No se puede descartar que ambas partes se estén guardando algo para los días posteriores al debate y previos al cierre de campaña, con el objetivo de perjudicar políticamente al rival. (@gec)
No se puede descartar que ambas partes se estén guardando algo para los días posteriores al debate y previos al cierre de campaña, con el objetivo de perjudicar políticamente al rival. (@gec)

Estamos a una semana, a un debate y a una última difusión pública de la tanda de encuestas para la segunda vuelta electoral, que nos dirá quién ocupará la Presidencia de la República durante los próximos cinco años.

Quizás el evento más esperado, más impactante y el que encienda la última semana de campaña va a ser el debate de este domingo. El llamado “debate técnico” calentó algo el ambiente de la segunda vuelta y, si bien no terminó de entusiasmar a quienes lo vieron, e incluso decepcionó a algunos, sirvió a los objetivos de ambos rivales

De un lado, el fujimorismo trató de mostrar a Juntos por el Perú (JP) como el mejor ejemplo de la improvisación, el desgobierno, la destrucción del país, la contradicción y el caos; y, del otro, el mismo JP trató de explicar al país, con rostros «nuevos», que no eran tan radicales como ellos mismos se encargaron de mostrar y gritar a los cuatro vientos, y que podían dejar atrás o suavizar muchos de sus planteamientos originales si de buscar la victoria se trataba.

Un debate, y sobre todo en el Perú, es un evento que tiene dos tipos de resultados: a) el inmediato, que se refleja en el acto a través de la impresión que cada ciudadano se lleva de lo que ve y oye en ese momento, y que se nutre de las actitudes, los gestos, las frases, las reacciones, las miradas y hasta los silencios de cada uno de los participantes; y b) el mediato, que está referido a todo lo que se comenta, se analiza, se opina y se desmenuza con posterioridad al debate.

Lo primero es, quizás, lo más importante: es la primera y única impresión que el ciudadano se va a llevar de la observación directa y, por ello, es tan esperada la confrontación y la forma en que cada uno de los participantes reacciona, responde o contraataca. Es en esa situación en la que los peruanos van a reafirmar o modificar sus juicios y prejuicios.

Las propuestas enriquecen el debate y, por eso, tienen cierto impacto cuando se trata de planteamientos que realmente impresionan o resaltan. Pero, lamentablemente, no es en eso en lo que la población se focaliza ni lo que más le impacta. Por eso, los protagonistas pueden hacer las promesas que quieran o dar las cifras que se les ocurran. Nadie se pone a verificar lo dicho en ese momento. Pasa lo mismo, lamentablemente, con los planes de gobierno.

Es la personalidad del candidato o candidata, sus dichos o sus actitudes lo que le interesa a una gran parte del electorado, sobre todo en un debate final. Nos guste o no.

Si hiciéramos una encuesta y preguntáramos qué propuestas impresionaron más durante el llamado debate técnico, muy probablemente casi nadie recordaría alguna. Pero lo que sí quedó en la memoria, seguramente, fue el desempeño de Carranza frente a Francke y el de Zunini contra Barbarán. Por el contrario, lo más probable es que nadie recuerde ni lo que se dijo ni los nombres de los participantes en el primer bloque: ¿Reforma del Estado?

Lo mediato es menos masivo. Se trata del análisis posterior que hacen los protagonistas, los partidarios o los especialistas; del fact checking. Eso influye, pero en mucha menor medida. Sirve para los titulares, para las comparaciones o reafirmaciones de círculos más pequeños y para las reacciones posteriores.

En esa línea, lo más probable es que, al igual que en otros debates importantes, lo que espere gran parte del electorado este domingo sea una lucha política, un intercambio de frases, reacciones y hasta acusaciones. Más aún cuando quienes se van a enfrentar tienen detrás a militantes o adherentes que sienten un profundo rechazo y antipatía hacia el rival. Un error, un gesto, una mirada o una frase equivocada pueden ser fatales.

No tendremos una encuesta de difusión pública que nos diga cuál es la percepción general sobre quién ganó el debate, pero lo más probable es que sí tengamos encuestas privadas o de circulación restringida que, en una segunda etapa, puedan ir marcando o acentuando tendencias, sobre todo entre quienes todavía tienen alguna duda o están siendo influidos por su entorno o por las redes sociales.

No se puede descartar que ambas partes se estén guardando algo para los días posteriores al debate y previos al cierre de campaña, con el objetivo de perjudicar políticamente al rival.

Quizás eso quiso hacer JP con la denuncia contra Miki Torres y otros, aprovechando un grueso y garrafal error del denunciado, aunque, hay que decirlo, con el riesgo de que se convierta en un bumerán, teniendo en cuenta quién hizo pública la denuncia y que la mayoría de la gente está un poco harta de que los hechos políticos se judicialicen. Quizás las declaraciones de Torres habrían tenido mayor vida y vigencia política si no hubieran pasado a ese cuarto oscuro que es hoy en día el ámbito fiscal.

Una semana, un debate y una última tanda de encuestas. Nada más.

Enrique Castillo es periodista.

Las opiniones vertidas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor.

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