
El conflicto entre Irán y EE.UU. ha elevado la incertidumbre inflacionaria, reintroduciendo un factor de riesgo relevante para los mercados. A diferencia de la expectativa inicial de una tensión transitoria, la guerra se acerca a los tres meses, con un impacto visible en los precios de commodities clave. En lo que va del 2026, el petróleo (Brent y WTI), el gas natural en Europa y fertilizantes como la urea acumulan alzas superiores a 80%, 70% y 50%, respectivamente. Esto responde tanto a la importancia del estrecho de Ormuz en el comercio global de estos productos como a restricciones de oferta asociadas a la destrucción de infraestructura, cuya recuperación tomaría varios años.
En este contexto, la inflación vuelve a situarse en el centro del análisis. Si la presión sobre los precios persiste, el menor ingreso disponible real afectaría el consumo y moderaría el crecimiento global. En su última edición del World Economic Outlook (WEO), el FMI plantea tres escenarios según la duración del conflicto y su efecto sobre las materias primas. En el escenario base, proyecta un crecimiento global de 3.1% para el 2026 y una inflación de 4.4%, lo que implica un ajuste de -0.2 puntos porcentuales en crecimiento y 0.6 puntos en inflación respecto de la expectativa previa al conflicto. En el escenario más severo, el crecimiento caería a 2.0% y la inflación subiría a 5.8%, dejando a la economía mundial al borde de una recesión global.
Mientras no exista visibilidad sobre el fin del conflicto ni sobre el tiempo necesario para normalizar el comercio y la producción afectada, es razonable anticipar que la presión sobre los commodities se mantenga. Aunque el impacto inicial se concentra en los tramos cortos de inflación esperada, un traslado hacia horizontes más largos obligaría a los bancos centrales a endurecer las condiciones financieras. En su escenario severo, el WEO estima que la tasa de los fondos federales podría subir 150 puntos básicos entre 2026 y 2027. Este giro es especialmente relevante porque, hasta hace pocos meses, el mercado descontaba recortes de tasas y no alzas.
Cómo reaccionan los mercados
Dada su relevancia, conviene observar el comportamiento de los activos estadounidenses. La deuda soberana y corporativa de EE.UU. representa cerca del 40% del saldo global, mientras que su mercado accionario concentra más del 70% de la capitalización bursátil mundial. Por ello, cualquier ajuste en sus valoraciones afecta portafolios con diversificación global.
En lo que va del año, estos activos muestran un desempeño diferenciado. En los activos defensivos, el ajuste ha venido por mayores tasas. El rendimiento del bono del Tesoro a 10 años subió de 4.15% a inicios de año a 4.60% en mayo, lo que equivale a una pérdida aproximada de -0.8% en precio. Este movimiento también ha afectado a los bonos corporativos grado de inversión, que retroceden alrededor de -1.0% en el año. En los activos de riesgo, el desempeño ha sido positivo. Los bonos de alto rendimiento avanzan 0.6%, favorecidos por su mayor spread, mientras que la bolsa estadounidense acumula un retorno de 8.5%, respaldada por sólidos reportes de utilidades. La demanda por tecnología, mejoras de eficiencia y un consumo que se mantiene firme explican estos resultados.
El impacto en Perú
La tasa de los bonos en soles a 10 años ha pasado, en lo que va de 2026, de 6.35% a 6.80%, en respuesta tanto a factores externos como domésticos (el riesgo de un fenómeno de El Niño de mayor intensidad y el proceso electoral en curso). La bolsa local, por su parte, muestra un desempeño de 16.8% en soles, impulsada por el robusto avance de las empresas mineras, financieras y de consumo. Este resultado se alinea con el de las bolsas emergentes (16.7% en dólares en lo que va del año), favorecidas por su atractiva valorización relativa, mayor búsqueda de diversificación fuera de EE.UU. y vientos a favor en el precio de los commodities.
Qué hacer en este entorno
Para los próximos meses, los activos financieros seguirán incorporando ajustes en las expectativas de inflación y crecimiento. En esa transición, es razonable anticipar presión sobre tasas y mayor vulnerabilidad de las bolsas. Por ello, conviene revisar la asignación de activos y la selección de instrumentos en los portafolios. La prioridad debe ser asegurar que la exposición a riesgo siga siendo consistente con la tolerancia definida por cada inversionista. Por ejemplo, un portafolio que hace 10 años partió con 60% en acciones y 40% en bonos grado de inversión en EE.UU. hoy estaría compuesto por 80% en acciones y 20% en bonos si no realizó rebalanceos, asumiendo un nivel de riesgo muy distinto al originalmente previsto. Junto con esa disciplina, será clave reforzar la diversificación entre mercados y activos, considerando que los choques no impactarán por igual a todos los países y sectores, y que existen diferencias en la capacidad de respuesta fiscal y monetaria de cada plaza.
Augusto Rodriguez es VPE de Inversiones de RIMAC.
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