
Escribe: Jorge Zapata Ríos, presidente de la CONFIEP
Siempre asocié la palabra extracción a la práctica odontológica. Quizás muchos hayamos oído al dentista decir alguna vez: “lamentablemente no hay otra opción, hay que extraer”, luego de revisar meticulosamente, con su variedad de utensilios, instrumentos y equipos, una muela socavada por la caries. Pero puede que no imagináramos nunca que espectaríamos la extracción, no de una pieza molar, sino de un individuo con toda su considerable masa corporal.
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La situación no deja de ser jocosa. Que un sujeto cualquiera pase a ocupar el lugar de una muela ya sería un reporte pintoresco. Pero los noticieros nos regalaron un mejor espectáculo aun: mostrarnos a un dictador despreciable, en buzo y chancletas, camino a una cárcel en Nueva York. El que horas antes se burlara del mundo entero bailando como un payaso, contribuía al humorismo de la escena. El sujeto era nada menos que Nicolás Maduro, ese dictador tan podrido como la muela –inservible– que se extrae. El cabecilla de una narcodictadura que secuestró un país, lo empobreció al límite, y le robó todo, hasta la voluntad y los sueños de su gente.

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Pero la palabra extracción también es adecuada por su connotación quirúrgica. La operación se concretó dejando el menor daño posible. Y si comparamos ese daño con los miles de asesinatos, desapariciones y torturas que, durante veintiséis años, perpetró esa feroz dictadura, el balance –objetivo– es positivo. Pero ¡claro!, qué objetividad se puede pedir a gente que pone la ideología por encima de la justicia, o a tantos otros que, en la comodidad de su libertad plena, apelan a la facilidad del lugar común: “no se respetó el derecho internacional”, sin ensayar propuesta de solución alguna al drama de millones de personas.
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En este mundo las cosas no son perfectas. Toda decisión tiene consecuencias. Y de lo que se trata es de ponderar las consecuencias de las medidas tomadas. Los empresarios nos enfrentamos con frecuencia a situaciones en las que buscamos en los resultados de nuestras acciones, no la perfección, sino la mejora paulatina; sabiendo que la peor alternativa es la que nos conduce a no hacer nada.
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A los problemas hay que darles solución, no pueden quedar, eternamente, sin que nadie se ocupe de ellos. Por eso dedico esta columna a Venezuela, y por eso critico abiertamente a los apelantes al “derecho internacional”; sí, entre comillas, porque en la práctica, el tal derecho internacional queda reducido a mera retórica si es que no se tienen mecanismos que lo garanticen. Y esos mecanismos pasan por contar con democracias fuertes en el mundo. Cuando la soberanía la ejercen los pueblos hay, sin duda, mayores garantías ante la arbitrariedad. Cuidar las democracias y combatir las dictaduras, con decisión, es, entonces, la mejor forma de garantizar que el Estado de derecho impere en cada país y que en el mundo la convivencia bajo reglas del derecho internacional sea una posibilidad.







