
Cuando Rusia invadió Ucrania en 2022, Donald Trump calificó la maniobra de “genial”. En la práctica, la guerra de Vladimir Putin había sido el error más costoso de una gran potencia durante nuestra era, hasta que Trump lanzó la Operación Furia Épica hace tres meses.
Ambos líderes lo apostaron todo en que iban a tener un adversario débil, y supusieron que lograrían la victoria en cuestión de días. Cada uno está cargando a sus países con costos que persistirán muchos años después de que ellos hayan perdido el poder. Como estudios de caso de cómo desperdiciar una buena mano, Putin y Trump no tienen parangón. Como el país al que le han tocado la mayoría de sus cartas, China es el principal beneficiario.
Quienes se encuentran en la derecha de línea dura estadounidense protestan diciendo que el régimen de Irán y el de Ucrania no se pueden comparar. Uno es una abyecta teocracia; el otro es una democracia que funciona (y que es, hoy en día, con frecuencia menos corrupta que la de Washington). Pero la estrategia se mide en resultados del mundo real, no en términos de ilusiones.
Los partidarios de la Operación Furia Épica dicen que la guerra fue provocada por Irán debido a la naturaleza de su régimen. Aquellos en la extrema izquierda y en la extrema derecha occidentales que padecen igualmente del ‘síndrome de obsesión’ con la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) dicen lo mismo con respecto a Ucrania. Ambas versiones están ideológicamente distorsionadas; cada una de esas guerras fue de elección y evitable. La brecha entre el propósito y el resultado es tan amplia para Trump en el Golfo como lo es para Putin en el Donbás.
Ninguno de los dos puede escapar de las trampas que ellos mismos crearon. En el caso de Putin, el fracaso de su “operación especial” es existencial. Es poco probable que Putin reconozca la realidad, ya que eso le costaría su cargo y, posiblemente, la vida. El bloqueo mental de Trump principalmente se debe al orgullo y a la política. Ninguna cantidad de basura de inteligencia artificial (IA) puede distraer de la humillación de llegar a un acuerdo con un régimen que él repetidamente ha afirmado haber aniquilado. Al hacerlo, estará consolidando su control.
Algunas de las cartas le han tocado a Volodímir Zelenski. Ucrania ha convertido el frente de batalla en un cementerio. La tasa de bajas de Rusia es de 35,000 al mes. Ucrania puede atacar a su antojo instalaciones petroleras, industriales y de infraestructura a 1,000 km dentro de Rusia. Putin tuvo que recurrir a la ayuda de Trump para convencer a Zelenski de que dejara la Plaza Roja libre de drones ucranianos durante el desfile del Día de la Victoria de este mes. Putin le prometió al pueblo ruso que mantendría sus vidas aisladas de la guerra. Pero el recuento de muertos y los costos económicos afectan a todos los rusos, y están poniendo en peligro su control del poder.
Ucrania también tiene cada vez más cartas que jugar con Trump. Antes de que el Pentágono comenzara a agotar sus reservas de misiles y sistemas de defensa antiaérea en el Golfo, Ucrania ya había reinventado la guerra. Irán no se ha quedado atrás. La capacidad de Ucrania para derribar costosos misiles rusos con interceptores caseros de muy bajo costo ha revolucionado la economía de la guerra. Lo mismo ha ocurrido con el uso de drones por parte de Irán para bloquear el estrecho de Ormuz. El enorme gasto en símbolos de prestigio militar parece cada vez más un despilfarro. Los portaaviones se están convirtiendo en elefantes blancos flotantes. Tras haberle dicho Trump que no tenía cartas que jugar, Zelenski tiene una mano de innovaciones que el Pentágono ahora desesperadamente desea tener. Ucrania tiene una nueva ventaja.
El daño geopolítico que Rusia y EE.UU. se han autoinfligido también es comparable. La incapacidad de Rusia para someter a Ucrania es la guerra fallida más costosa de la historia moderna. Al intimidar a vecinos como Finlandia, Putin ha duplicado con creces la extensión de la frontera de la OTAN con Rusia, y todo por obra propia. Del mismo modo, la expectativa de Trump de que Irán proporcionaría un dócil nuevo líder al estilo de Venezuela fue una fantasía. Él no escuchó a los expertos.
Muchas escuelas de pensamiento están quedando desacreditadas, incluyendo la idea — presente en los extremos políticos estadounidenses — de que la OTAN es un complot estadounidense para rodear a Rusia. De hecho, ésta es una época difícil para quienes tienen cualquier tipo de visión del mundo. Tanto los neoconservadores como los partidarios de “EE.UU. primero” están quedando en ridículo: los primeros por respaldar otra guerra de elección innecesaria y mal planificada; los segundos por confiar en Trump. Pero los realistas de las grandes potencias también están en un aprieto. Aunque China se beneficia de los errores de Putin y de Trump, las potencias medianas están emergiendo como las verdaderas vencedoras (siendo Israel la excepción más obvia).
La influencia de EE.UU. sobre el Medio Oriente se ha desmoronado. Irán probablemente se convertirá en una fuerza regional que los demás países tendrán que aceptar. Ucrania será, como mínimo, un socio clave de cualquier versión de la OTAN pos-EE.UU. De maneras muy diferentes, Kiev y Teherán le están mostrando al mundo cómo derribar a un coloso. Taiwán no es el único país que está estudiando estas lecciones detenidamente.
Escrito por Edward Luce







