
Dicen que el maestro llega cuando el alumno está preparado. Y así llegó, por segunda vez, el Master of Wine inglés, Tim Atkin, a Perú. Volvió para catar cerca de 90 etiquetas. Su mirada —formada en regiones como Rioja y Ribera del Duero, además de Sudáfrica, Argentina y Chile— se equilibra con la curiosidad de quien nunca deja de aprender. No es casual: además de crítico, Atkin es periodista, aunque su primera formación fue la de economista.
“Estoy muy sorprendido con la evolución en la calidad de los vinos”, comenta apenas nos encontramos, horas antes de tomar un vuelo a Santa Cruz de la Sierra. “Es bueno ver cómo han avanzado en casi tres años. El consumo de vino en Perú va en aumento, y eso motiva a los productores a mejorar”, reflexiona.
No exagera. Desde la pandemia, el consumo de vino a nivel local ha crecido, y se cerca a los cuatro litros per cápita al año. Sigue siendo bajo frente a Europa, pero resulta significativo en la región y, sobre todo, va en ascenso, en un contexto global donde la tendencia apunta a la baja.

LEA TAMBIÉN: El nuevo amante del vino: cómo piensan y beben los empresarios en 2026
¿Qué fue lo que más te sorprendió en esta visita?
Reafirmé mi gusto por las variedades patrimoniales, como la Quebranta y la Albilla, que es el Listán Blanco. La Quebranta es muy especial: se comporta como un rosado diferente, con taninos propios. Tiene los sabores de un blanco y los taninos de un tinto. Para mí, es la variedad patrimonial más interesante. Su mejor versión es fresca o con crianza sobre lías, y el trabajo en tinajas también da muy buenos resultados.
¿Los vinos de variedades criollas que siguen un trabajo de crianza sobre lías te recuerdan a otros estilos?
Sí. Los asocio a vinos del Atlántico, como los de Tenerife o Lanzarote. Son más salinos. Y esa sensación salina se puede percibir en los viñedos de Ica, porque el suelo tiene un alto nivel de sodio, pese a la distancia del mar. Y cuando las variedades criollas tienen una larga crianza sobre lías, puede llegar a tocar la puerta al estilo del jerez.
¿Cuál consideras que puede ser el diferencial de Perú como productor de vino?
El foco en las variedades patrimoniales, y el desarrollo de viñedos de altura. La mayoría de viñedos están cerca de la costa, con baja altitud. La altura puede ayudar con la amplitud térmica; zonas como Arequipa o Cusco podrían aportar mayor amplitud térmica y complejidad. Hay que explorarlas más.
LEA TAMBIÉN: Locos por el Asado: la historia del youtuber argentino que abre su primer local en Lima
Paseo entre vinos

Durante la conversación, Atkin recuerda los vinos que cató, entre ellos, varios que lo sorprendieron: el Carménere de Ica y Tacna; el Tannat en las alturas de Cusco, y un inesperado espumoso método tradicional de la variedad Italia. Apuestas diferentes; así como el Moscatel de Alejandría de Cañete.
Confía en el vino de altura y en una menor intervención en bodega. El uso de barricas francesas usadas o foudre en lugar de roble americano. Insiste en la necesidad de una estrategia clara y de largo plazo. Y no descarta ampliar la apuesta por criollas en zonas altas.
“Me gustan los vinos auténticos. Ese es el camino. Aunque lo auténtico para ti y para mí puede ser distinto. Para mí, es un vino que sorprende y ofrece algo más que buena calidad”, reflexiona.
LEA TAMBIÉN: Descubre la ruta del tiramisú en Lima: el postre que conquista paladares
Dos caminos para crecer en Perú
¿Qué debe mejorar para que el vino peruano siga evolucionando?
Es importante que siga dos vías. La de los vinos con variedades internacionales y vinos con variedades criollas. Perú no puede vivir solo de vinos patrimoniales. Hay que hacer Sauvignon Blanc, Chardonnay, Tannat; con eso puedes competir en el mercado local. Y para lo internacional, salir con criollas, porque afuera un Quebranta sí puede hacer la diferencia.
¿Cómo ves el futuro del vino en medio de esta crisis de consumo mundial?
Es preocupante y no tengo la solución. Creo que hay que ver lo positivo; hay que hacer vinos más auténticos. The Economist publicó recientemente que la menor conexión social es un agravante para el consumo de vino. Cada vez más gente vive sola, y no quieren beber solos en casa. El vino lo asocian con compartir y celebrar. La soledad aumenta, y ahora tienen menos amigos, no se casan y celebran menos. No todo pasa por la salud; también tiene que ver con cómo está cambiando la sociedad.
El vino como conversación
Tim Atkin es de los que piden vino después del vino. En su rutina descorcha botellas de España, Italia, Francia, Sudáfrica, Alemania, Chile y Argentina. Entre los blancos, su favorito es el Chenin Blanc; entre los tintos, el Pinot Noir y el Syrah.
Compartir una botella con él es recorrer muchos temas en pocas copas: vinos, suelos, música y cultura. Esa amplitud se refleja en sus informes, reconocidos por su seriedad y criterio propio. Ha logrado conectar con productores de España, Argentina, Sudáfrica y Chile. Y ahora, también, con los del Perú.
Cuando le pregunto qué sistema de cata sigue, responde sin rodeos: su paladar. Como un curador que observa una obra desde su propio lente. Y eso, en tiempos de exceso de ruido, vale más que nunca.









