El Perú probablemente enfrentará eventos climáticos más extremos en las próximas décadas, pasando de sequías prolongadas a inundaciones intensas.
El Perú probablemente enfrentará eventos climáticos más extremos en las próximas décadas, pasando de sequías prolongadas a inundaciones intensas.

Mientras el Perú vuelve a mirar con preocupación la posibilidad de un nuevo fenómeno de El Niño, el debate público suele enfocarse en una pregunta inmediata: ¿vendrán lluvias intensas o una sequía prolongada? Pero esa distinción empieza a quedarse corta.

Tradicionalmente, la ciencia y la gestión de riesgos han tratado las sequías y las inundaciones como fenómenos independientes. Sin embargo, las proyecciones del cambio climático muestran que el ciclo hidrológico se está intensificando, generando transiciones abruptas de sequía a inundación cada vez más frecuentes.

El problema ya no es solo cuánto llueve. El problema es la volatilidad. Y en países como el Perú, esa volatilidad tiene impactos económicos y sociales enormes. Desde el agua para ciudades y agricultura hasta infraestructura y cadenas logísticas, el cambio climático empieza a convertirse en un problema operativo y estratégico. No es un tema ambiental aislado. Es un desafío de capacidad país.

Ahí es donde proyectos de investigación como PerfectSTORM resultan particularmente relevantes. Su propuesta parte de una idea sencilla pero poderosa: para adaptarnos mejor, necesitamos entender mucho mejor lo que está ocurriendo localmente.

Porque uno de los grandes problemas del Perú es que seguimos tomando decisiones con información demasiado general para un territorio extremadamente diverso. Una lluvia puede generar huaicos en una quebrada específica mientras otra zona cercana permanece seca. Un cambio de temperatura puede afectar cultivos, disponibilidad hídrica o infraestructura de manera distinta dependiendo de la altitud, la pendiente, el tipo de suelo o la cercanía a la Amazonía.

La variabilidad morfológica del Perú hace que los modelos climáticos tradicionales muchas veces sean insuficientes para entender riesgos concretos a escala local. Necesitamos más información. Pero, sobre todo, información más granular. Y aquí aparece una de las oportunidades más interesantes de esta década: los sensores de bajo costo.

Durante años, recolectar información climática de calidad requería infraestructura extremadamente cara y limitada. Hoy eso está cambiando. Sensores de bajo costo permiten generar datos climáticos continuos y descentralizados. La combinación de sensores, conectividad, ciencia de datos e inteligencia artificial está empezando a crear una nueva infraestructura crítica: una infraestructura digital y climática.

En la cuenca del Rímac, por ejemplo, iniciativas vinculadas al proyecto han explorado cómo desplegar redes de monitoreo más distribuidas y participativas. El objetivo es generar información útil para comunidades, autoridades y organizaciones que necesitan reaccionar más rápido frente a eventos extremos.

Uno de los desafíos más complejos no es instalar sensores. Es construir modelos de colaboración que funcionen en el tiempo entre comunidad, Estado, academia y empresas. Y eso implica involucrar a la sociedad en la generación de información y en la toma de decisiones locales.

Los países que liderarán la próxima década no serán necesariamente los que sufran menos el cambio climático, sino los que desarrollen más rápido capacidades científicas, tecnológicas y organizacionales para adaptarse. La capacidad de adaptación será probablemente la ventaja competitiva más importante de las próximas décadas. Eso también redefine el rol del sector privado.

Las empresas ya no pueden tratar los datos climáticos como responsabilidad exclusiva del Estado. En un mundo cada vez más dependiente de información en tiempo real, el sector privado empieza a tener incentivos directos para convertirse también en generador de datos. Una minera necesita entender disponibilidad hídrica futura. Una aseguradora necesita modelar riesgos extremos. Una empresa logística necesita información territorial más precisa.

La nueva economía empresarial funcionará mejor sobre mejores datos. Y en un país donde la crisis política impide construir políticas de largo plazo, las empresas tienen un rol cada vez más importante en impulsar capacidades que exceden un gobierno de turno. El cambio climático es uno de esos desafíos. No se resolverá en un año ni en un corto ciclo político. Requiere visión, colaboración multisectorial e infraestructura digital.

Finalmente, la ciencia genera valor cuando se convierte en capacidad operativa. Y probablemente ahí está la verdadera discusión de fondo: cómo construimos organizaciones y países preparados para operar en un entorno mucho más incierto.

El Perú probablemente enfrentará eventos climáticos más extremos en las próximas décadas, pasando de sequías prolongadas a inundaciones intensas, en zonas urbanas como Lima y ecosistemas altamente sensibles como la Amazonía. La diferencia entre crisis recurrente y resiliencia económica dependerá de qué tan bien conectemos ciencia, tecnología y capacidad de ejecución. Ese es, finalmente, el verdadero desafío.

José Deustua es director de Investigación, Innovación y Ventures en UTEC.

Las opiniones vertidas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor.

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