
Escribe: José Deustua, especialista en innovación y startups
En un entorno donde la inteligencia artificial (IA) promete eficiencia, precisión y escalabilidad, la tentación es evidente: automatizar todo lo automatizable. No obstante, la automatización puede erosionar la conexión humana si no se gestiona conscientemente. Y cuando la conexión se debilita, el negocio pierde algo más profundo que eficiencia: pierde relevancia.
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Durante años acompañando la creación y escalamiento de startups y nuevos negocios corporativos, uno de los aprendizajes más claros ha sido este: la empatía no es un accesorio cultural, es un criterio estratégico. Las empresas que la incorporan explícitamente en sus decisiones –al diseñar productos, definir estrategias comerciales o liderar equipos– toman decisiones más sólidas y sostenibles.

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Nunca antes las organizaciones tuvieron tanta información. El problema no son los datos. El problema surge cuando estos reemplazan la empatía. Un algoritmo puede optimizar tiempos de respuesta, pero no mide la sensación de indiferencia que puede generar una interacción automatizada.
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Incluir la empatía en la ecuación significa preguntarse sistemáticamente:
¿Cómo impacta esta decisión en la experiencia real del cliente? ¿Cómo afecta a las personas que deben ejecutarla? ¿Qué señal cultural estamos enviando?
En negocios, la empatía no es simpatía; es comprender profundamente cómo se viven nuestras decisiones y actuar en consecuencia. No es casualidad que líderes como Satya Nadella hayan colocado la empatía en el centro de la innovación. Para identificar necesidades no articuladas de los clientes, es indispensable comprender cómo experimentan el mundo y qué problemas intentan realmente resolver. En última instancia, innovar implica entender profundamente a las personas; por eso, la innovación es, en su raíz, un acto humano.
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Empatía como competencia obligatoria del liderazgo moderno
En este contexto, la empatía deja de ser una virtud deseable y se convierte en una competencia obligatoria del liderazgo moderno.
Los líderes ya no solo gestionan recursos; gestionan confianza. Y la confianza no se construye únicamente con resultados financieros, sino con coherencia entre decisiones y propósito.
He visto proyectos estratégicos técnicamente impecables fracasar por desconexión interna: equipos que reciben objetivos, pero no entienden el porqué; áreas que interpretan la transformación como amenaza; talento que se desengancha no por falta de incentivos, sino por falta de sentido.
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Parte del desafío es que los líderes tienden a sobrestimar su capacidad empática. Sin medición, sin retroalimentación honesta y sin contacto directo con la realidad del equipo, la autopercepción suele estar por encima de la experiencia real. Si el liderazgo no incorpora mecanismos concretos para escuchar –conversaciones directas, espacios de feedback sinceros y contacto real con clientes y equipos operativos– la empatía se convierte en discurso, no en práctica.
La lección es clara: la innovación sostenible no es solo tecnológica, es cultural.
IA y empatía: integración, no sustitución
La IA es una herramienta poderosa. Permite personalizar experiencias, anticipar comportamientos y escalar operaciones con una eficiencia inédita. Pero la IA no define prioridades éticas, no interpreta matices culturales y no asume responsabilidad por el impacto humano de una decisión.
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Si no se gestiona conscientemente, la automatización puede generar distancia: procesos más rápidos, pero interacciones más frías; respuestas más precisas, pero menos humanas.
Por eso la discusión no es IA versus empatía. Es cómo integrar ambas.
La empatía debe actuar como filtro estratégico de la tecnología. Antes de implementar una automatización, la pregunta no debería ser solo cuánto ahorro genera, sino qué experiencia produce. Antes de lanzar un modelo predictivo, conviene preguntarse qué sesgos puede amplificar y cómo afectará la percepción del cliente o del equipo.
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Decidir con enfoque humano no significa renunciar a la eficiencia. Significa garantizar que la eficiencia no desplace la conexión.
Empatía como gestión del riesgo
En mercados competitivos y volátiles, cada decisión estratégica tiene consecuencias directas en la sostenibilidad del negocio. Perder conexión con el cliente o con el talento interno no es un problema filosófico; es un riesgo financiero.
Las empresas que liderarán la próxima década no serán necesariamente las que tengan más datos, sino las que sepan interpretarlos con enfoque humano. No las que automaticen más rápido, sino las que automaticen sin perder sensibilidad.
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Incluir la empatía en las decisiones de negocio es, en esencia, una forma de gestión del riesgo. Reduce la probabilidad de desconexión, fortalece la lealtad y sostiene la cultura en momentos de transformación.
En tiempos de IA, la verdadera ventaja competitiva no estará solo en la capacidad de procesar información, sino en la capacidad de comprender personas. Y esa sigue siendo una responsabilidad indelegablemente humana.








