cobrar el sueldo y salir disparado al mercado porque, si esperaba a la tarde, el kilo de arroz ya costaba el doble. La hiperinflación de los ochenta no fue un gráfico en un Power Point; fue el hambre real de millones de familias que vieron cómo su esfuerzo se deshacía. Aprendimos que la estabilidad de precios es el piso mínimo sobre el que se construye una vida digna.
Sin embargo, tras 35 años de relativa calma, parece que el éxito nos ha vuelto arrogantes. O quizás, peligrosamente amnésicos. Nos hemos acostumbrado tanto a que el sol sea la envidia de la región y a que la inflación se mantenga a raya —pese a que nuestra política sea un incendio constante—, que hoy tratamos esa estabilidad como si fuera un derecho divino, algo que estará ahí hagamos lo que hagamos. ¿Es posible que estemos dando por sentado el tener una de las monedas más fuertes del mundo? Lo más preocupante es que los candidatos que ya calientan motores para el 2026 parecen convencidos de que el Perú es inmune a la impericia económica.
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El jueves último, en el foro “Radiografía de la primera vuelta de las elecciones 2026”, tuve la oportunidad de preguntarle sobre este escenario al presidente del BCR, Julio Velarde. Su respuesta fue un baldazo de agua fría para los entusiastas del gasto fácil: existe un “exceso de confianza” en la estabilidad de precios. Según Velarde, se ha instalado la idea de que se puede hacer casi cualquier “barbaridad” sin que la inflación suba. Pero cuidado: la inflación es como un motor maltratado que no avisa hasta que, de pronto, se funde y nos deja a pie en medio de la nada.
Lo que realmente debería quitarnos el sueño es la mirada lujuriosa que ciertos sectores le lanzan a los más de US$90,000 millones de Reservas Internacionales Netas (RIN). Hay candidatos que ya anuncian que, de llegar a Palacio, usarán ese “chanchito” para atender “necesidades urgentes”. Es la retórica del populismo clásico: quemar los ahorros de la nación para dar un banquete hoy, aunque mañana no haya ni para el pan.
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Si queremos ver cómo termina esa película, solo basta mirar a los vecinos que decidieron que las reservas eran un botín político. En Argentina, el asalto sistemático a las reservas del Banco Central para financiar el déficit y subsidiar el consumo terminó en una inflación de tres dígitos y un peso que vale menos que el papel en que se imprime. En Venezuela, la destrucción de la autonomía del emisor convirtió a una potencia petrolera en un caso de estudio de hambre inducida por el Estado.
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Velarde fue tajante al desnudar este desconocimiento técnico —o mala fe absoluta— sobre nuestras reservas. No son fondos que “sobran”; son el escudo que evita que nuestra moneda se destruya cuando el mundo tiembla. Recordó la crisis del 2001, donde la salida de capitales rozó el 10% del PBI. Sin ese respaldo de US$90,000 millones, cualquier pánico financiero nos dejaría desnudos.
La ironía es fascinante y cruel: los mismos que culpan al “modelo” de todos los males pretenden financiar sus experimentos usando los ahorros que solo ese modelo fue capaz de generar. Es vital tener memoria. No podemos volver a comprarle el discurso a quienes nos ofrecen el camino que ya nos llevó a la miseria. La estabilidad no es un milagro; es un candado, y hay candidatos que ya tienen el soplete en la mano.

Magíster en Economía, diplomado internacional en Comunicación, Periodismo y Sociedad, estudios en Gestión Empresarial e Innovación, y Gestión para la transformación. Cuento con más de 15 años de experiencia en el ejercicio del periodismo en medios tradicionales y digitales.








