
Más allá de quién termine imponiéndose cuando concluya el conteo de la ONPE, la segunda vuelta vuelve a mostrar un país dividido por territorios y por percepciones distintas sobre el desarrollo del país. Una lectura rápida atribuirá el respaldo a Roberto Sánchez en el sur, el centro y parte de la Amazonía a un voto de protesta. Y, en parte, tendrá razón.
Sin embargo, esa explicación resulta insuficiente. Si fuera solo un voto de rechazo, sería difícil entender por qué determinados patrones electorales se repiten elección tras elección.
Recientes informes publicados por El Comercio muestran justamente esa continuidad. En buena parte del sur, las preferencias electorales mantienen una trayectoria reconocible desde hace varios procesos. No se trata de un fenómeno asociado únicamente a la campaña de este año ni a las características de un candidato específico. Lo que refleja carencias constantemente postergadas.
Las razones tampoco parecen reducirse a una sola variable. En distintas regiones aparecen problemas de infraestructura, acceso desigual a servicios públicos, dificultades de conectividad, inseguridad y una sensación extendida de distancia respecto de quienes toman las decisiones políticas. Son factores que operan de manera simultánea y que ayudan a explicar por qué una parte importante del país evalúa de manera distinta el rumbo nacional.
Desde Lima, la inversión privada suele asociarse con crecimiento económico y generación de empleo. En muchas provincias, en cambio, la evaluación incorpora otros elementos: conflictos sociales, disputas por recursos, problemas ambientales o proyectos cuyos beneficios no fueron percibidos con la magnitud esperada. La diferencia no es necesariamente ideológica (puede serlo enparte). Es, ante todo, una diferencia de experiencia.
Así, el debate, por tanto, no pasa únicamente por cuánto gasta el Estado. También importa qué resultados produce ese gasto y cómo son percibidos por la población.
La persistencia de este mapa electoral debería motivar una reflexión incómoda. Después de más de dos décadas observamos fracturas territoriales similares. Atribuirlas únicamente a desinformación, manipulación o errores de los electores permite cerrar la discusión rápida y artificialmente, pero aporta poco a la comprensión del problema y su solución.
Al cierre de esta edición, el resultado aún no está definido y restan décimas por contabilizar. Todo indica, sin embargo, que Keiko Fujimori terminaría imponiéndose por un margen estrecho. Cualquiera sea el resultado final, la elección deja una constatación difícil de ignorar: amplios sectores del país siguen evaluando el desarrollo, la representación política y las prioridades del Estado de una manera muy distinta a la que predomina en Lima. Y esa es una fractura que al nuevo Gobierno le tocará solucionar.







