
Todo aquel que haya tenido que presentar un presupuesto sabe que siempre habrá contingencias de dos tipos: aquellas cuya existencia conocemos, pero no sabemos su magnitud, y las que nos sorprenderán por completo por no estar en ninguna previsión. Un buen gestor debe evitar que éstas últimas sean demasiado grandes; de lo contrario, lo imprevisto obligará a realizar modificaciones presupuestales que, en simple, implican dejar de hacer algo que era importante. Claramente, la estrategia de tener un fondo para emergencias puede resultar insuficiente cuando ocurre algo muy grave, sea un riesgo conocido o un evento inesperado.
Cuando pensamos en cómo formula su presupuesto el sector público, vemos que lo hace bajo la lógica de cumplir con una serie de tareas anuales recurrentes, a las cuales destina la mayor parte de sus partidas. Para cumplir con la ley, el Gobierno asigna, a través de la Reserva de Contingencia, al menos el 1% del presupuesto total a emergencias imprevistas.
Esa estrategia es claramente subóptima. Asume que cualquier gasto extraordinario que exceda dicha reserva o al Fondo de Estabilización Fiscal deberá ser atendido mediante un mayor endeudamiento. En el sector privado, cualquier empresa mediana o grande, complementa su asignación formal con una serie de coberturas de seguros que permitirán expandir su capacidad financiera en caso alguna contingencia previsible ocurra. Si se incendia el almacén, o se siniestran dos camiones en ruta con carga, el seguro se hace cargo. Es decir, si el presupuesto oficial es 100, el seguro te otorga una protección adicional. Así, no se requiere contratar más deuda, ni desarmar otros planes de inversión para atender las emergencias.
En el horizonte todos enfrentaremos un potencial fenómeno de El Niño (FEN) que podría ser muy grande o moderado. Hasta la fecha, los científicos no son capaces de asegurar su magnitud. La pregunta para cada uno de ustedes es si es que sus presupuestos variarán poco/mucho/nada en la eventualidad de un FEN débil/fuerte/nulo.
La SBS ha prepublicado una nueva herramienta que podría mejorar sustancialmente la gestión presupuestal tanto de empresas como del Gobierno: me refiero a la norma sobre seguros paramétricos. Para nadie es un secreto que los planes anuales de cualquier institución están sujetos a cambiar drásticamente dependiendo de la intensidad del FEN. ¿Entonces por qué no tomar un seguro, cuya cobertura aumente mi presupuesto si los efectos del FEN van más allá de lo esperado o de lo tolerable?
El MEF, en su rol rector del sistema presupuestal, debería impulsar a que el Ministerio de Vivienda –que tendrá que atender a más damnificados– o el Ministerio de Transportes y Comunicaciones –que sufrirá la caída de más puentes– contraten coberturas contra riesgos climáticos adversos. Mientras menos se preparen financieramente los pliegos presupuestales, más ministros pasarán por el MEF pidiendo recursos adicionales.
No quiero cerrar estas líneas sin rendir un homenaje a Carlos Oliva, con quien compartimos muchas batallas desde el Consejo Fiscal y quisiera recordar su permanente búsqueda por un Estado que sirva mejor al ciudadano. La protección financiera sirve, precisamente, para dar respuesta oportuna a los ciudadanos ante desastres.
Eduardo Morón es presidente de la APESEG.
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