
La caída del precio del petróleo tras el acuerdo entre Estados Unidos e Irán para reabrir el estrecho de Ormuz constituye un alivio para la economía mundial. El Brent, que durante el conflicto llegó a cotizar alrededor de US$ 120 por barril, ha regresado prácticamente al nivel previo a la guerra. Sin embargo, sería un error interpretar esta corrección como el fin del problema. Lo que desapareció fue una parte de la prima de riesgo geopolítico, pues la vulnerabilidad que la hizo posible permanece intacta.
La guerra dejó una lección clara. Bastó el cierre de un paso marítimo por donde transita cerca de una quinta parte del petróleo comercializado en el mundo para alterar la inflación global, encarecer el transporte, elevar los costos de producción y modificar las expectativas sobre las tasas de interés.
Para el Perú, la noticia es positiva. La reducción del precio del crudo debería aliviar gradualmente los costos de energía y transporte que enfrentan las empresas y, con ello, contribuir a moderar la inflación. Ese proceso, sin embargo, no será inmediato. Los propios analistas estiman que el traslado hacia los consumidores y los costos empresariales puede tomar varios meses (Gestión 25.06.26). Además, la incertidumbre sigue siendo elevada. Fitch recuerda que el acuerdo para extender el cese al fuego y garantizar la reapertura de Ormuz aún enfrenta riesgos importantes, mientras UBS advierte que el mercado todavía espera comprobar cuán rápido podrá normalizarse el tránsito marítimo por esa ruta estratégica.
Precisamente por ello, la principal conclusión no debería ser que el peligro pasó, sino que el Perú volvió a comprobar cuánto depende de factores que escapan completamente a su control. El país no puede evitar una guerra en Medio Oriente, ni impedir el cierre de Ormuz. Lo que sí puede hacer es reducir su vulnerabilidad frente a esos episodios.
La primera línea de defensa continúa siendo la estabilidad macroeconómica. Una política fiscal responsable y un banco central creíble ofrecen una capacidad de respuesta muy superior a la de economías que llegan a una crisis con desequilibrios acumulados. Hay que trabajar por mejorar y preservar ambos aspectos, respectivamente.
La segunda tarea consiste en fortalecer la productividad. Una economía más eficiente consume menos energía por unidad producida, diversifica mejor sus fuentes de abastecimiento y absorbe con mayor facilidad los aumentos de costos. Del mismo modo, mejorar la infraestructura logística reduce el impacto que las disrupciones internacionales tienen sobre las cadenas de suministro y el comercio.
La normalización del mercado petrolero es una buena noticia. Pero también es un recordatorio de que la estabilidad económica nunca debe darse por sentada. Las guerras terminan; los riesgos geopolíticos permanecen. La mejor protección para el Perú no proviene de esperar que el próximo conflicto sea breve, sino de construir una economía capaz de resistirlo.






