
No contamos con una cifra oficial de cuántos padres hay en el Perú. Sin embargo, sí existe evidencia contundente sobre su rol en el desarrollo cognitivo y socioemocional de sus hijos. En el marco del Día del Padre, este espacio busca reconocer este rol no solo a nivel familiar sino en el potencial de avance de nuestro país: los padres son un canal crítico para la autopercepción, logro educativo y –naturalmente– posterior productividad de nuestros niños y jóvenes.
La evidencia internacional muestra una correlación positiva y consistente entre el involucramiento paterno y las competencias socioemocionales de los niños, indistintamente del nivel socioeconómico y la cohabitación. Un padre no tiene necesariamente que vivir en el hogar para impactar positivamente a sus hijos: lo relevante es la calidad del vínculo. El efecto también se extiende, aunque con menor magnitud, a competencias “duras” como lenguaje y matemáticas, incluso aislando el efecto del involucramiento materno. Esto no es un dato menor para la economía: las habilidades cognitivas y no cognitivas tienen relación directa con salarios, empleo y elección ocupacional, así como con la incidencia de comportamientos riesgosos. Un padre presente es, literalmente, una inversión temprana en capital humano.
A esto se suma que la gran mayoría de hombres peruanos declara disfrutar el tiempo que pasa con sus hijos y la evidencia internacional muestra que estos están cada vez más involucrados en su cuidado, especialmente en el caso de los padres más jóvenes. Sin embargo, el tiempo destinado al cuidado por los hombres se mantiene marcadamente menor al de las mujeres, junto con los costos que conlleva tener un hijo en la carrera. Una parte de esta diferencia puede explicarse por los argumentos de Claudia Goldin y los empleos que premian desproporcionadamente la disponibilidad horaria absoluta. La flexibilidad para estar con los hijos resulta muy cara y normalmente los hogares deben priorizar que solo uno de los cuidadores asuma este precio: típicamente, las mujeres.
Esto se vuelve aún más complejo en un contexto de alta informalidad, donde la negociación de horarios es prácticamente inexistente y la familia depende del ingreso del día a día. La presencia reducida del padre, entonces, no siempre es una elección libre. Por eso, la lucha por un mejor mercado laboral y por mayor igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres en este mercado también es, en el fondo, una causa que defiende a la paternidad.
Pero no toda presencia es necesariamente positiva. Estudios que utilizan resonancias magnéticas muestran que las críticas negativas constantes de un padre afectan el cerebro del hijo en regiones similares a las del dolor físico y que estas tienen un impacto en su autopercepción y desempeño en el futuro. Peor aún, la ENARES 2024 muestra que el 45% de niños de entre 9 y 11 años y el 44% de adolescentes de 12 a 17 años fueron víctimas de violencia por sus cuidadores. Aunque esta cifra viene a la baja, el número es marcadamente elevado y hay varias regiones por encima del promedio.
Lamentablemente, muchas veces esta violencia –así como la violencia contra las mujeres– es normalizada en nuestra sociedad. En el 2019, la ENARES mostraba que casi seis de cada 10 adultos toleraba de alguna forma la violencia a menores con la creencia de que los “corrige”. Sin embargo, los menores expuestos a violencia en el hogar tienen mayor probabilidad de ser víctimas de acoso escolar, que a su vez se asocia con menor rendimiento académico, mayor ausentismo y deserción, y mayores tasas de ansiedad y depresión, consecuencias que pueden extenderse hasta la adultez y afectar ingresos y desempeño laboral.
Por el lado de la política pública, el reto es doble. Necesitamos facilitar la presencia paterna con políticas que hagan menos rígido y más formal el mercado de trabajo para ambos padres; y combatir firmemente la violencia contra mujeres, niños y adolescentes, por el lado reactivo, pero también preventivo. La normalización de la violencia de nuestra sociedad requiere un trabajo de “cambio de chip” con urgencia.
El peso de un padre es real –para bien o para mal, según el rol que decida ejercer–. La buena noticia es que no se necesita ser perfecto, ni rico, ni dedicar jornadas enteras para ejercerlo bien: alcanza con estar, con cuidar lo que se dice y cómo se trata al hijo. Ese padre que ama, que engríe, que nutre, que decide no replicar el golpe ni el insulto que quizá él mismo recibió cuando fue formado, está construyendo más de lo que imagina: un hijo más pleno y, a través de él, un mejor país. Feliz Día del Padre a quienes lo entienden así, especialmente a los que la vida me ha dado la suerte de tener cerca.
Paola del Carpio Ponce es coordinadora de Investigación de REDES.
Las opiniones vertidas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor.







