
Escribe: Omar Mariluz Laguna, periodista
Hay que decirlo con claridad: tener a José Jerí en la presidencia es, hoy por hoy, el principal riesgo para la política exterior peruana. No es solo que le falte estatura de estadista; es que su preocupante ligereza para aceptar invitaciones –ya sea a un chifa en San Luis con empresarios chinos bajo sospecha o a una cita “informal” con el nuevo embajador de Estados Unidos– está dejando a nuestra Cancillería en una posición ridícula. Mientras los diplomáticos de carrera se rompen la cabeza diseñando una estrategia para no quedar aplastados entre Washington y Pekín, el presidente posa para fotos que luego las embajadas extranjeras usan para lanzarse dardos. Jerí no parece entender que, cuando se sienta a la mesa, no se representa a sí mismo ni a sus intereses particulares, sino a un Estado que está en la mira de las dos potencias más grandes del planeta.

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La reciente puesta en escena con el embajador estadounidense Bernie Navarro es un caso de estudio sobre cómo no manejar la soberanía. Navarro no vino a Lima a estrechar lazos de amistad, sino a marcar territorio y a recordarle a Jerí que sus coqueteos previos con capitales chinos cuestionados no han pasado desapercibidos en la Casa Blanca. El “cambio de menú” del presidente, pasando del banquete oriental a la foto de rigor con el enviado de Donald Trump, no es una jugada maestra de equilibrio; es la evidencia de un mandatario que se mueve por presión y no por convicción.
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El problema es que el Perú se ha convertido en el escenario principal de una guerra fría logística. El megapuerto de Chancay, con sus 3,500 millones de dólares de inversión, es una realidad que ha sacado de quicio a Washington. Desde la gestión de Biden, y ahora con una agresividad renovada bajo el mandato de Trump, EE.UU. ha dejado de sugerir para pasar a exigir: quieren que frenemos a China. Lo dijo el secretario de Defensa, Pete Hegseth, en el Pentágono: la presencia china en la región es una “amenaza” que el Perú debe ayudar a contener.
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En medio de este fuego cruzado, la Cancillería, bajo la dirección de Hugo de Zela, intenta salvar la situación. El reto es gigantesco porque el Perú no puede, bajo ninguna circunstancia, elegir un bando. China es el mayor comprador de nuestro cobre y EE.UU. es nuestro socio estratégico en defensa y seguridad. Perder a cualquiera es una catástrofe económica. La única salida digna es la institucionalidad, pero el Gobierno parece empeñado en sabotearla.
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El caso de la supervisión del Ositran en Chancay es el mejor ejemplo de este desorden. Si el Perú permite que una obra de esa magnitud opere bajo sus propias reglas, sin fiscalización del Estado, le está entregando en bandeja de plata el argumento a Washington para decir que hemos cedido soberanía a Pekín. La soberanía no se defiende con discursos, sino con reguladores fuertes que hagan cumplir la ley a cualquier inversor.
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Torre Tagle tiene hoy la tarea de profesionalizar una relación exterior que el presidente maneja con la profundidad de una red social. Necesitamos una estrategia de Estado que fije líneas rojas tanto para el dragón como para el águila, pero eso es imposible si quien habita Palacio de Gobierno sigue creyendo que la diplomacia se resuelve con una buena cena y una foto para el recuerdo.

Magíster en Economía, diplomado internacional en Comunicación, Periodismo y Sociedad, estudios en Gestión Empresarial e Innovación, y Gestión para la transformación. Cuento con más de 15 años de experiencia en el ejercicio del periodismo en medios tradicionales y digitales.







