
La tarde del domingo 4 de enero, Marco Rubio entró en una iglesia de un frondoso suburbio de Miami entre ovaciones. Un día antes, el secretario de Estado había estado junto a Donald Trump en Mar-a-Lago, el complejo turístico del presidente en Palm Beach, cuando Trump anunció la extracción de Nicolás Maduro, el dictador de Venezuela, de su bastión en Caracas en una extraordinaria incursión nocturna.
Los feligreses que recibieron a Rubio acogieron con satisfacción esa operación, pero sin duda muchos tenían en mente otro régimen autocrático: el de Cuba. Rubio, de 54 años, no nació allí, pero su pasión por ver la patria de sus padres liberada de 67 años de dominio del Partido Comunista ha inspirado gran parte de su carrera política. Ahora está en condiciones de hacerlo realidad.
Cuba se encuentra en caída libre económica. El 29 de enero, el gobierno de Trump impuso un embargo efectivo a los envíos de petróleo extranjero a la isla, y afirmó que impondría aranceles a cualquier país que fuera sorprendido enviando combustible. El 8 de febrero, el gobierno cubano notificó a las aerolíneas que el combustible de aviación se agotaría en pocos días. Varias aerolíneas suspendieron sus vuelos.
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El régimen declaró una emergencia, instituyó una semana laboral de cuatro días y redujo el horario escolar. Rubio es uno de los miembros más poderosos del gabinete de Trump. Desempeña las funciones de secretario de Estado y asesor de seguridad nacional en funciones. La única otra persona que ha desempeñado ambos cargos de manera simultánea fue Henry Kissinger.
Aunque parecía haber quedado marginado por algunos de los enviados especiales del gobierno de Trump en grandes proyectos de política exterior en Oriente Medio y Ucrania, la incursión en Caracas lo ha vuelto a poner bajo los reflectores. Es uno de los artífices de la llamada doctrina Donroe del presidente, que prescribe el dominio del hemisferio occidental por parte de Estados Unidos.
“Para Marco Rubio no hay mejor momento”, afirma Ricardo Herrero, del Cuba Study Group, que aboga por el cambio en Cuba a través del diálogo y la reconciliación. Un cambio pacífico estaría lejos de poder lograrse. A diferencia de Herrero, muchos de los 2.5 millones de cubanoestadounidenses son partidarios de la línea dura.

Entre ellos se encuentran los tres congresistas cubano-estadounidenses del sur de Florida. Quieren que el gobierno de Trump imponga medidas aún más duras al régimen, incluida la prohibición de las remesas familiares a Cuba y la suspensión de todos los vuelos a la isla por parte de las aerolíneas con sede en Estados Unidos.
La Casa Blanca no parece dispuesta a llegar tan lejos. En cambio, espera que la escasez de combustible obligue al gobierno cubano a sentarse a la mesa de diálogo. Los funcionarios cubanos han estado rechazando esta idea, y dicen que las discusiones hasta ahora son preliminares y que, aunque están abiertos al diálogo, no cambiarán su sistema comunista de partido único.
Si el régimen se mantiene firme, Rubio se verá sometido a una enorme presión para adoptar una postura más agresiva. Pero eso podría ser contraproducente. Podría acabar fácilmente convirtiéndose en el rostro público de una crisis humanitaria inducida, junto con otra ola de migrantes cubanos “en bote” que cruzan los 140 km de agua hasta la costa de Florida. Rubio también debe tener cuidado de no desmarcarse de la base MAGA del gobierno de Trump.
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Estos suelen ser aislacionistas, aunque muchos acaban apoyando cualquier medida que tome Trump. J. D. Vance, el vicepresidente, más alineado con los principales seguidores de Trump, también es más escéptico que Rubio respecto a la implicación en asuntos exteriores.
“Marco no puede permitirse ser demasiado cubano”, afirmó Carlos Díaz Rosillo, asesor del primer periodo presidencial de Trump, en un acto celebrado en Miami el 6 de febrero. Quizá por eso Rubio se mostró cauteloso cuando compareció ante la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado el 28 de enero y le preguntaron sobre Cuba.
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“Nos encantaría que el régimen cambiara”, dijo. “Eso no significa que vayamos a provocar un cambio”. Los paralelismos entre Venezuela y Cuba son limitadas. El régimen cubano es ideológico y homogéneo, mientras que el venezolano de Maduro estaba dividido en facciones y movido por intereses puramente egoístas.
Las fuerzas de seguridad cubanas también están “más adoctrinadas” que las venezolanas, afirma Chris Sabatini, de Chatham House, un centro de estudios con sede en Londres. Venezuela tiene una abundante riqueza mineral que atrae a Trump. Cuba tiene muy poca.
Teniendo esto en cuenta, quizá Rubio haga bien en dar largas a Cuba. “Cuba ya no es autosuficiente”, afirma Herrero. “Su único salvavidas es Estados Unidos”. Esto pronto podría ser más que una metáfora. Varias fuentes han informado a The Economist que Estados Unidos está considerando enviar pequeñas cantidades de combustible a la isla: gas para cocinar y diésel para mantener en funcionamiento la infraestructura hídrica. Rubio ganaría aún más influencia sobre la patria de sus padres.









