La imagen o el rostro de las empresas

*José Ricardo StokPAD, UNIVERSIDAD DE PIURA*

Parte de la condición natural de todo ser humano es buscar una inmejorable opinión de los demás hacia uno, lo que puede resultar en la pretensión de ser agradable, de ser tenido en cuenta y que nuestras opiniones sean valoradas. Es un objetivo a lograr y que está claramente fomentado por el amor propio. En el caso de las empresas también se da esta pretendida actitud de lograr el reconocimiento del mercado, de la comunidad empresarial. De allí nace el afán por figurar en encuestas, en premios y distinciones, en tener seudocondecoraciones para lucir en la publicidad.

Pero ¿es ese el verdadero rostro de una empresa? ¿Cuál es o cuál debería ser? Evidentemente, la identidad no está necesariamente en las declaraciones que se hagan; tampoco en poner personas simpáticas en recepción o dar respuestas forzadamente corteses ni publicar imágenes donde las sonrisas campean.

La auténtica imagen de las empresas, la que antes o después se abre paso, es la que forjan los directivos con su conducta diaria, dentro y fuera de la ella.

El directivo ha de saberse humano para poder dirigir. Si dirigir es incidir en la conducta del otro, entonces tiene que entender al otro; para hacerlo, primero debe entenderse a sí mismo. No lo conseguirá si no logra ver en su empleado a un ser humano distinto de él, con capacidad e inteligencia particular.

A los seres humanos nos gusta tener el control. Tal vez no debamos pensar tanto en el control externo como en el interno. El autocontrol es fundamental en todo ser humano y será el vértice que fungirá como bisagra entre el directivo y los empleados. Si el primero logra controlarse, su labor se facilitará, tomará las mejores decisiones, las más acertadas y humanas. Sin embargo, para controlarse hay que conocerse y para ello hay que entender quién es el ser humano.

Lo que digamos y hagamos siempre tendrá repercusiones, positivas o negativas en el otro. Existe un elemento que muchos directivos utilizan cuando están al frente de una empresa: el miedo. Sin embargo, no se puede dirigir utilizando el miedo, ya que impide la comunicación y la entrega. El miedo no solo afecta al empleado, sino también al jefe: no existe un ambiente de confianza y, por ende, no existe una comunicación real. Y puede generar otro factor, igual de terrible tanto dentro como fuera de la empresa: la mentira. Hay que distinguir la mentira del error. Equivocarse es una característica humana. "Ningún hombre madura sin corrección", decía el filósofo Leonardo Polo. Claro que si repetimos el error con frecuencia, entonces somos necios. La mentira, en cambio, es equivocarnos adrede. Equivocarnos ayuda a perfeccionarnos; mentir nos hace mentirosos. Y en un ambiente corrupto es menos probable que el directivo pueda deliberar para tomar una decisión acertada, justa y eficaz. Sin directivos justos, las estructuras no funcionarán con justicia, por más buenas que estas sean.

Por último, pero ante todo, el directivo debe ser un buen ser humano. Los empleados han de encontrar en él la motivación para trabajar y, fundamentalmente, para mejorar como personas.

Las organizaciones tienen rostro: el que transmiten sus empleados, sus directivos: ¡qué pobre imagen de la empresa se da si hay rostros amargos, temerosos, dubitativos, hipócritas, coléricos! No olvidemos que el buen rostro no es aquel que proviene de un instante alegre —a veces ficticiamente promovido—, sino el de quien procura luchar día a día contra sus pequeños defectos, sabiendo que así contribuye a mejorar él mismo y los que le rodean. Y ese es el mejor rostro que puede reflejar una empresa: el de la autenticidad.

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