El resultado previsible —siempre que no nos autosaboteemos como país— debe continuar siendo el ingreso sostenido de capital y socios internacionales al mercado peruano. (Foto: Andina)
El resultado previsible —siempre que no nos autosaboteemos como país— debe continuar siendo el ingreso sostenido de capital y socios internacionales al mercado peruano. (Foto: Andina)

En años recientes, la actividad de M&A, inversiones conjuntas y financiación en la agroindustria peruana ha incrementado significativamente, y los volúmenes exportados crecieron sostenidamente, consolidando al Perú como uno de los líderes globales en la exportación de arándanos, palta y uva de mesa.

¿Qué ha cambiado o a qué se debe? ¿Se trata de una situación coyuntural? En muchos casos ese dinamismo resulta de una necesidad continua del mercado global por alimentos de calidad, y una resultante tesis de inversión que vienen aplicando grandes empresas y fondos internacionales enfocados en esa industria: construir plataformas capaces de entregar un mismo cultivo con la misma calidad, de forma consistente las 52 semanas del año.

Fondos como ATGRO, Cordiant Capital, Frutura, Solum Partners y Unifrutti (esta última no es un fondo, pero está controlada por el fondo soberano de inversión de Abu Dhabi ADQ) lo han documentado recurrentemente como parte fundamental de su tesis de inversión, mientras que grandes empresas globales como Driscoll’s —el mayor productor de frutos rojos (berries) del mundo— la describen como parte central de su modelo de negocio desde hace décadas.

¿Cómo se logra esa meta? Únicamente mediante dos condiciones: la diversificación de su producción en geografías contraestacionales y la estandarización garantizada de los cultivos.

Es en la diversificación geográfica donde Perú ocupa un lugar privilegiado, y no solo por su posición hemisférica contraestacional al hemisferio norte. Las condiciones climáticas del Perú generan rendimientos por hectárea que se encuentran entre los más altos del mundo en los cultivos más demandados: en arándano, por ejemplo, los rendimientos peruanos llegaron a casi duplicar los de otros grandes productores como Chile y Estados Unidos; en palta Hass, los estándares de productividad peruanos son referencia global. Esta combinación convierte al Perú en una pieza cualitativamente distinta dentro del sistema global de abastecimiento, y no simplemente en una geografía contraestacional más, lo cual ha venido trayendo consigo capital del Medio Oriente, Norteamérica, Europa y Asia. Sin embargo, la geografía sola no basta.

El segundo factor clave es el asociado con estandarizar los productos, lo cual únicamente es alcanzable con una buena infraestructura de cadena de frío a escala (operaciones de embalaje (packing), preenfriamiento, almacenamiento refrigerado, etc.) que preserve la calidad del producto a través de distancias y tiempos de tránsito intercontinentales; pero, adicionalmente, con la siembra de variedades genéticas licenciadas que garanticen la uniformidad e identificación del producto, independientemente de su origen. Sin esta estandarización, no hay programa global posible.

Lo anterior no sólo ha generado un boom de inversión en infraestructura logística, sino una fuerte presencia de actores internacionales de primer nivel en la industria de variedades genéticas licenciadas, como Bloom Fresh, Sun World, Grapa, Fall Creek, Sekoya y OZblu. En el caso de uva de mesa peruana, ese proceso ya es un hecho consumado: según PROVID, alrededor de tres cuartas partes del área cultivada total del país corresponde hoy a variedades licenciadas — proporción que hace apenas cuatro años era inversa.

Esta reflexión pretende dejar claro al empresario agroindustrial peruano que, si bien nos encontramos en una buena jurisdicción, esto no es una cuestión coyuntural y mucho menos exclusiva a nuestro país, sino una tendencia que responde a una reorganización estructural del comercio agroalimentario global que comenzó hace ya muchos años y que debemos continuar aprovechando.

Ahora bien, nos toca seguir reaccionando de forma inteligente a esta situación, continuando con el entorno regulatorio que acompaña el crecimiento con normas e incentivos adecuados (como la reciente norma que estableció un paquete de incentivos para el sector, que incluye —entre otros— la reducción de la tasa del Impuesto a la Renta al 15% hasta 2035), y el continuo empuje de la banca local para acompañar ese crecimiento.

El resultado previsible —siempre que no nos autosaboteemos como país en lo regulatorio, financiero, social o político, asociado a la agroindustria— debe continuar siendo el ingreso sostenido de capital y socios internacionales al mercado peruano y, con ello, oportunidades concretas de M&A, joint ventures y financiación para los agroindustriales que sepan posicionarse.

Thomas Thorndike es socio en Garrigues.

Las opiniones vertidas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor.

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