
Si se quiere tener una visión pesimista de las perspectivas del comercio y la globalización basándose en lo que ha ocurrido en lo que va de año, no falta material. Donald Trump ha amenazado con imponerle aranceles a la Unión Europea (UE) por resistirse a su deseo de anexionar Groenlandia, y a cualquiera que comercie con Irán o le venda petróleo a Cuba. Un discurso brutalmente franco del primer ministro canadiense, Mark Carney, ha articulado los temores generalizados sobre la fragmentación del orden mundial.
Pero es difícil señalar pruebas contundentes, incluso después de todo un año de Trump en el cargo, de que estas tensiones estén causando un grave daño al comercio de bienes y servicios. Su campaña arancelaria está tan mal gestionada, y ha encontrado tanta resistencia, que es posible que ya haya alcanzado su punto álgido, y el sistema ha demostrado ser lo suficientemente flexible como para adaptarse. Por supuesto, las tendencias a largo plazo hacia la politización, la instrumentalización y el uso coercitivo de la globalización persisten, pero, por ahora, lo más sorprendente del comercio mundial es su resiliencia.
Las importaciones estadounidenses en términos de valor aumentaron a principios de 2025 para adelantarse a los aranceles de Trump, pero desde entonces han vuelto a la normalidad. A pesar de un ligero descenso temporal de las importaciones en octubre, que se revirtió en noviembre, EE.UU. muestra pocos indicios de dejar de ser una fuente de demanda mundial.
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Los patrones observados durante el primer mandato de Trump se están repitiendo. Los aranceles bilaterales contra China sin duda han reducido el comercio de bienes entre ambas economías, con una caída de las importaciones chinas del 24% en el año hasta septiembre de 2025. Sin embargo, las importaciones procedentes del Sudeste Asiático y, en menor medida, de Europa han aumentado, mientras que las de Canadá y México se han mantenido sorprendentemente bien.
Trump declaró que impediría que China repitiera su anterior táctica de evadir los aranceles estadounidenses desviando las exportaciones a través de terceros países, y prometió bloquear lo que él denomina “transbordo” con aranceles del 40%. No parece que haya funcionado todavía, o al menos no hasta el punto de restringir el comercio en lugar de desviarlo. Mientras tanto, el comercio de servicios está superando al de bienes, y las tensiones políticas en torno a la tecnología estadounidense aún no han tenido un efecto significativo.
Es perfectamente verosímil que EE.UU. haya alcanzado el máximo nivel de aranceles. En dos ocasiones, Trump ha amenazado con enfrentarse a otra superpotencia comercial: a China en octubre del año pasado por el déficit comercial y a la Unión Europea (UE) en enero por Groenlandia. En ambas ocasiones, ante la amenaza de represalias y la negativa reacción de los mercados financieros, él dio marcha atrás.

Esta semana, tras el anuncio de la UE la semana pasada de un acuerdo comercial con India, Trump rápidamente prometió revertir algunos de los enormes aumentos arancelarios que les había impuesto a las importaciones indias el año pasado. India en general acogió con satisfacción el anuncio, pero no hizo comentarios sobre la afirmación de Trump de que había acordado comprar la exorbitante cifra de US$ 500,000 millones en exportaciones estadounidenses ni de dejar de comprar petróleo ruso como compensación. El primer ministro indio, Narendra Modi, mucho más popular entre sus votantes que Trump entre los suyos, sabe que el presidente estadounidense se beneficiaría más que él de un acuerdo.
Puede que el acuerdo comercial entre la UE e India no haya estado a la altura de las expectativas geopolíticas que había generado, pero sin duda subraya que la mayor parte del resto del mundo no está siguiendo a EE.UU. por el camino del proteccionismo generalizado. En las economías emergentes de Latinoamérica, el sur y el sudeste de Asia, y África, hay muchas tensiones que gestionar, especialmente con las importaciones chinas, pero definitivamente no se trata de un entorno comercial dominado por una sensación de crisis.
Las empresas también están relajando su actitud de temor. Una encuesta realizada por la consultora Oxford Economics entre un grupo de empresas muestra que los temores a una guerra comercial mundial en los próximos dos años han vuelto a los niveles observados antes de la elección de Trump, y son menos de la mitad de los registrados en su punto álgido el pasado mes de junio. Los encuestados ahora consideran que la geopolítica — en el sentido estricto de guerra abierta o sanciones severas — en lugares como Ucrania, Taiwán, el Medio Oriente y Venezuela supone una amenaza mucho mayor para la economía mundial que una guerra comercial.
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Algunos de esos choques, en particular la invasión o el bloqueo de Taiwán por parte de China, tendrán enormes repercusiones en el comercio. Sin embargo, la percepción de las compañías sobre la amenaza del proteccionismo en sí, en forma de aranceles, cuotas y requisitos de contenido local, entre otras, ha disminuido drásticamente.
Hacer predicciones es, obviamente, arriesgado, pero el comercio — particularmente el de bienes — les ha dado la razón, hasta ahora, a quienes habitualmente señalamos su notable capacidad de autocorrección ante los choques económicos y políticos. Por supuesto, los riesgos a largo plazo siguen existiendo, y tal vez se hayan intensificado, especialmente el uso de controles a la exportación de minerales, las batallas por la supremacía tecnológica y la politización de los sistemas de pago.
Pero la conclusión conjetural tras un año de Trump es que sus absurdidades con los aranceles representan otro choque que el sistema comercial mundial está soportando sin catástrofes. El presidente estadounidense es fuerte, pero las fuerzas del mercado son aún más fuertes.









