
Cuando Giorgio Armani murió en septiembre del 2025, el testamento que dejó el magnate italiano de la moda ofreció una mirada tanto al glamour como a las tensiones internas de una de las mayores casas de lujo del mundo. El documento detallaba apartamentos repletos de curiosidades —desde colmillos de elefante hasta alfombras japonesas— y beneficiarios inesperados, entre ellos un asistente que recibió millones en valores y acceso al yate del empresario.
Lo más desconcertante, sin embargo, fue su plan de sucesión. El diseñador, apodado “King Giorgio”, falleció a los 91 años sin hijos. Dejó la compañía que llevaba su nombre —y que poseía en su totalidad— a su fundación, a familiares y a su colaborador de larga data, Leo Dell’Orco. Además, ordenó vender una participación del 15%, especificando tanto el plazo (dentro de los 18 meses posteriores a su muerte) como los compradores preferidos: EssilorLuxottica, fabricante de gafas; L’Oréal, gigante de la belleza; o LVMH, el mayor conglomerado de lujo del mundo. Entre tres y cinco años después debía venderse una participación adicional de entre 30% y 55% al mismo comprador.

La nueva dirección de Armani enfrenta así una tarea compleja: reactivar una marca de lujo en declive en medio de una desaceleración del mercado y, al mismo tiempo, asegurar una valoración atractiva para una eventual venta. En el directorio ya ha surgido una división: algunos quieren ejecutar el testamento al pie de la letra; otros prefieren concentrarse en recomponer el negocio antes de cualquier transacción. Las decisiones que tomen podrían redefinir el futuro del lujo italiano.
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Fundada en 1975, Armani revolucionó la alta costura con su sastrería relajada y siluetas limpias. Las ventas pasaron de US$14.000 en su primer año a US$100 millones una década después. Luego vino la expansión hacia el hogar, hoteles e incluso floristería, impulsada por la ola global de demanda de productos de lujo.
En los últimos años, sin embargo, el panorama cambió. El negocio central de moda ha sufrido, con descuentos constantes que han erosionado el interés de los clientes más exclusivos. La empresa depende cada vez más de regalías provenientes de cosméticos y otros productos fabricados por terceros bajo su marca. Las cifras de 2024, publicadas poco antes de la muerte del diseñador, mostraron que los ingresos cayeron 6% y la utilidad operativa (antes de depreciación y amortización) 24%. “El poder de la marca se desvanecerá si no se hace nada”, advierte Flavio Cereda-Parini, de la gestora GAM. “El reloj está corriendo”.
Giuseppe Marsocci, uno de los lugartenientes del diseñador, asumió el reto de transformar Armani como nuevo consejero delegado. Luca Solca, de Bernstein, señala como referencia a un rival estadounidense, Ralph Lauren, que recientemente ha experimentado un repunte en ventas. La receta: reducir la oferta, renovar diseños, invertir en marketing y controlar los precios vendiendo más a través de tiendas y canales propios. Muchas de estas medidas, según una persona cercana a la firma, habrían sido difíciles mientras Armani vivía: lo describen como un “maniático del control” y un “dictador”.
En cuanto a la venta, el momento no podría ser más complicado. Tras el auge pospandemia, las ventas de bienes personales de lujo cayeron 2% en 2025, el segundo año consecutivo de retroceso, según Bain. La incertidumbre económica y las alzas de precios han golpeado la demanda. Al fijar compradores preferidos y un plazo concreto, el fundador debilitó la posición negociadora de la empresa. Analistas estiman que podría alcanzar una valoración de entre US$5.000 millones y US$8.000 millones.
Los pretendientes tampoco parecen candidatos ideales. LVMH ha adquirido en el pasado marcas italianas emblemáticas como Fendi, Loro Piana y Emilio Pucci. Pero el conglomerado se enfoca cada vez más en accesorios de alto margen, como bolsos, mientras que Armani se ha centrado en la indumentaria. En 2024, los márgenes operativos de la marca italiana superaban apenas el 17%, frente a cerca de 40% en la división de moda y marroquinería de LVMH. Además, Bernard Arnault, su presidente, suele buscar el control total, algo que el testamento limita al exigir que la fundación conserve al menos 30% y ciertos poderes de decisión.
L’Oréal y EssilorLuxottica —que poseen licencias para productos de belleza y gafas de Armani, respectivamente— podrían encajar mejor. Adquirir una participación reduciría el pago de regalías. Armani es la cuarta franquicia de fragancias más grande del mundo, clave para L’Oréal. Sin embargo, incursionar en una casa de moda sería inusual para una empresa que insiste en ser “todo belleza y solo belleza”. EssilorLuxottica, por su parte, mantiene vínculos aún más estrechos: vende gafas Armani desde 1988 y el diseñador poseía un 2% de la firma antes de morir. Su compra de Supreme en 2024 sugiere mayor apertura a diversificarse.

Si no se concreta un acuerdo, el testamento ordena que la firma salga a bolsa. Muchos en la industria del lujo italiana preferirían esa opción antes que una venta a grupos franceses. Algunos miembros del directorio quisieran extender el plazo de 18 meses y decidir en función del avance de la reestructuración.
Las marcas italianas lideradas por diseñadores han tenido dificultades para competir con los conglomerados franceses. El “mítico conglomerado italiano de lujo” nunca llegó a consolidarse porque muchos fundadores “preferían ser reyes en sus propios castillos”, afirma Solca. Prada Group, lo más cercano en Italia, apenas representa una vigésima parte del tamaño de LVMH en ventas. Armani quizá estuvo dispuesto a ceder el control tras su muerte. Otros, sin embargo, podrían estar dispuestos a luchar por conservarlo.

The Economist, con sede en Londres, publica sobre la economía desde un marco global.








