
Desde hace algunos años, se viene hablando de la posibilidad –¿amenaza?– de que una opción radical alcance la Presidencia de la República frente a la crisis política que vivimos casi permanentemente.
No solo eso, sino que en muchos casos se ha señalado que si se hace tal o cual cosa, o se toma esta o la otra decisión, se estaría alimentando la posibilidad de que los radicales lleguen al poder.
En los anteriores procesos electorales pedir el cambio de Constitución –y sobre todo del régimen económico–, plantear el retiro de los fondos de las AFP o promover una AFP estatal, hablar de expropiación o de empresas estatales, paralizar los proyectos mineros, control de precios o reducción de intereses, más impuestos a los que más ganan, control estatal del movimiento y las libertades de las personas, entre otras cosas, eran propuestas radicales que algunos apoyaban y muchos combatían.
Hoy, todos estos conceptos no solo se discuten, sino que muchos de estos forman parte de la conversación política y económica de casi todos los días, y algunos hasta se han propuesto oficialmente o se han aprobado a través de leyes.
El plebiscito de Chile no solo ha puesto sobre la mesa el tema de la reforma constitucional en el continente, sino que lo ha materializado y ha provocado que algunos “centristas” en el Perú se hayan subido a la ola para hablar de cambios profundos similares aquí, el mismo día de los resultados en el sur. Y hasta el Papa ha puesto sobre la mesa más de un tema que era propuesta de “radicales” de antes.
Lo de las AFP ya llegó para quedarse, y solo es cuestión de modalidades. La expropiación la revivió el Gobierno actual buscando el aplauso popular. El control de precios estuvo durante todo este tiempo en la mente de la gente, en las intenciones del Gobierno (medicinas, pensiones universitarias y escolares), y en los proyectos de ley en el Congreso. Paralizar proyectos mineros ha sido una constante, incluso desde el Gobierno, como en el caso de Tía María.
Subir impuestos a los que más ganan fue promovido por este Gobierno hasta que se arrepintió. Y el control de nuestras libertades y movimientos es un hecho, y aunque es verdad que pudo haber sido absolutamente necesario en algún momento por la pandemia, también es verdad que el Estado ha hecho uso y abuso de ese control en más de un aspecto.
Mucho de lo que los radicales de ayer impulsaban, ya está incorporado en el debate diario de estos tiempos, y con el aplauso de una porción del electorado que ya tiene parte de ese discurso en su mente.
En plena inscripción de las planchas electorales, surge la pregunta: ¿quiénes son los radicales hoy?, ¿qué planchas encarnan un radicalismo disruptivo en este proceso? Los candidatos, para tratar de diferenciarse, ¿van a radicalizarse aún más o van a regresar al centro?
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