
Escribe: Ana María Martínez, cofundadora de Kaudal
Hace un par de años me equivoqué con bastante convicción. Yo pensaba que la Inteligencia Artificial iba a ser la persona del año según la revista TIME en 2023. El lanzamiento de Chat GPT a finales del 2022 había marcado un antes y un después. Por primera vez gran parte de la humanidad empezaba a tener acceso a la Inteligencia Artificial. De pronto empezábamos a pensar, escribir, crear, estudiar y trabajar con su apoyo. Me parecía evidente que ese sería el hito cultural del año. Pero no fue así. En 2023, TIME eligió a Taylor Swift como Person of the year y yo misma escribí una columna en este diario, reflexionando sobre por qué una artista había triunfado, sobre una tecnología que parecía imparable.
Dos años después, a finales del 2025, TIME finalmente nombró a los Arquitectos de la IA como Person of the Year. No a la IA como tecnología transformadora, sino a las personas detrás de ella. La portada fue épica: creada seguramente con IA, mostrando a Sam Altman, Jensen Huang y otros líderes, sentados sobre una viga de acero suspendida en Nueva York, en una referencia directa a la icónica fotografía de obreros que simbolizó el auge industrial del siglo pasado. El mensaje fue claro: estamos ante una nueva era productiva, y los protagonistas no son las máquinas y los algoritmos, sino quienes los diseñan, los escalan y toman decisiones sobre cómo los ciudadanos comunes usamos la IA, para elevar nuestras capacidades o atrofiarlas.
¿Por qué sí ahora? TIME explica que el 2025 marca un verdadero punto de inflexión. La IA dejó de ser una promesa o una demo impresionante, para convertirse en infraestructura de amplio uso e influencia. Ya no es algo “para probar”, sino algo que empieza a sostener procesos reales: en empresas, gobiernos, educación, ciencia y creatividad. Al mismo tiempo, este año también hizo evidentes sus riesgos. Se hicieron visibles los impactos en el trabajo, los errores costosos, los sesgos, las tensiones regulatorias y el enorme poder concentrado en muy pocas manos. La IA pasó de ser una novedad a ser una fuerza que exige responsabilidad de pocos y criterio de muchos. Y eso, culturalmente, cambia todo.
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Hay un detalle importante de esta elección de Person of the Year que me gustaría resaltar. En 1982, TIME nombró a la computadora personal como Person of the Year. Fue una máquina la protagonista, no las personas que la crearon. Hoy eso no ocurre. Hoy el reconocimiento vuelve a los arquitectos. A los humanos. Y eso me gusta porque coloca la responsabilidad en donde debe estar. La tecnología no “avanza sola”. La diseñamos, la entrenamos y la gobernamos las personas y decidimos con nuestro criterio humano cómo usarla, cómo integrarla a nuestra vida y a nuestra sociedad. En un mundo lleno de problemas complejos, seguir poniendo el foco en las personas que piensan, crean y asumen consecuencias, es una señal muy importante que todos debemos tener presente.
El nombramiento de los arquitectos de la IA como Person of The Year, años después del lanzamiento democrático de esta tecnología transformadora, nos evidencia que los grandes cambios no suceden de un día para otro. Incluso algo tan acelerado como la IA necesita atravesar transiciones. Primero sucede la curiosidad. Luego viene la experimentación, la fase más dura que solo los persistentes atraviesan. Viene con frustraciones, aprendizajes y adaptaciones fundamentales para evolucionar a la tercera fase del cambio. Esta tercera fase es cuando sucede la adopción real y organizada, donde empiezan a verse los impactos significativos y con eso, recién se hace evidente el cambio estructural, con todas sus implicaciones y mejoras continuas que aparecen en el camino, porque la verdadera transformación nunca termina. Entre el “wow” inicial y el impacto tangible hay un camino largo, lleno de intentos fallidos, ajustes y resistencias. El punto de inflexión no es un evento aislado, es el momento en que la suma de pequeños cambios finalmente inclina la balanza.
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Quiero cerrar este artículo con algo muy personal. Soy venezolana (y peruana) y hace apenas unos días, el 3 de enero, comenzó un cambio que durante años parecía imposible en Venezuela: la captura de Nicolás Maduro. La noticia me llenó de emoción, pero también de una sensación profunda de cautela para mantener esa emoción contenida. Porque sé, por experiencia propia y colectiva, que el verdadero cambio no ocurrió ese día. Apenas ocurrió un primer suceso, uno sin duda importante. Vendrán etapas. Transiciones difíciles. Reconstrucción institucional, económica y social. Tiempo. Mucho tiempo. Y me hago la misma pregunta que me dejó esta reflexión sobre la IA: ¿cuánto falta para que la balanza se incline y el cambio hacia una Venezuela en paz y prosperante se materialice de verdad?
Los puntos de inflexión son imposibles de predecir. Si no estamos en una posición de poder, solo podemos exigirlos, esperarlos con paciencia y luego mirar atrás para reflexionar y evidenciar todo lo que tuvo que suceder para que ocurrieran. Esta es la realidad en la tecnología, en los países y en la vida en general. No existen los finales felices instantáneos. La balanza se mueve, sí, pero hay que ser pacientes y luego sostenerla del lado correcto.









