
El año comenzó marcado por una aceleración inusual de los acontecimientos geopolíticos. El retorno de una diplomacia estadounidense de tono duro y transaccional ha configurado un escenario de alta incertidumbre. Fuimos espectadores de la captura de Nicolás Maduro en una operación quirúrgica, intensificación del conflicto en Medio oriente y fricciones entre Estados Unidos y sus aliados de la OTAN. Todo esto en un entorno donde las inversiones en tecnología están reconfigurando, no solo la industria de la guerra y la seguridad, sino también nuestra economía y forma de vida. En este contexto distintos elementos como las rutas energéticas críticas, las alianzas en redefinición y fricción entre potencias, el enfrentamiento entre Estados Unidos, Israel e Irán adquieren un trasfondo que trasciende de lo militar.
Durante años, buena parte de los medios occidentales han presentado a Donald Trump como un actor irracional e impulsivo. Sin embargo, esa caracterización resulta incompleta. Trump puede ser moralmente cuestionable y políticamente incorrecto, pero sus decisiones, especialmente en política exterior, responden a una lógica coherente. Para evaluar si su confrontación con Irán cumple objetivos concretos, es necesario situarla dentro de un marco amplio y es que la nueva revolución industrial es la inteligencia artificial (IA).
Dicho esto, la disputa del siglo XXI no es territorial, sino tecnológica. La IA se está convirtiendo en el núcleo del poder económico y militar, y su desarrollo depende de insumos estratégicos: las tierras raras, aditivos escasos pero indispensables que permiten la eficiencia de la tecnología moderna. Aquí emerge una asimetría clave. Según la U.S Geological Survey, USGS, China controla el 60% de la extracción mundial y tiene el 90% de capacidad de procesamiento, lo que convierte a Estados Unidos en un actor estructuralmente dependiente. Sin China, no hay suministro suficiente para su transición tecnológica.
Es entonces cuando Washington decidió golpear fuerte hacia el eslabón crítico de la nueva revolución industrial: los semiconductores avanzados. Bajo Joe Biden y luego con Trump, primero recurrió a aranceles y después a controles a la exportación de chips y de las máquinas de litografía que los hacen posibles, incluso cuando se fabrican fuera de EE.UU., como las de ASML. China respondió en octubre del 2025 restringiendo 12 de las 17 variedades de tierras raras, incluidas las de uso militar, dejando en evidencia una vulnerabilidad estratégica estadounidense. Desde entonces, Trump buscó un nuevo punto de presión y lo encontró en la energía.
Es aquí donde la provincia de Shandong se volvió relevante, y es que China canaliza una parte clave de sus importaciones de crudo a través de sus refinerías, responsables del 25% del petróleo importado. Diseñadas para procesar crudo pesado y descontado de Irán y Venezuela que, según fuentes confiables como Reuters y Kplan, representarían alrededor del 60% de su carga. Estas plantas revelan por qué las presiones sobre Caracas y Teherán tienen implicancias que van más allá del plano estrictamente militar o diplomático.
El control efectivo del Estrecho de Ormuz, por donde circula cerca del 40% del petróleo y el 30% del gas que importa China, convierte al suministro energético chino en un punto de presión estratégica. Incluso sin interrupciones explícitas, el aumento del riesgo y de los costos logísticos es suficiente para frenar su desarrollo industrial y tecnológico, incluida su apuesta por la IA.
Desde esta perspectiva, Irán no es el objetivo final, sino una pieza instrumental dentro de una estrategia más amplia. El conflicto ha servido para reordenar flujos energéticos, reactivar rutas alternativas favorables a Estados Unidos e Israel, impulsar exportaciones energéticas estadounidenses y reequilibrar dependencias críticas que habían quedado expuestas en el frente de los semiconductores y las tierras raras. Lejos de ser caótica, esta secuencia responde a una lógica de posibilismo geográfico, donde la energía no determina por sí sola el resultado, pero habilita la capacidad de condicionar el ritmo del desarrollo tecnológico. En ese mismo marco estamos presenciando una posible próxima caída del régimen castrista en Cuba, un movimiento táctico adicional que, lejos de ser aislado y ajeno, refuerza una arquitectura geopolítica más compleja. Mientras los mercados oscilan y la opinión pública se alarma, las grandes potencias operan con una lógica de largo plazo. Comprenderla no implica justificarla, pero sí evita el error más costoso que es confundir ruido con estrategia.
Jorge Castro Uriol es docente de Geopolítica de la Universidad Científica del Sur.
Las opiniones vertidas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor.







