
Perú ha pasado por tres presidentes desde octubre, y aun así los mercados apenas han reaccionado: el riesgo país solo ha aumentado marginalmente, los credit default swaps se mantienen muy por debajo de su promedio de cinco años y la moneda incluso se ha apreciado frente al dólar.
Esta peculiar resiliencia frente a un incesante caos político invita a plantearse una pregunta: ¿se está llevando a cabo un ensayo no planeado de la fantasía libertaria de una economía sin gobierno en la tierra de Machu Picchu? El presidente interino de turno, un exjuez de 83 años llamado José María Balcázar, lleva ya siete semanas en el cargo intentando formar un gabinete, con casi nula preocupación pública.
Los ministros entran y salen en cuestión de días, destituidos sin mayor ruido. Y, sin embargo, fuera de la frenética burbuja política de Lima, la vida continúa. La economía sigue expandiéndose tras crecer más de 3% por segundo año consecutivo en 2025, las exportaciones baten récords y la inflación se mantiene entre las más bajas de América Latina (aunque un shock en los precios del combustible impulsado por la guerra en Medio Oriente la elevó con fuerza en marzo).
¿Es esta la normal anormalidad permanente de Perú, un país capaz de sostener una estabilidad macroeconómica envidiable pese a uno de los sistemas políticos más disfuncionales del mundo? Por tentadora que resulte la idea, sus límites son ineludibles. Una crisis política de una década rara vez termina bien, y Perú —en medio de un retroceso democrático sostenido— difícilmente será la excepción. Lo siento, libertarios.

Las elecciones generales del domingo ofrecen una pista de por qué los problemas del país podrían profundizarse. En teoría, los comicios resuelven disputas y reordenan fuerzas políticas. Tras ocho presidentes desde 2016 —seis destituidos mediante juicios políticos— cabría esperar que la votación del 12 de abril genere ese resultado. Pero no en Perú.
Con más de 30 candidatos presidenciales, apatía generalizada entre los votantes y ningún aspirante cerca de lograr un mandato decisivo, el ciclo de inestabilidad parece destinado a continuar, pese al regreso de un Congreso bicameral. Quien emerja de una casi inevitable segunda vuelta volverá a ser rehén de un Congreso fragmentado, más enfocado en intereses particulares y la autopreservación que en la gobernabilidad.
Incluso si dos candidatos favorables al sector empresarial llegan al balotaje del 7 de junio, el próximo gobierno probablemente carecerá de la fuerza política necesaria para abordar la larga lista de reformas pendientes tras años de mala gestión.
Comenzando por la corrupción y la inseguridad, por lejos las principales preocupaciones de los peruanos. Abordarlas requiere una estrategia coherente y de largo plazo para fortalecer instituciones como la policía y el poder judicial, y para enfrentar al crimen organizado, empoderado tras años de aprovechar el vacío político.
El próximo presidente también deberá mostrar una notable astucia para sortear las presiones geopolíticas, especialmente en torno al enorme puerto de Chancay, de propiedad china, en la costa del Pacífico, un punto clave en las tensiones de Washington con Pekín en Sudamérica. China es, con amplio margen, el principal socio comercial de Perú, por lo que cualquier intento de reequilibrar alianzas no será sencillo.
En el frente económico, cumplir metas fiscales más estrictas frente a un Congreso proteccionista y propenso al gasto exigirá habilidades de negociación igualmente finas. Reformas más ambiciosas en materia tributaria, laboral y minera siguen pendientes; sin avances en ese frente, es poco probable que la economía retome tasas de crecimiento de 5%-8% como las de comienzos de siglo, pese al estatus de Perú como potencia minera global.
Como señaló esta semana el economista de Barclays Plc., Alejandro Arreaza: “Preservar las fortalezas macroeconómicas de Perú probablemente requiere acciones decisivas por parte de las nuevas autoridades, y aún no está claro si tendrán la voluntad o la capacidad política para implementar medidas significativas”.

Todo esto sería aún más difícil si un candidato de izquierda radical como Roberto Sánchez llegara a la segunda vuelta y la ganara, en una repetición de lo ocurrido en 2021. En ese entonces, la elección de Pedro Castillo, un dirigente sindical rural de un partido marxista sin experiencia previa en cargos públicos, desencadenó una fuga histórica de capitales de más de US$ 17,000 millones ante temores de nacionalización. Fue destituido y encarcelado un año después tras intentar disolver ilegalmente el Congreso, pero la crisis resultante llevó la actividad económica casi a un punto muerto. La lección persiste: la fortaleza macroeconómica no garantiza estabilidad política, pero el caos político puede erosionar la resiliencia económica.
¿Olvidé mencionar el elefante en la habitación, la eventual salida del legendario Julio Velarde como presidente del banco central? Tras dos décadas al mando del BCRP, a Velarde se le atribuye haber guiado la economía peruana a través de una inestabilidad institucional crónica, sirviendo bajo 10 presidentes y siendo ratificado tres veces. No está claro si, con casi 74 años, buscará otro mandato de cinco años cuando su período termine en julio. Pero dado el frágil panorama político, incluso la posibilidad de su salida basta para generar inquietud y una inevitable sensación de pérdida.
“Hay un malestar general con la política porque le está costando al país”, me dijo Urpi Torrado, directora de la encuestadora Datum. “La gente siente que la economía podría crecer más sin estos problemas”.
Hace casi 60 años, Zavalita, el inolvidable personaje de Conversación en la Catedral de Mario Vargas Llosa, se preguntaba: “¿En qué momento se jodió el Perú?”. Al observar el drama político actual, Zavalita tendría nuevos motivos para el desencanto. Los tecnócratas peruanos construyeron una economía lo suficientemente sólida para resistir el deterioro político. Pero esa resiliencia no es infinita. En algún momento, sin liderazgo, la corrosión socavará sus cimientos. Y cuando eso ocurra, los mercados que antes se encogían de hombros podrían finalmente empezar a preocuparse.
Escrito por Juan Pablo Spinetto








