
La escalada del conflicto entre EEUU, Israel e Irán concentra la atención de los mercados financieros. Como suele ocurrir en episodios de tensión geopolítica, la reacción inicial ha sido un aumento de la volatilidad observada y esperada (el VIX, conocido como el “índice del miedo”, subió desde 18 hasta casi 28 en la última semana), alzas en el precio del petróleo (la referencia Brent alcanzó recientemente un pico de USD 83 dólares por barril, nivel no visto desde hace casi dos años) y una mayor demanda por activos refugio. Más allá del impacto inmediato, la clave para los inversionistas es si el conflicto puede alterar el ciclo económico global y el desempeño de los activos de riesgo.
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En principio, la evidencia sugiere que el impacto debería ser acotado. A diferencia de los años setenta, cuando los shocks petroleros derivaron en episodios de estanflación y recesiones profundas, la economía global actual es estructuralmente menos sensible al precio del crudo. El gasto global en petróleo como porcentaje del PBI se ubica en torno a 3%, por debajo del 10% observado durante la década de 1970. En EEUU, el gasto de los consumidores en energía representa actualmente cerca de 3% de su ingreso disponible, frente al 7% de hace cinco décadas.
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Esto responde a varios factores. Primero, la intensidad energética del crecimiento ha caído de forma pronunciada: se estima que la cantidad de petróleo necesaria para producir una unidad de PBI en EEUU se ha reducido en alrededor de 70% desde 1980. Segundo, la matriz energética se ha diversificado significativamente, con una mayor participación de gas natural y energías renovables. Finalmente, EEUU se ha convertido en un actor central de la oferta global de energía, pasando de ser importador a exportador neto, lo que actúa como amortiguador frente a alzas en el precio del crudo.
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Así, incluso alzas relevantes del precio del petróleo tendrían efectos moderados. Estimaciones recientes sugieren que un aumento de US$10 por barril reduciría el crecimiento del PBI estadounidense en 0.1%. En materia inflacionaria, el impacto también sería limitado, dado que la energía solo representa aproximadamente 6% del índice de precios al consumidor en EEUU. Además, las expectativas inflacionarias de mediano plazo se mantienen relativamente bien ancladas, lo que reduce la probabilidad de una reacción agresiva de la política monetaria ante un shock energético transitorio.
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Este marco explica por qué, pese a la gravedad del conflicto, la reacción de los mercados ha sido contenida. Si bien el precio del petróleo ha incorporado una prima de riesgo, esta se mantiene lejos de niveles históricamente disruptivos. Asimismo, el mercado petrolero partía desde una situación de holgura en la oferta, reforzada por inventarios elevados y por anuncios recientes de aumentos de producción por parte de la OPEP+.
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No obstante, que el escenario base apunte a un impacto limitado no implica que el riesgo sea menor. El principal foco de preocupación es la baja visibilidad respecto al desenlace del conflicto, dada la agresiva respuesta de Irán ante el ataque inicial de EEUU e Israel. Una escalada prolongada que afecte de manera sostenida el suministro energético—especialmente a través del Estrecho de Ormuz, por donde transita cerca de 25% del comercio energético global— podría alterar este diagnóstico. En un entorno donde las valorizaciones de los activos de riesgo son ya altas, sugerimos prudencia táctica: esperar mayor claridad antes de asumir riesgo adicional.
Jorge Beingolea es director de Soluciones de Portafolio en Credicorp Capital Asset Management.







